(Is 38,1-6.21-22.7.8; Sal: Is 38; Mt 12,1-8).
ME HAS HECHO REVIVIR
En la primera lectura del profeta Isaías, se presenta el testimonio de Ezequías, rey de Judá, quien cayó enfermo de muerte. Ante la visita del profeta, recibió el mensaje de que sus días ya habían terminado. Él, mirando hacia la pared, oró al Señor y le dijo: “Señor, acuérdate que he procedido de acuerdo contigo, con corazón sincero e íntegro, y que he hecho lo que te agrada”. Antes de meditar en la respuesta del Señor a su plegaria, vamos a preguntarnos algunas cosas serias:
Cuando a ti te llegue esa hora: ¿qué le dirás al Señor? ¿Tú le podrás decir que te esforzaste sinceramente por hacer su voluntad? ¿Le dirás que has vivido en transparencia, en sinceridad, que siempre huiste del mal, y que obraste todo el bien que pudiste? ¿Te encontrarás cansado de servir, con alegría profunda en el corazón, libre de rencores y resentimientos?
¿Cuanto “mires a la pared”, y se te refleje la propia conciencia, podrás decir que hiciste el buen combate, estarás satisfecho con haber aprovechado el tiempo, y las oportunidades de conversión? ¿Le dirás al Señor que no se te fueron los ojos con nada transitorio, y que las veces en que fallaste buscaste retornar hacia Él? Te pregunto: ¿tú vas a esperar mirar la pared, ya sin fuerzas de levantarte, para dialogar con tu conciencia?
Medita en la respuesta que el Señor da a los que Él examina y les encuentra pureza en las lágrimas y en el corazón. El Señor les escucha, como hizo con Ezequías y como hizo con todo el pueblo. De la misma manera en que libró al rey de la muerte, también liberó al pueblo de caer en manos de los enemigos. Por eso, recita el salmo: “Tú, Señor, detuviste mi alma ante la tumba vacía”.
El orante confiesa que ya le privaban del resto de sus años, que debía abandonar la tierra de los vivos, sentía su vida levantada y enrollada como tienda de pastores para concluir su peregrinar, cuando en ese momento sin esperanza, Dios lo hizo revivir, porque lo amaba.
También hay enfermedades del alma que te quitan el sentido de la vida. De ellas te libra el Señor, cuando tú le hablas y eres sincero en tus palabras. Vivir en autenticidad e integridad conmueve las entrañas de Dios. Es lo que acontece en el evangelio, que la manera de vivir del Señor Jesús salta todo protocolo cuando hay que responder a las necesidades de la persona. Por eso, Él permite que sus discípulos arranquen y coman espigas aunque sea día sábado. Porque Aquel que hace revivir es más grande que el templo y es señor del sábado.
Señor: aquí estoy, con la única vida que tengo, original, sin copias que me permitan nuevos ensayos. Enséñame a tener juicio y sensatez. No quisiera decirte a última hora que mi existencia ha sido un error. Dame la oportunidad que tanto anhelo. Aprovechar cada minuto y saborear la vida sin malicia ni sospecha. Dame la transparencia del corazón y el gusto por vivir en la verdad…
Que mi alma se recree en tu justicia, y que la obediencia sea la sombra fresca que cobije mis acciones. Que aunque la tumba esté vacía ante mis ojos, y no sepa yo ciertamente a donde iré a descansar, pueda abandonarme sin temor a tu misericordia. Pese a que cruce el puente de esta existencia, sé que siempre me conducirá tu mano. Siento tu abrazo, Señor; y por más que se agoten mis años en esta tierra, sé que juntos, más allá, comenzaremos una nueva historia, más plena y verdadera. Gracias, Señor, porque nada ni nadie me separa de ti.
MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS DE HOY: 19/7/24
