(1Cor 8,1b-7.11-13; Sal 138; Lc 6,27-38).
CONOCIMIENTO Y LIBERTAD
Pablo continúa hoy instruyendo a los cristianos de Corintios ante una de las controversias que viven: hay algunos escandalizados porque se estaba comiendo carnes sacrificadas a los ídolos. En el contexto social, se practicaban cultos y posteriormente, las carnes eran vendidas en el mercado. Pablo les clarifica que no hay más que un Dios, que no habría problemas en comer dicho alimento. Sin embargo, por caridad, se tendría que respetar a los cristianos de conciencia débil, que todavía no habían madurado la fe. Sin estancarlos en este estado, les llamó a respetar su proceso para no hacer pecar a los más sencillos.
En las palabras del apóstol, se demuestra la importancia de conocer y fundamentarse en la fe cristiana. Cada integrante de la comunidad ha de tener amor por el conocimiento de Cristo y encontrar en Él, quien nos ha liberado, la verdadera libertad. Cuando la conciencia se torna escrupulosa las raíces de la fe se van debilitando.
Jesús, en el evangelio, se nos da a conocer profundamente. Deja claro los planteamientos para quien desee seguirle con fidelidad. Dice a quienes les escuchan: “amen a sus enemigos”, “hagan el bien a los que les odian”, “bendigan a los que les maldicen”, “oren por los que les injurien”. La novedad que trae Jesús nos arranca de nuestra ignorancia. Nos hace elevarnos y contemplar el mundo y las relaciones desde otra dimensión, la del amor.
Jesús nos está hablando de una libertad profunda, que sólo puede sostenerse en Él. En Él se encuentra la fuerza y la voluntad para “poner la otra mejilla”, actitud que puede ser comparada a no esquivar los insultos o las ofensas, sino soportarlos con la firmeza de estar abrazados a una verdad mayor. Sólo escondiéndose en Cristo Jesús, se podría “dar también la túnica al que te quite la capa”. En otras palabras, sería conservar una actitud de desprendimiento, con todas las cosas externas que acaparan la atención de los demás, porque al fin de cuentas, quien ama a Cristo profundamente, sólo le interesa conservarlo a Él. Todo lo demás, no atrapa el corazón.
Cuando tenemos una relación íntima con el Señor, cuando le conocemos de verdad, poco se reclama. No hay ganas de reclamar cuando lo válido y verdadero se conserva intacto en el corazón. Por tanto, en el alma enamorada de Cristo prevalece la paz y el silencio.
Conocer a Jesús, mediante una relación íntima, es la mejor vía para tratar y relacionarse con los demás. Porque haciendo camino con el Señor, tú aprendes, a fuerza de gratitud, cómo Él se porta contigo. Tú estás llamado a ejercitar con los demás aquello que el Señor hace en tu propia vida. Así como te gusta ser tratado por Jesús, los demás esperan que hagas lo mismo.
Uno podría preguntarse, cómo amar a alguien que me ha causado tanto daño. Es una inquietud que nos demanda conocimiento y libertad. Los casos más complicados y difíciles a nuestros criterios humanos, hay que dejarlos a los pies del Señor. Es aquí cuando se puede tomar la cruz, contemplarla, y preguntarle humildemente a Jesús: – Señor, ¿cómo tú lo hiciste?
Con humildad, y sin reparos, se hace necesario expresar los reales sentimientos a Jesús. Mostrarle el propio corazón y suplicarle una gota de su misericordia. Cuando se reza sinceramente, pidiendo lo bueno, escarbando el amor que no se tiene para amar, el Señor no demora en responder. Y si no nace la actitud que se espera, entonces, hay que pedirle al Señor que nos preste su corazón para amar. La mayor gracia que nos puede pasar en la vida es ir amando con el corazón de Jesús.
Preguntas que llevan al silencio: ¿tú inviertes en el conocimiento de tu fe? ¿Te han perturbado algunos escrúpulos? ¿Cuáles serían? ¿Cómo la meditación del evangelio cotidianamente te hace madurar la fe? ¿En qué se apoya la libertad que tienes? ¿Qué actitud tienes con las personas que te han hecho mal? ¿Tú sabías que el oído es veneno para el corazón? ¿Por qué, si haces el bien a los que te son contrarios, eres tú mismo quien sale ganando? ¿Estarías dispuesto, si no lo has hecho, a comenzar a rezar humildemente por quienes están presos de injurias y rencores? ¿Cómo te gusta que te traten? ¿Cómo tú estás siendo delicado y bondadoso con los demás?
Señor, te digo como el salmista, tú me sondeas y me conoces. Que yo, Señor, busque conocerte de la misma manera en que tú me escrutas y me amas. Que en ti, Señor, yo pueda amar y servir en la libertad que tú conquistaste para mí.
MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS DE HOY: 12/9/24
