(Is 10,5-7.13-16; Sal 93; Mt 11,25-27).
SEAMOS GENTE SENCILLA
El evangelio del día comienza con una acción de gracias. El Señor Jesús eleva una jubilosa oración al Padre, porque está siendo testigo de cómo sus discípulos van introduciéndose en los misterios del Reino. El gozo que experimenta es porque los suyos pueden valorar e identificarse con los tesoros trascendentes, a los que no se tiene acceso a no ser por la aceptación de la gracia.
Dice el Señor “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla”. En la misma oración Jesús te va mostrando cómo alcanzar la gracia de la sencillez. Él se dirige a Dios como Padre. Lo hace con la simplicidad y la confianza de un hijo, de una hija. No se complica. Deja expresar sus sentimientos ante quien sabe que lo ama.
Para Jesús, Dios es Padre, pero también reconoce su señorío y autoridad. La sencillez, conforme a su testimonio, es saberse situar y reconocer al Creador de todo cuanto existe. Eres persona sencilla cuando te sabes criatura, pequeña y aprendiz; y con la actitud de un niño o una niña se te permite contemplar las cosas de Dios en las que encuentras tu profunda alegría.
No creas que Dios anda escondiendo su gracia para que algunos no la encuentren ni la descubran. Sino que quien pone su saber y su inteligencia por encima de la misericordia, el mismo entendimiento le hace de mampara y se oculta la revelación.
Al Padre le ha parecido bien así: que quien quiera conocerlo entre por el camino de la humildad en el seguimiento de Jesús; Él tiene toda la verdad, ya que el Padre se la ha entregado. Y nadie conoce al Hijo más que al Padre. Quiere decir que el Padre te muestra quién es el Hijo, y el Hijo te revela quién es el Padre. Es el Espíritu quien te da la gracia para captar y asimilar lo que se te comunica. Nada es por tu fuerza, sino por misericordia.
Mira el ejemplo de la denuncia que hace el profeta Isaías en la primera lectura. Pueblos arrogantes se jactan de su poder por acciones opresoras, y se dicen a sí mismos: “con la fuerza de mi mano lo he hecho”. Sin embargo, a pesar de todo, Dios tiene paciencia para esperar el arrepentimiento y la conversión. En este sentido recita el salmo que el Señor no rechaza a su pueblo. El Señor espera un pueblo de gente sencilla, que camine en su gracia.
Pregúntate en tu interior: ¿Te has escuchado alguna vez diciendo: “yo lo hice”? ¿Tú citas a Dios en las pequeñas conquistas logradas? ¿Tú estudias tanto que no te da tiempo para aprender? ¿En qué lugar pones los conocimientos? ¿Tú sabes reconocer cómo los otros te han ido ayudando en tu formación o crees que todo ha sido por tus propias destrezas? ¿Qué hay que podar en ti para llegar a ser una persona sencilla al estilo de Jesús? ¿Qué estás ganando con complicarte la vida sin necesidad?
Señor: quiero ser una persona sencilla, aprender de las flores del campo y de las aves del cielo. Contigo deseo expresar mi acción de gracias, por lo que cada día voy asimilando de tu misterio. Que lo que aprendo contigo, y lo que aprendo de los demás no me eleve a ningún sitio donde no pueda contemplarte. Mantenme en el ancla de la humildad. Que no de vueltas a lo innecesario. Porque cuando me complico, Señor, se me pasa la ocasión de gustar de tu presencia, y lo más decisivo, desperdicio la ocasión de unirme más a ti. Que yo pueda hacerte feliz, porque tú me descubras trabajando apasionadamente por tu Reino.
MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS DE HOY: 17/7/24
