XVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO:
Ex 16,2-4.12-15; Sal 77; Ef 4,17.20-24; Jn 6,24-35
EL OTRO PAN Y LA OTRA VIDA
Este domingo sigue la reflexión en torno a Jesús como pan de vida. La primera lectura del Éxodo recuerda y fundamenta cómo el pueblo de Israel, en el desierto, pasó por la dura prueba del hambre. Allí murmuró sobre Dios. No tuvo la fe suficiente para interpretar el acontecimiento de la precariedad. No aguantó sostenerse con paciencia. Se lamentó y deseó su mundo pasado, aunque en la esclavitud, añorando un pan que no tenía. Con todo, Dios, en su infinita providencia, le ofreció el maná; un alimento natural por el cual pudo saciar el hambre, pero un hambre transitoria. Hoy, muchos pueblos peregrinan en busca de ese pan pasajero. La gente busca hartarse, pero tristemente son harturas que se deshacen dejando, en breve, la misma hambre y ansiedad.
El pasaje del evangelio muestra que el Señor se preocupa por el estómago de su pueblo, pero también por lo más importante, su santidad. De ahí la insistencia del mensaje de este domingo para que podamos despertar e inquietarnos por procurar y desear ardientemente el otro pan y la otra vida.
El Señor Jesús reclama que la gente le busca, no porque ha visto signos, no porque deseen el Reino y su justicia, no porque lo reconocieron como Hijo de Dios, sino porque se apegaron a la solución del problema inmediato y temporal, el hambre. Quieren estar cerca de Jesús, por preferir el milagro a trabajar duro por el pan. El Señor denuncia la poca visión y la falta de fe. Es necesario luchar por el pan de cada día, pero el otro pan, superior y trascendente, es ignorado o dejado al margen.
El Señor revela la gracia necesaria para tener acceso a ese otro pan y a esa otra vida: la fe en Cristo Jesús. Él mismo se reconoce delante de sus seguidores y delante de ti: “Yo soy el pan de vida”. Y te motiva a que camines hacia Él, que te acerques. Espera por ti. Le duele al Señor que te quedes en lo periférico de la existencia, cuando tienes un abismo de gracia disponible. Recuerdo a tantos santos y santas que experimentaron mantener su cuerpo y su espíritu sólo con la Santa Comunión. No es para que imitemos literalmente ese acto de fe, sin un acompañante de autoridad espiritual, sino para que descubramos el misterio que encierra el pan de vida, al que tú y yo estamos llamados a sumergirnos.
Algunas preguntas para meditar en silencio: ¿Por qué pan y por qué vida tú te estás afanando? ¿Qué es lo que más te preocupa en este momento? ¿Te ocupas de mantener la despensa de tu cocina llena? ¿Tienes el armario repleto de ropa? ¿Tu seguro médico está al día? ¿Ya te confesaste para comulgar? ¿Si estás recibiendo la comunión, cómo estás interpretando esta acción de fe? ¿Tú comulgas y experimentas ansiedad? ¿O tú sientes que el comulgar te sana, te sacia, te sostiene, te renueva las fuerzas? ¿Cómo vives tus actos de fe? ¿Has descubierto lo que el Señor te revela sobre la dimensión trascendente de la vida? ¿Te estás quedando en la orilla? ¿Necesitas navegar mar adentro? ¿Qué te está entreteniendo o distrayendo? ¿Qué parásitos podrían comer tus vitaminas espirituales? ¿Tú tienes hambre de Jesús? ¿Sientes sed de Él? ¿Sabes que Jesús tiene hambre y sed de ti?
Señor: tú eres el pan que desea ser comido. Que la gracia del Espíritu pueda abrir mis ojos para contemplarte, valorarte y acogerte con la dignidad que mereces. Como lo expresa san Pablo, he abandonado mi antigua condición y voy testimoniando la nueva persona que nace en mí. Porque tu pan me transforma, me purifica y me va santificando. Tu pan, Señor, renueva mi mente, mi corazón y mi sangre. Me dejas experimentar tus sentimientos. Y por eso, Señor, en tu Nombre, pido por la paz del mundo. Que todos nosotros trabajemos por la vida eterna, por los bienes que no perecen. Danos sabiduría, porque toda la tierra quiere vivir. Que la vida nuestra esté, Señor, protegida y sostenida por la fe en ti. Que seamos, en tu Cuerpo y en tu Sangre, artesanos de la paz.
