MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS DE HOY: 1/8/24

(Jr 18,1-6; Sal 145; Mt 13,47-53).

LAS MANOS DEL ALFARERO

Hoy, el profeta Jeremías habla de la imagen del alfarero. El Señor le manda a ir a dicho taller; él observa cómo éste trabaja el barro. Ahí le da la enseñanza de cómo el Señor pretende trabajar con su pueblo. Es una hermosa lectura para que reflexiones sobre cómo te dejas modelar por Dios.

Tu vida cotidiana es el taller del alfarero. Él te sale al encuentro con su Palabra, las personas con las cuales convives, en tu propia conciencia, mediante una lectura, un mensaje, en la oración, etc. El alfarero tiene los ojos puestos en ti para perfeccionar la obra que ha comenzado. Pero Él, el inspirador de los artistas, quien sabe crear a partir de la nada, no puede lograr su propósito si no cuenta con un barro dócil que se entregue confiadamente a sus manos.

El barro, en este caso, tú propia persona, no es quien determina la forma que se pretende lograr. La meta la tiene el Señor, en su corazón. Él es quien establece lo que sueña hacer de ti. El proceso de transformación se complica cuando el barro está reseco y resistente. Por eso, dice el pasaje, que en varios intentos la vasija salía mal, y el alfarero tuvo que comenzar nuevamente el proceso.

El Salmo del día recita: “Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob”. Este refrán puede ser aplicado a tu vida. Porque es ciertamente una dicha, el hecho de que el Señor, quien creó el cielo, obra de sus dedos, la luna y las estrellas, se disponga a visitarte de nuevo, a modelarte otra vez, interesado en la perfección de su obra. Dichoso eres porque el alfarero se enloda en tu barro para hacer de ti un proyecto que refleje su santidad.

El evangelio nos habla del Reino comparado con una red que echan en el mar y recoge todas clases de peces, para luego clasificarlos entre buenos y malos. Te permite analizar que mientras no te arrastren a la orilla para examinarte, tienes tiempo de sacar provecho de todas las oportunidades para crecer, desarrollarte, y adquirir la transformación necesaria para que te escojan y te coloquen en el cesto de la salvación. Porque habrá peces malos, que no servirán para nada, así como vasijas descartadas, porque no se dejaron modelar. 

Pregúntate en el silencio de tu oración: ¿Te consideras una persona terca o dócil? ¿Qué vas ganando con tus terquedades, con tus resistencias? ¿Te dejas dar la forma que Dios quiere darte? ¿Las confrontaciones cotidianas te ayudan a crecer o tú las evitas? ¿Qué actitud tomas cuando te amasan mediante las correcciones? ¿Qué correcciones te ha dado la vida, que han transformado tu corazón? ¿Te dejas cocer en el fuego del Espíritu para que tu barro quede resistente y firme? ¿Tú quieres ser una vasija bien hecha o te conformas con ser una vasija chueca?

Señor: he sido consciente de tus manos en mi barro. Mi memoria alcanza ver, ahora con estos ojos creyentes, cómo has ido modelando mi vida. No fue que agregaste cosas en mí mientras trabajabas, sino que fuiste quitando todo lo innecesario. Has ido lijando muchos callos con tu gracia. Me impresiona la paciencia que has tenido conmigo. Por eso, Señor, no quiero abusar de tu misericordia. Me dispongo, como el buen barro, porque todo lo haces por mi bien. A ti te suplico, Alfarero mío: “No abandones, Señor, la obra de tus manos” (Sal 137,8).

San Alfonso María de Ligorio, ruega por nosotros y por la paz del mundo entero.

Publicado por PASTORAL DIGITAL PSAC

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