Os 8,4-7.11-13; Sal 113; Mt 9,32-38
SE SOLICITAN
OBREROS Y OBRERAS
Desde el Antiguo Testamento se confirma cómo el Señor siempre providencia obreros a su mies. Los obreros son sus colaboradores; el campo somos los seres humanos. En la primera lectura, el profeta Oseas es ese colaborador ejemplar; quien acude en el momento oportuno, cuando se estaba perdiendo la cosecha. La cosecha se pierde cuando se pierden los corazones, lejos de Dios. El pueblo comenzó a tomar decisiones importantes sin contar con el Señor, sin consultarle. Terminaron en idolatría, haciendo sus propios dioses, hechuras de manos humanas.
El Salmo también da la pista para desenmascarar los falsos dioses: es todo lo que ha usurpado el lugar de Dios, pero a la hora de la verdad no sirve de nada, porque no ofrece el auxilio necesario para la salvación. No te pueden hablar, ni ver, ni escuchar, ni olfatear. No te pueden reconocer ni se interesan por ti. Tú te apegas a ellos, pero tú no les importas, porque no pudieron darte el origen existencial. En cambio, tu Creador, para que no te pierdas, porque te ama, llama obreros a cuidar tu alma. Te providencia la luz para que retornes a Él.
Cuando se mandan trabajadores, servidores, es porque todavía hay esperanza de recuperar la siembra. Y el Salmo es claro al afirmar que el Señor: “todo lo que quiere lo hace”. Nos toca confiar. Porque Él es el dueño del campo.
Jesús, en el evangelio, también nos remarca que “se solicitan obreros y obreras”: esta es la conclusión a la que llega, luego de ver al pueblo andando extenuado y abandonado como ovejas sin pastor. El Señor les hizo el comentario a los discípulos, y también nos lo hace a ti y a mí. Porque constata que el campo es bastante grande y que son pocos los decididos a comprometerse en la obra de Dios.
Mira a tu alrededor y constata, como Jesús lo hizo, la cantidad de mudos y sordos; aquellos que con boca no pueden decir nada y con orejas no pueden escuchar. Pide Espíritu Santo, al dueño de la mies, para que desate las lenguas y limpie los oídos. Son muchos los que, rescatados, pueden incorporarse a la brigada de obreros y obreras en el campo del Señor.
Algunas preguntas para meditar: ¿Tú estás aplicando para trabajar en el campo del Señor como obrero? ¿Has identificado en el evangelio los requisitos para este puesto? ¿Estás dispuesto a buscar lo necesario y a entrenarte para ser un buen trabajador o trabajadora? ¿Por cuánto tiempo has ignorado esta solicitud? ¿A quién has dejado esperando? ¿Tú sabes el salario que te toca por trabajar para el Señor? ¿Tú sabías que es el salario que nunca se agota, porque ofrece la vida eterna? ¿Qué estás esperando para que te contraten?
Señor: gracias por el puesto que me ofreces, como persona obrera, el más alto al que puedo aspirar. Tú me dignificas y me enriqueces con este contrato de amor. Las horas extras son constantes y pagadas a precio de sangre. Manda tu Espíritu Santo, para soplar fuerte. Que tu Espíritu nos haga ver de qué se trata el trabajo en tu campo. Que nos muestre la urgencia de conservar la mies. Danos tu luz, Señor. Que se despierte nuestra conciencia. Aquí te ofrezco mis manos, movidas por el corazón qué tú has encendido. Tú nos das el campo para trabajarlo y los talentos para cultivarlo; todo lo garantizas para nuestro bienestar. Que nunca falten obreros ni obreras en tu mies.
MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS DE HOY: 9/7/24
