(Mt 12,46-50).
LA FAMILIA DE JESÚS
El pasaje del evangelio narra que Jesús estaba hablando a la gente, cuando su madre y sus hermanos se presentaron fuera, tratando de hablar con Él. Imagina esta escena. María, su madre, intentando acercarse a su Hijo; ella, acompañada de sus parientes, como quien busca respaldo para llegar hasta Él. Algo importante aconteció, que se destaca en este empeño. Quizás los rumores de que Jesús estaba perdiendo la cabeza, ante la novedad y el impacto de sus palabras. Lo cierto es que lo andaban buscando.
No sería fácil para María, acostumbrada a relacionarse con el Hijo en casa, 30 años compartiendo la vida cotidiana con Él, ella como Madre, educadora y guía; y ahora no conseguirlo para decirle algunas palabras, tener que recurrir a mediadores, y todavía más, recibir de Jesús aquella respuesta por un mensajero: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?”. Si no hubiese sido por este acontecimiento, desconcertante en el comienzo, ni tú ni yo tendríamos claro el criterio principal para formar parte de la nueva familia de Jesús.
Para llegar hasta Jesús, se necesita algo más que lazos de sangre. Ni la misma sangre es lo suficientemente fuerte para entablar relación familiar con Él. La Madre fue preparada por el Hijo. Él la fue introduciendo en la dinámica de desapropiación, y ella se dejó conducir; porque poco a poco, las cosas que guardaba en su corazón recobraban sentido. Si en un primer momento parecía distanciarla de Él, por otra parte la acercaba más, porque le confirmó la nueva vía de permanecer más unidos que nunca.
Jesús, señalando con la mano a los discípulos, dijo: “Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo”. La familia de Jesús tiene las puertas abiertas, pero hay criterios para formar parte. “Hacer la voluntad de Dios”; es el acta de nacimiento en el Espíritu. En este santo ejercicio sí se encuentran asuntos para hablar con Jesús.
María reunía los criterios para ser Madre tres veces: Madre por la sangre, Madre por hacer vida la Palabra y Madre por la humildad, la humildad de quien acoge, silenciosamente, el lugar y el rol asignado por el Hijo.
Algunas preguntas para reflexionar: ¿Tú también tratas de buscar a Jesús para hablar con Él? ¿Se te ha hecho difícil conseguir este encuentro personal? ¿Qué te está pidiendo el Señor para que tengas acceso a su persona? ¿Qué se interpone entre tú y Él en este momento? ¿De qué tienes que desapropiarte para formar parte de la familia de Jesús? ¿Tú tienes disposición para entrar en la dinámica que el Señor te pide? ¿Cuál voluntad estás haciendo, la tuya, la de quién, o la de Dios? ¿Tú crees que sin fe podrás hacer la voluntad de Dios? ¿Por qué la oración y la obediencia son virtudes inseparables? ¿Piensas que una gente que esté haciendo la voluntad de Dios pueda ser y estar triste, en el fondo de su corazón? ¿Tú arrastras tristeza y vacío? Entonces, te sigo preguntando: ¿crees que estás haciendo la voluntad de Dios?
Señor: yo también te andaba buscando hasta que decidí hacer la parada de los que te escuchan. Escuchándote me convenciste de que no puede haber felicidad en esta vida lejos de hacer la voluntad de Dios. Quiero estar ahí, Jesús; que cuando pase tu mano, señalando a tu familia, puedan identificarme, porque no me doy el lujo de hacer mi propio parecer. Hoy, en tu Nombre, renuncio a mis caprichos, a mis terquedades, y opto por el camino de la obediencia a tu Palabra. Dame la gracia de esforzarme por hacerla vida, porque en este intento, Señor, encontraremos muchas cosas para dialogar con sentido y profundidad. Que nada ni nadie me impida, Señor, unirme a ti, más allá de la sangre, hasta el océano infinito de tu misericordia.
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DE HOY: 23/7/24
