(1Cor 2,1-5; Sal 118; Lc 4,16-30).
¡CUÁNTO AMO TU VOLUNTAD, SEÑOR!
El salmo del día me introduce en tu misterio, Señor. Cuando el orante recita “¡Amo hacer tu voluntad!”, yo quisiera hacer su deseo mío, y lo hago. Porque cuando la persona te ama sinceramente, no busca otra cosa que agradarte, hacerte feliz, y justamente en esto está la verdadera sabiduría.
El salmista, en su oración, me deja saber la ruta cierta para hacer tu voluntad. Es la ruta del amor. El amor a ti nace meditando tu Palabra. Que mi mente y mi corazón se asienten en tus preceptos. Y que no me aparte de ellos, Señor, hasta encontrar la dulzura de miel. Que mi paladar se acostumbre a los manjares de tu casa.
El orante del salmo se torna para mí guía espiritual. Porque me dice, sin saber que me habla, que me aparte del camino falso y de toda vanidad. No podría permanecer en tu Palabra intentando hacer con los mismos pies dos caminos diferentes. Quiero acoger esta instrucción de oro. Soy aprendiz, Señor, en la decisión de hacer tu voluntad.
El apóstol Pablo supo del valor inestimable de hacer vida tus deseos. Por eso, no se apoyó en elocuencia ni saberes humanos. No se jactó de los conocimientos adquiridos, que eran muchos. Sino que se mantuvo débil y temblando ante la presencia del Espíritu Santo, para no interrumpir con su ego la conquista que era sólo tuya. Desapropiándose de su propia persona, bajó a su debilidad, y desde ella alcanzó la sabiduría que viene de ti.
Como Pablo, Señor, no quiero mostrar ni demostrar a los demás quién soy, sino quién eres tú. Para que la fe de la gente no sea hueca, apoyada en pretensiones humanas, sino que sea sólida, porque cada palabra con la cual hable de tu nombre esté sólidamente cimentada en ti y lleve a la gente al encuentro contigo. Porque desde este encuentro, Señor, la gente no quedará perdida, vacía, sin consistencia espiritual. Si tú no llegas al corazón, nadie tiene deseo ni fuerza para hacer tu voluntad.
Gracias, Señor, por enseñarme, en el evangelio de hoy, con tu ejemplo. Que me preocupe porque la gente de mi entorno, mis familiares, mis vecinos, mis amigos, y todas las personas cercanas también descubran lo bueno de hacer tu voluntad. A ti, Señor, en Nazaret, donde te criaste, te reconocieron por fuera, pero no sabían lo nuevo que en ti nacía por dentro. No te detuvo el qué dirán. Sencillamente, fuiste fiel a la inspiración del Espíritu, que se posó sobre ti.
Que así, Señor, pueda yo silenciar los ruidos, y ponerme en pie para anunciar tu nombre también en medio de mis conocidos. No me toca recoger los frutos, sencillamente, Señor, me toca sembrar. Si me rechazan, dame tú la fuerza y la sabiduría para comprender que no es a mí el desprecio, sino a ti mismo. Y que en ti, yo aprenda a sufrir, por los que ignoran y no quieren conocer tu voluntad.
Hoy, Señor, las preguntas van para ti, y espero tus respuestas, mediante tu Palabra escrita, en el silencio de mi oración. Que meditando tu Palabra, pueda descubrir tu voz direccionando mis pasos: ¿Señor, cómo está mi amor por ti? ¿Estoy negociando, regateando tu voluntad para mi vida? ¿Tú crees que mi corazón está disponible, entero, para hacer tu voluntad? ¿Cómo consideras mi esfuerzo por conocer y hacer tu voluntad? ¿Me quieres ayudar a poner orden dentro de mí?
Te pido silencio, Señor. Silencio profundo para encontrarte. En la vida fui aprendiendo muchas técnicas para alcanzar lo que yo quería. Recuerdo haber visitado librerías buscando libros de cómo lograr mis metas. No sabía, Señor, que el gran libro lo llevaba dentro. En mi corazón, en lo más profundo, tú has escrito tu voluntad. Que a la luz de tu Palabra, yo pueda leerlo y encontrar esos párrafos dónde me dices lo que pides de mí. Que no tenga pena, Señor, en procurar personas que me ayuden a interpretar tus deseos. Es necesario, porque yo pudiera leer lo que yo quisiera, analizando con mis ojos humanos. Pero por respeto a tu querer, Señor, yo busco tu auxilio, y me dijo conducir por quien tenga autoridad espiritual. Pon en mi camino, Señor, esa persona que me apoyará para conocer tu voluntad en mi vida.
MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS DE HOY: 2/9/24
