(Is 1,11-17; Sal 49; Mt 10,34-11,1).
AL QUE SIGUE EL BUEN CAMINO…
El salmo del día recita: “Al que sigue el buen camino le haré ver la salvación”. El conjunto de las lecturas te permite identificar el perfil de la persona creyente que lo sigue y de qué manera el Señor le respalda y le hace ver su salvación desde el trayecto.
El profeta Isaías, en la primera lectura, denuncia los sacrificios ofrecidos al Señor, cuando quienes lo presentan no cuentan con un corazón puro y reconciliado. En vez de la ofrenda en las manos, el Señor contempla la intención y la realidad del interior. Bien dice el salmista que Dios no reprocha los sacrificios, sino que detesta la hipocresía. ¿Quién pudiera fingir ante Aquel que todo lo ve y que todo lo sabe; ante Aquel que no pretende otra cosa a no ser la sinceridad profunda y transparente de aquellos y aquellas que dicen amarlo de corazón?
Sigue el buen camino quien se sacrifica negándose a sí mismo, para que las recitaciones de su boca y de su alma estén coherentes con sus pensamientos y sus acciones, de manera que den gloria a Dios y se torne creíble el mensaje a base de dicho sacrificio agradable al Señor.
El evangelio te deja ver que seguir el buen camino, el camino de la lealtad y la fidelidad al Señor Jesús tiene sus consecuencias. Porque implica renunciar a seguir cualquier otra ruta, sin importar que esta sea sugerida por la propia familia. Cuando la vida de tus parientes contradice los valores del evangelio, sigue el buen camino quien opta por Jesús, aunque despierte dicha opción la guerra y la división en el seno familiar.
Advierte el Señor, que el que quiera a su padre o a su madre más que a Él no es digno de seguirle. Esto recuerda tantas vocaciones a la vida religiosa y al sacerdocio que se han visto frustradas por la oposición de los padres. Aquí el Señor lo deja claro. Si obedeces más a tus padres, que a la voz de Dios en tu corazón que te llama a consagrarte a Él, es porque no eres digno o digna de seguirle. Tu respuesta es que te clasifica, no el Señor.
Quien seriamente se compromete con el Señor, Él le deja ver la salvación. Una salvación que se va reflejando en el día a día, desde aquellos que te reciben, por ser discípulo o discípula de Jesús. El Señor manda todo un ejército para respaldar a los suyos. De manera que nunca le falte el “vaso de agua fresca” en el camino; y quien lo da también recibe su paga, por ser instrumento de la mano providente del Señor. Si el Señor hace el llamado también ofrece todos los medios para el desarrollo de la misión.
Pregúntate en la profundidad de tu corazón: ¿Tú consideras que en este momento de tu vida, el Señor te reprocha algo? ¿Por qué te reclama la conciencia? ¿Tú sabes las cosas que le agradan al Señor y las que no le complacen? ¿A quién te interesa agradar? ¿Tu vida puede ser considerada como una ofrenda grata al Señor? ¿Qué hay que sacar de la canasta de tu existencia para que despierte la sonrisa del Señor al recibirla? ¿Hay alguien que ejerce influencia en ti más que el mismo Señor? ¿De qué tienes miedo? ¿Tú has experimentado la mano providente de Dios saliendo a tu encuentro? ¿Eres tú de los que da “el vaso de agua” a los que obran el bien por el buen camino?
Señor: te interesa involucrar a todos los tuyos en tu Reino, haciéndonos caminar por el buen camino, según los ritmos y posibilidades propios. Pero nos dices, Señor amado, que no basta sólo con andar, sino con alistarnos hermosamente para ti mientras avanzamos a tu encuentro. Aquí está la canasta de mi corazón; pongo en ella la humildad y la obediencia que te son muy agradables. También coloco la primacía de mi amor por ti como muestra de la dignidad que me exiges. Te presento, Señor, el vaso de mi existencia, que este sea recipiente para dar de beber a todas las almas sedientas.
MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS DE HOY: 15/07/24
