(1Cor 4,1-5; Sal 36; Lc 5,33-39).
A LA LUZ DE LA CONCIENCIA
Las palabras con las que Pablo comienza el pasaje de este día calan en mí: “Que la gente solo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios”. Señor, ¿qué me llena por dentro, qué reflejo por fuera? Lo que buscas de mí es que te sea fiel. Que sea persona de una sola pieza. Que no haya doblez en mi interior. Esperas autenticidad de vida; y mi conciencia lo sabe. Por eso, en este día, te suplico, que enciendas un chorro de luz sobre mi conciencia.
Enciende mi conciencia, Señor, y despiértala; esa claridad bendita se fortalece y sostiene con la oración. Esa santa luz, que refleja la presencia del Espíritu Santo, enfocará los rincones de mi interior que necesitan ser desempolvados. Cuanto más alumbres, mayor será el esfuerzo por mantenerme fiel a ti. Sabiamente se ha dicho que “no hay mejor almohada que una sana conciencia”, y es verdad.
Quiero caminar sin remordimiento. El remordimiento distrae. No permite la entrega genuina. El caminar con la mentira filtrada en la vida provoca un ruido ensordecedor, que no permite escuchar al Señor, que habla bajito. Cuando la conciencia remuerde, Señor, se debilita la creatividad, se apaga la sonrisa, y los ojos dejan de brillar. No quiero eso para mí, tampoco para nadie. Y como aconseja Pablo, ese empeño de vivir en transparencia y en libertad espiritual, deseo hacerlo por fidelidad a Cristo Jesús, mi juez, quien pone al descubierto los designios del corazón.
En tu evangelio de hoy, Señor, me enseñas a actuar con la conciencia despierta, a saber por qué hago las cosas y el fin que persigo con ellas. Esa discusión entablada entre los fariseos y letrados, que critican a tus discípulos porque no ayunan como ellos, es un ejemplo de cómo se puede perder el sentido y el valor de los actos. Porque si ayunan por un lado, por el otro supervisan a quienes no lo hacen, y murmuran. Sin embargo, Señor, tú enseñas a salir de la dispersión, de la esclavitud de hacer algo fuera de tiempo y lugar.
Tú, amado Jesús, eres el novio, el novio de mi alma, que ha abastecido las bodegas de mi corazón del vino nuevo. Mi odre interior, se ha dispuesto para llenarse de tu bondad y de tu gracia. Y mientras estemos juntos, unidos por misericordia, mi conciencia me dice que es tiempo de fiesta.
En el silencio de mi conciencia, allí, tú y yo, Señor, sentados en la intimidad de un sagrario; recupero las palabras del salmista y las hago mía. Con el orante me repito en mis adentros: “Confía en el Señor y haz el bien”. La fe es lo primero, y bajo esa guía imprescindible deseo ejercitarme en hacer bien a la gente, sin importar con qué rostro venga o la encuentre. El salmista me recuerda que es necesario practicar la lealtad, y así quiero disponerme cotidianamente.
Qué paz tan grande, Señor, nace con la voluntad y disposición de encomendarte el caminar de cada día. Porque eres tú quien hace justicia. Por eso, hoy, como lo exige mi conciencia, quiero apartarme del mal, por más sencillo y simple que se presente. Como asegura el orante en el salmo, quien se aleja del mal y se ejercita en el bien asegura una casa. Esa casa es la tuya, Señor; porque en ella no se entra con zapatos sucios y sin traje de fiesta.
Me pregunto, en el silencio de mi oración: ¿qué me reclama mi conciencia? ¿Ella me está gritando de la misma manera que un perro ladra? ¿Por qué, como dice Santa Catalina de Siena, los ladridos del perro de la conciencia son una bendición de Dios? ¿Siento el perro de mi conciencia desnutrido? ¿Estoy alimentando el perro de la conciencia con la vitamina de la oración? ¿Mi conciencia se ha dormido? ¿Cómo identifico el tiempo en que la conciencia está en un profundo sueño? ¿Qué entiendo por traicionar la conciencia? ¿Me estoy dejando educar por la conciencia? ¿Camino día a día con la conciencia despierta? ¿Podría decir yo, como el salmista: en paz me acuesto y enseguida duermo, porque tú, Señor, me haces vivir tranquilo?
Señor, gracias por el don de la conciencia, el regalo que me das para cuidarlo y para unirme más a ti. Que pueda adecuarme a su santa luz. Que las pupilas de mis ojos se adapten a esta irradiación sagrada. Porque así, amado Jesús, yo puedo caminar cada día haciendo tu voluntad. En tu evangelio, cada mañana, encuentro un conector para cargar la luz de la conciencia. Te vuelves lámpara, Señor, en mi sendero. Como novia centrada en su novio, así mi alma desea reposar en ti. Tú eres mi vino y mi alegría.
MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS DE HOY: 6/9/24
