XXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Is 35,4-7ª; Sal 145; St 2,1-5; Mc 7,31-37
EFFETÁ “ÁBRETE”
Las palabras del profeta Isaías, este domingo, fundamentan la fe y la esperanza; nos recuerda que Dios hace brotar aguas en el desierto, torrentes en la estepa, manantiales en lo reseco… y si eso hace el Señor, Dios nuestro, con la creación en general, mucho más conmigo y contigo, criaturas a su imagen y semejanza. El Señor baja y me alcanza en la aridez de mi vida, en la desolación de mi existencia, para hacer surgir en mí un manantial interior de agua viva y pura.
El agua del Señor es su gracia misma; como dice Santa Catalina de Siena, Dios busca que yo sea cauce para Él hacerse torrente. Un torrente silente, que se desplace con la fuerza del Espíritu Santo, para empapar mis ojos, mis oídos, mis piernas, mi lengua, para hacerme ver, escuchar, caminar y hablar. La misericordia de Dios se compromete con mi miseria. No me quiere en postración, al margen, fuera de participación. Su interés es rescatarme; hacerme gustar lo que Él me regala y forjar unidad conmigo.
Si no me hago cauce, el torrente del Señor no alimentará mi fe. Esa fe es necesaria para que mis sentidos humanos se sumerjan en su trascendencia; y no repita en mi vida la denuncia que hace Santiago, porque yo confunda la fe con el favoritismo. Este domingo, el Señor, me enciende una película para que mire a la luz de mi conciencia, las veces en que me engañé, haciendo distinciones entre personas con la misma dignidad. La vergüenza que me provoca el filme es necesaria para aprender a mirar con los ojos de Dios y a escuchar con sus oídos. Que no me impresione nada, a no ser, la maravilla que es la vida de un ser humano.
Entro a la escena del evangelio y me siento como ese sordo, tartamudo, que presentaron a Jesús para que le impusiera las manos. Pero Él, en cambio, apartándolo de la gente le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Ese mudo soy yo. Mi deseo más profundo es ese. Que el Señor me aparte de los ruidos, de las incredulidades, de los cuchicheos, y que solos, Él y yo, tengamos la intimidad suficiente para hacer la obra.
Este domingo, el Señor, con sus dedos puestos en mis oídos cerrados, y con su santa saliva en mi lengua muda, actualiza su evangelio en mi vida. En ese momento, cuando el sacerdote eleve el pan, y mire al cielo, en ese preciso momento, también deseo que resuene con fuerza en mí, la Palabra proclamada: “Effetá, ábrete”.
Yo soy, en manos del Señor, esa tierra que Él, como nueva creación, va dando forma y sentido. Recuerda el ritual del bautismo donde el sacerdote pide la fe y la vida eterna para el bautizado o la bautizada. Limpia los pecados para que sea criatura nueva; ingresando así a formar una nueva familia, como Iglesia. Le abre los ojos, la boca, la lengua y el corazón para que escuche, entienda y proclame la Palabra. Unge con el crisma para que sea sacerdote, profeta y rey; llenándolo del Espíritu para que la Santísima Trinidad le habite y le sostenga.
Me pregunto, en el silencio de mi oración: ¿Escucho la voz del Señor que me habla? ¿Me he acostumbrado a mi sordera? ¿Si no escucho la voz del Señor cómo podría responderle? ¿Qué voces interrumpen mi diálogo con el Señor? ¿Cuáles son los rasgos que distinguen la auténtica Palabra que el Señor me dirige? ¿Soy consciente de que Dios habla, pero que el enemigo también lo hace? ¿Yo estoy hablando con Dios, y hablando de Dios? ¿Cuáles dificultades se me presentan para poner nombre a mi experiencia con Él? ¿En qué utilizo las facultades de escuchar y de hablar? ¿Mis palabras son resonancias del mensaje de Jesús? ¿Las palabras de mi boca llevan esperanza a las demás personas? ¿Me estoy haciendo cauce para que el Señor se haga torrente? ¿Cómo correspondo al Señor el bien que me ha hecho?
Señor, como el salmista, mi alma te alaba; tú haces de mí una nueva creación resucitada. Permites que yo experimente esta transformación de gracia y misericordia. Tú enderezaste mi vida cuando ya se doblaba, me guardaste y me protegiste. Te has apartado conmigo para hacerme resurgir desde el caos de mi existencia. Tú me sustentas desde siempre. Me garantizas la audición necesaria para que no desperdicie, Señor, las palabras que me diriges. Te doy infinitamente las gracias porque estaba cautiva y me devolviste la palabra, la postura y la firmeza para llevar tu mensaje. Desde siempre he confiado en ti. Gracias, Señor, por decirme, una vez más: ¡ábrete! Yo me abro a tu amor inmensamente grande. Me hago cauce, Señor mío, que tú seas en mí, torrente.
MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 8/9/24
