(Hch 4,33; 5,12.27-33; 12.2; Sal 66; 2Cor 4,7-15; Mt 20,20-28).
SANTIAGO APÓSTOL
Hoy celebramos la fiesta de Santiago apóstol, hijo de Zebedeo, nacido en Betsaida, y hermano del apóstol Juan. Estaba pescando, junto a su hermano y a su padre, cuando recibió la invitación del Señor a seguirle. Lo dejó todo, las redes, el padre, sus pertenencias y sus afectos; se embarcó en la mayor locura de amor que hubiese conocido. Desde aquí se va fundamentando la manera del Señor fijarse en los hermanos de sangre para incorporarlos en la hermandad de sus más íntimos seguidores. Santiago pudo ser testigo de los principales milagros obrados por Jesús. Algo veía el Señor en él que mereció tanta confianza en su persona.
Santiago, en la comunidad de los Doce, era apodado “el Mayor”, para diferenciarlo del otro discípulo con su mismo nombre. Pero el Señor también lo identificó como “hijo del trueno”, quizás porque tenía un carácter enérgico; de hecho, cada uno de los discípulos tenía su personalidad y su autenticidad. A partir de ahí, el Señor, Maestro de los maestros, fue modelando pacientemente no sólo el carácter sino el corazón, hasta esculpir el diamante espiritual que cada uno llevaba dentro. Los pasajes van mostrando la paciencia del Señor en el proceso de madurez de los suyos. Santiago tuvo que aprender, como los demás, en qué consistía el verdadero seguimiento de Jesús.
Es lo que se refleja en el evangelio de hoy. Presenta la actuación de la madre de los Zebedeos, pidiendo a Jesús, postrada, que sus dos hijos sean sentados en su reino uno a la derecha y otro a la izquierda. Todo parece indicar que los hermanos sedujeron a la madre para el pedido, porque cuando el Señor les interpeló preguntado: – “¿Son capaces de beber el cáliz que yo he de beber?”, no fue la madre quien respondió, sino los dos hijos; afirmaron que sí, podían. El Señor corrigió y advirtió que el que quiera ser grande, que sea servidor. En ningún momento les descalificó, sino que encausó todas esas pretensiones para la pasión y construcción de su Reino.
En la lectura de los Hechos vemos cómo las aspiraciones de grandeza de Santiago fueron sanadas y superadas. Comprendió que la verdadera grandeza era ser humilde servidor y mensajero. La fuerza del Espíritu le sostuvo y con valentía enfrentó las autoridades religiosas de la época que intentaron frenar la fe en Jesucristo. Santiago fue el primer mártir de los apóstoles, pasado a cuchillo por orden del rey Herodes hacia el año 42. Según la tradición, su sepulcro es venerado en Santiago de Compostela.
El corazón del apóstol Santiago también se refleja en la Carta de Pablo a los Corintios, cuando afirma que el tesoro del ministerio lo llevan en vasija de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de la gente. Así él entiende que aunque les aprieten no les aplasten (en Cristo está su base); aunque estén apurados, no se desesperan (el Señor les apacienta); y aun experimentando acoso, no se sienten abandonados (porque el Resucitado está con ellos siempre).
Pregúntate a sinceridad: ¿Cómo estás viviendo tu seguimiento de Jesús? ¿tú, como el apóstol Santiago, dejas modelar tu vida, tu carácter, tus pretensiones por el Señor? ¿A quién buscas obedecer, a Dios o a la gente? ¿Estás dando testimonio de Jesús con tu vida? Cuando la gente te mira ¿se recuerda del Señor? ¿En qué se soportan tus palabras sobre el Evangelio? ¿Ellas nacen de la experiencia, del convencimiento? ¿Tú hablas de lo que te dijeron o de lo que viviste? ¿Cuándo las circunstancias se ponen difíciles cómo permanece tu fe y tu compromiso? ¿Qué te sugiere esta frase: “Creí, por eso hablé”?
Señor, como el salmista, te pido que tengas piedad de mí. Piedad porque no pocas veces he dejado ahogar el fuego del Espíritu, que me quiere cocinar apóstol, y no lo permito. Cuando contemplo la vida de Santiago siento que no he dado todo lo que me pides. Pero aquí estoy, Señor, te entrego mis miedos, mi cobardía, las pretensiones que me alejan de lo que realmente es tu voluntad. Dame la humildad necesaria para servirte. Que mis ojos se llenen con tu presencia y mi corazón rebose de tu Palabra. Ilumina, Señor, tu rostro sobre mí, sin que yo lo sepa, y que sólo pueda centrarme en que la tierra conozca tus caminos. Que todos los pueblos te alaben, Señor. Dame la gracia del martirio cotidiano, que yo pueda morir cada día para que tú seas más conocido, más amado y más obedecido. Santiago apóstol, ruega por todos nosotros, especialmente por las ciudades que llevan tu nombre.
MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS DE HOY: 25/7/24
