(1Cor 2,10b-16; Sal 144; Lc 4,31-37).
PENSAMIENTO ESPIRITUAL
Hoy, Pablo, me inspira a seguir las huellas del Espíritu Santo. Porque el Espíritu Santo conoce lo íntimo de Dios. ¡Ven Espíritu Santo!, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que hablaste por los profetas. ¡Ven Espíritu Santo!, enséñame esa ruta santa, esa ruta bendita, que me permita sumergirme en la hondura inmensa de misericordia.
Tú ves, Espíritu Santo, mis pobres sentidos. Ellos se quedan en lo superfluo de Dios. Y yo no quiero orillas, cuando hay profundidad divina sin atajos ni compuertas. Llévame al patio de Dios; luego introdúceme en su casa, que es esta casa común nuestra, pero habitada con los ojos de la fe. Paséame por allí y enséñame a vivir en ella. Despierta mis oídos para escuchar ese lenguaje propio de su santidad. Da luz a mis pupilas para contemplar sus maravillas. Que pueda comenzar a distinguir el olor de sus manjares, los manjares de las virtudes, y a gustar profundamente todo lo que viene de Él, porque su santidad llena la tierra. Espíritu Santo, que pueda palpar la bondad y la justicia porque haga vida su compasión, compasión que Él ha tenido conmigo y con todas sus criaturas.
Que la experiencia que viva en ti, Espíritu de Dios, en humildad y obediencia, me permita podar pensamientos humanos; para poco a poco, ir amando los intereses de Dios. Si amo de corazón las cosas del Señor, se irán secando en mí las pretensiones y las vanidades. Los troncos de los pecados capitales se irán debilitando, por el temor de su Nombre. Tú, Espíritu Santo, no trabajas a medias, si me dejo conducir, esculpirás en mí aquello que el Padre, desde la eternidad, ha soñado; soy su proyecto de santidad. No me centro en mi debilidad con estas aspiraciones trascendentes, sino en tu gracia transformante y operante que desde mi bautismo no ha cesado.
Tú, Espíritu Santo, me das el pensamiento nuevo y me das nuevos criterios. Me despiertas mediante tus siete dones, que se asientan en menor o mayor proporción según la voluntad del Señor. Que pueda reconocerte siempre hacendoso en mí, limpiando mi ropa y mis zapatos para no empolvar los pasillos ya purificados por la sangre preciosa de Cristo Jesús.
El orante del salmo me hace recitar en mis adentros, rezando sin mover los labios, que el Señor es justo en todos sus caminos. Espíritu Santo, que como el Señor yo también pueda tener lentitud para cólera y riqueza en la piedad. Enséñame a ser una persona cariñosa y tierna. Quítame los callos del alma, la dureza del rostro, porque me han ido marcando tropezones de la vida.
Como el salmista, quiero hacer de mi vida una sencilla acción de gracias. Porque cuando la gente agradece no sufre sin necesidad. La ingratitud quita la memoria de la providencia del Señor. Espíritu Santo, transforma mis mediocridades y dame la dignidad para poder afirmar, a conciencia, que soy de la familia de Dios.
Sé muy bien, Espíritu Divino, que hacer intimidad contigo es entrar en conflicto con el enemigo. Es el ejemplo que Jesús nos da en el evangelio de hoy. Tu presencia buena es reconocida por los espíritus malignos. Me enseñas a no entablar conversación con el enemigo. Uno tiene que callar y salir. Y ese es el maligno, el cual ha de someterse a la autoridad del Señor.
Hoy, me pregunto, en el silencio de mi oración: ¿me escucho cuando hablo? ¿Puedo interpretar mis pensamientos? ¿Las palabras que salen de mi boca en cuál de los campos se van acentuando más: en el puramente humano, transitorio, o mi lenguaje va siendo espiritual? ¿Las cosas de Dios forman parte de mi lenguaje cotidiano? ¿Me empeño en conocer más de Cristo? ¿Cómo ese conocimiento de Cristo transforma mi vida y afianza mi compromiso cristiano? ¿Pertenezco a una parroquia para no perderme en el camino espiritual? ¿Cuál es la diferencia de leer la vida con los ojos del Espíritu o interpretarla sin fe? ¿Qué quiso decir Pablo cuando dijo: “Nosotros tenemos la mente de Cristo”? ¿Y mi mente, de quién es, quién la está influyendo, quién la está formando?
Espíritu Santo, te entrego mi alma. Espíritu Santo, santifícala. Espíritu Santo, pon voz en mi alma. Espíritu Santo, atrae las almas hacia ti. Porque la santidad es el rostro más bello de la Iglesia.
MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS DE HOY: 3/9/24
