MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS DE HOY: 4/9/24

(1Cor 3,1-9; Sal 32; Lc 4,38-44).

ENTRA, SEÑOR, A MI CASA

Entra, Señor, a mi casa, para encontrar a mi familia, así como tú entraste en la casa de Simón. También te sigo y quiero servirte, centrarme en tu proyecto. Pero detente y ven. Ven con tu presencia bendita y santa. Hay oscuridades que no se desvanecen sin tu luz. El Reino no puede llegar, si tú no te aproximas. Y tu Reino de paz y amor, comienza por cada célula de la sociedad, la familia. Que pueda ver tu Reino germinar desde mi propia sangre.

Aquí dentro, en casa, hay realidades duras, fuertes. Así como la suegra de Pedro estuvo en cama, también tengo a uno de los integrantes de mi familia en postración. No se levanta. No comprende. No sabe dialogar. No tiene fuerza para superar las ataduras que le oprimen. No sabemos la manera, Señor, de devolverle la libertad. Y esto nos preocupa a todos. Ven, Señor, entra a mi casa. Estamos esperando por ti. El nudo que llevamos no nos deja vivir ni respirar, estamos oprimidos por la angustia. Tómate un tiempo, y ese tiempo nos hará ver la salvación. Devuélvenos la alegría.

Entra, Señor a mi casa, ponte de pie; aquí, delante del más necesitado. Sana de raíz la fiebre que no le permite la integración, la participación, el servicio generoso. Sana, Señor, la división que también está presente en mi familia; aquello que Pablo denuncia en su comunidad, lo vivimos.

Sin tu presencia, Señor, que trae la comunión, nos hundimos. La discordia nos quiere dominar. Cada uno empuja para su lado, se empeña en su capricho, en sus intereses personales. Alguien reclama lo que ha sembrado, y el otro exige lo que ha regado. Pero nos olvidamos, Señor, de quién nos ha hecho crecer. Necesitamos que quien nos hace crecer venga y nos enseñe a madurar. No podríamos crecer, si no somos capaces de reconocernos pequeños y limitados.

Si tú entras, Señor, a mi casa, nos enseñarás el camino de la vida. Nos alimentarás como a niños y niñas, primero con leche, pero luego con comida sólida. Porque tenemos esperanza y esperamos en ti. Mi casa, Señor, es tu campo, el campo sagrado que espera tu bendición.

El enemigo sabe muy bien que es vencido con la unidad. Por eso le encanta dividir y formar contiendas. Él es astuto y mentiroso. Le gusta filtrarse y distraer. Es rápido en reconocer cuando pierde fuerza. Ya él sabe, Señor, que está perdido. Porque tú nunca te niegas al pedido bueno que te hacemos los que confiamos en ti.

Con tu fuerza, amado Jesús, manda a callar y a silenciar todas voces maléficas; expulsa todo espíritu de división, envidia, resentimiento y rivalidad. Expulsa, Señor, con tu santa autoridad, todo espíritu de perturbación. Y una vez esté mi casa limpia, pon allí, amado Jesús, al Espíritu Santo. Que su presencia permanezca para siempre y nos una más. Una familia liberada por ti, sólo le queda ser Iglesia doméstica, agente evangelizador. Porque también otras familias necesitan y requieren de esta sanación integral. No queremos reternerte, sino caminar contigo. Haznos ser testigos compasivos de tu Reino.

En el silencio de mi oración, me pregunto: ¿qué estoy haciendo por mi familia? ¿Qué aporta mi presencia allí? ¿Llevo a Jesús hasta los aposentos? ¿Les muestro las miserias que quisiera esconder? ¿He aportado a mi familia consuelo o sufrimiento? ¿Qué signos de división voy observando? ¿Cómo puedo seguir impulsando la unidad? ¿Qué alimento espiritual estoy garantizando para mi familia? ¿Tengo una familia para exigirle o para cuidarla? ¿Cuándo llego a casa cómo se torna el ambiente? ¿Estoy siendo responsable de hacer feliz a mi familia? ¿Mi asiento queda vacío en la mesa? ¿Qué lugar ocupa Aquel que hace crecer?

A la luz del salmo hago oración: dichosa la familia que el Señor escogió como heredad. Él la ha mirado desde siempre, se ha fijado en ella. Y tiene allí su lugar, su centro. Conoce a cada uno, lo llama por su nombre. Sabe cuáles son las fiebres que necesitan ser curadas y las virtudes y gracias que requieren ser promovidas. Dichosa la familia que abre sus puertas para que entre el Señor con su auxilio y su escudo protector. Feliz la familia que con fe y valor suplica al Señor: “Rocía una gota de tu sangre, para sellar esta familia que tú mismo formaste”.

Publicado por PASTORAL DIGITAL PSAC

La Pastoral Digital PSAC es una acción programada y orgánica de nuestra parroquia De los Santos Ángeles Custodios, que tiene como finalidad contribuir a su misión evangelizadora a través de los medios digitales.

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