(Am 7,10-17; Sal 18; Mt 9,1-8).
¿POR QUÉ PENSAR MAL?
Ha llamado mi atención, en un primer instante, esa interrogante que Jesús plantea a sus contrarios, los escribas, “¿por qué piensan mal?”. El cuestionamiento nació porque al Señor le llevaron un paralítico, acostado en una camilla. Viendo la fe que tenían, dijo al enfermo: “¡Ánimo, hijo!, tus pecados están perdonados”. Los escribas interpretaron mal las palabras del Señor considerándolas blasfema.
¿De dónde brotan los malos pensamientos?, ¿por qué nacen pensamientos torcidos? ¿Por qué, con facilidad, uno podría doblar la intención con la cual se obra el bien? Ciertamente, lo que tú guardas en el interior tiene estrecha relación en tu manera de pensar; o aquello que piensas, instalado en el corazón, llena de contenido tus palabras. No pueden separarse corazón y pensamiento.
Los años me han enseñado a reconocer una persona de oración sincera. La persona de raíces espirituales se distingue en su manera de interpretar los acontecimientos; lo hacen con los ojos de Dios, y saben sacar lo más valioso de realidades aparentemente caóticas.
En el pasaje del evangelio, a los criticones no les interesó la alegría de aquel que pudo ser liberado de las ataduras de una camilla. No se importaron con la esperanza de aquellos que llevaron el enfermo a los pies de Jesús. Mucho menos reconocieron la salvación que llegó a la vida de quién fue perdonado de sus pecados, y pudo ponerse en pie, por la dignidad conferida en el perdón. Esos contrarios sólo intentaron opacar el milagro público que fortalecería la fe de los presentes. Pero no pudieron, porque la autoridad del Señor, arrastró su miseria, y prevaleció, como siempre, la misericordia.
Si tú y yo hemos caído en malos pensamientos, el conjunto de las lecturas del día nos ayudan a corregirnos de raíz. Mira, por ejemplo, al profeta Amós. Él te enseña a tener palabras sinceras, verdaderas, auténticas. Ellas nacen de un corazón que sólo busca agradar a Dios y defender sus intereses. No piensa mal quien dice la verdad para que la persona en el error se convierta y viva.
El Salmo te invita a meditar y a vivir la Palabra de Dios. Ella es como un chorro de agua limpia que purifica las pupilas de la fe. Te permite descansar el alma. Porque los pensamientos sucios o tóxicos envenenan los sentidos, generan perturbación, obstruyen el discernimiento y llevan al fracaso. En cambio, cuando la Palabra guía el pensamiento, que desemboca en acciones, se experimenta alegría en el corazón.
Algunas preguntas para meditar: ¿Tú te has sorprendido pensando mal de los otros? ¿De tus pensamientos has pasado a comentar cosas malas de los demás? ¿Cómo tú comparas una persona que hable mal de los otros con otra paralítica, atada a una camilla? ¿Tú has caído en dañar la imagen de alguien que hace cosas buenas? ¿O tú vas por los caminos limpiando el agua que otros han ensuciado al pasar? ¿A qué te estás dedicando? ¿Tú sabías que las palabras son como un pájaro, que si las sueltas se van lejos? ¿Tienes conciencia de lo que te dañan los malos pensamientos? ¿Tú tienes conciencia de que, aquello que ves, escuchas y hablas incide en tu manera de pensar? ¿Qué estás viendo, qué estás escuchando, qué hablas en tu diario vivir? ¿Cómo estás interpretando la vida, los consejos, las acciones de tus conocidos?
Señor: aquí coloco mis pensamientos ante tu santa presencia. Que la luz de tu divina misericordia los purifique profundamente. Dame un control en mis labios, Señor, para que pueda detener cualquier comentario que salga, si este dañará la imagen de alguien. Que no vaya yo ensuciando lo que tú has limpiado. Que sepa respetar y tener santo temor de tu Nombre. Que pueda respetarme como persona, porque lo que yo hablo revela quién soy. Aquí estoy, Señor, aguardo, como ese paralítico, tus palabras de reconciliación. Quiero escuchar de ti, mediante el sacerdote, aquellas palabras que traigan alivio a mi conciencia: “¡Ánimo, hijo; ánimo, hija!, tus pecados están perdonados. Levántate y anda”.
MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS DE HOY: 4/7/24
