(Ez 16,1-15.60.63; Sal/Is 12; Mt 19,3-12).
LEYENDO CON FE LA HISTORIA PERSONAL
El profeta Ezequiel, en la primera lectura, hace memoria a Jerusalén de su pasado, de la infidelidad que ha tenido con el Señor violentando la alianza con Él. Adapta estas palabras para ti, reconstruyendo tu historia personal con Dios.
Medita lo que te han contado de tu nacimiento. Recuerda tus padres, tu infancia. Pon nombre a las precariedades que tuviste. Todo lo que improvisaste para vivir. Recuerda quién te dio la mano. El Señor dijo a su pueblo que nadie se apiadó de él. Fue el mismo Señor que tuvo compasión cuando lo vio chapoteando en la miseria y lo socorrió. Lo fue viendo crecer y luego, Él le cubrió su desnudez. Y a ti, ¿quién te cubrió la desnudez? ¿Quién te puso zapatos? ¿Quién te sació el hambre? ¿Quién confió en ti cuando tú no eras nada a los ojos del mundo?
Fue el Señor quien invirtió en su pueblo hasta bañarlo en la misericordia y dejarlo limpio, haciendo alianza con él. El pueblo quedó hermoso y radiante gracias a lo que el Señor había hecho. Ahora considera tu realidad. ¿Quién te hizo crecer? ¿Cómo pudiste estudiar, desarrollarte, progresar? ¿En algún momento has intentado ocultar tus raíces, tu pasado, para aparentar que desde el comienzo has estado siempre reluciente? ¿Cómo miras y cómo actúas frente a quienes todavía no han podido salir de la miseria?
En el caso de Jerusalén, cuando se vio hermosa, se olvidó del compromiso que había tenido con Dios. Con los mismos vestidos que el Señor le había puesto se prostituyó. Se fue con otros dioses, que la humillaron. Y quien estaba segura de su propia belleza, se vio en ruinas. La pregunta nace para ti: ¿qué estás haciendo con los dones que Dios ha invertido en ti? ¿A quién le modelas con el vestido de la gracia que el Señor te ha dado? ¿Cómo usas la inteligencia que Él te dio? ¿Dónde está tu compromiso, todo lo que prometiste al Señor luego de verte en el monte, arriba?
El Señor sintió dolor de ver a su pueblo desorientado, burlado y derrotado. El pueblo se olvidó de su alianza, pero el Señor no. Así que en su infinito amor, decidió recuperarlo nuevamente. Renovó su alianza y le dijo: – cuando te perdone todos tus pecados no volverás a abrir la boca de la vergüenza.
En el evangelio, Jesús denuncia la terquedad y la necedad de quienes buscan divorciarse por cualquier motivo. De igual manera, son los que han borrado la memoria, las promesas, y han descuidado el amor, sin invertir en él, a causa de las distracciones y los deslumbramientos.
También los matrimonios pueden hacer lectura orante con el profeta Ezequiel, y considerar cómo estaban antes de encontrarse a compartir el camino en unión matrimonial. En vez de sacar cuentas uno al otro, se trata de reconstruir, con los ojos de la fe, cómo el Señor ha ido sosteniendo sus vidas. Y contemplar que, a pesar de los pesares, ha sido más fuerte el amor. El fin es renovar la alianza, en nombre de Jesús.
Preguntas que nacen del silencio: ¿De dónde te han sacado? ¿Tú puedes decir que has salido adelante con tus propias fuerzas? ¿Podrías hacer una lista de toda la gente que te asistió para que camines? ¿Tú has mirado para atrás para agradecer a tus antiguos bienhechores? ¿De qué manera tu memoria te hace ser compasivo con otras personas? ¿Tú has querido saltar capítulos de tu historia, o los cuentas como son? ¿Puedes distinguir el momento, si lo has vivido, en que echaste al Señor a un lado, apegado a tus metas? ¿Qué ha pasado cuando logras algo, pero al dejar al Señor, te sientes vacío? ¿Cuáles aspectos de tu pasado te avergüenzan? ¿Dónde pones la vergüenza, para qué te ayuda? ¿Qué te dice la palabra humildad en tu corazón? ¿Cómo te sientes ante el Señor que te perdona las infidelidades y te da la mano para levantarte del fango y comenzar de nuevo? De la misma manera en que el Señor te da la oportunidad, ¿tú se la das a otra persona?
Señor: orando con mi historia, la descubro sagrada. Porque en ella tú estuviste conmigo. Hoy te presento, Señor, la historia de tantas personas que no han podido descubrirla ni interpretarla con los ojos de la fe. Sin la luz de la fe, la historia personal puede estar llena de heridas, amarguras y resentimientos. Que la luz de tu gracia ilumine la conciencia. Te presento, Señor, de manera especial, la historia de nuestro pueblo, especialmente de todos los pueblos que sufren la guerra. Que la humanidad no se olvide, Señor, del vestido con el cual quieres cubrirla, el vestido de la paz.
MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS DE HOY: 16/8/24
