(1Cor 9,16-19.22b-27; Sal 83; Lc 6,39-42).
PICO DE ORO
“Pico de Oro” era el apodo de San Juan Crisóstomo, obispo y doctor de la Iglesia (347-407). Natural de Antioquía, Siria. Se cuenta que desde muy joven se destacaba por el don de la fluidez al hablar. Uno de sus más famosos maestros, llamado Libonio, exclamó: “Si los cristianos no me lo hubiesen robado”. Esto significa que él prefirió entregarse enteramente a Cristo, como sacerdote. Su elocuencia fue consagrada a la predicación de la Sagrada Escritura, no al simple hecho de vivir de la retórica.
Impresiona el detalle de que, con toda su gracia y talento, se retirara del ambiente de la ciudad. Dura seis años en el desierto haciendo experiencia de Dios. Esta retirada purifica su corazón. Asienta su madurez cristiana. En adelante, con estas sólidas raíces, su predicación será penetrante, apuntando hacia la salvación de las personas. Siendo apasionado de cómo Pablo predicó a Cristo, la primera lectura de hoy, nos ilumina.
Pablo parece hacer una confesión pública. Dice que la predicación para él no es motivo de orgullo. Estaría perdido si no anuncia a Cristo. Asegura que la predicación ha sido un encargo. Un oficio santo, de balde. Porque la paga es “dar a conocer el evangelio”. Se ha hecho uno con todos, a fin de ganarlos para el Señor. El apóstol recuerda a los atletas, para justificar que ellos entran en competencia por un premio, pero que los cristianos están llamados a correr por una corona que no se marchita. Él no lucha en el aire; se compara con un boxeador que golpea su propio cuerpo, a fin de alinearse, corregirse, y madurar para no ser descalificado en la tarea.
Las palabras de Jesús en el evangelio introducen una pregunta oportuna: “¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?”. Esta referencia, en el contexto de las lecturas del día, me recuerda al fundador de la Orden de los Predicadores, Santo Domingo de Guzmán. En la vida del santo, no se comprende la predicación sin un sólido amor por el estudio. Un estudio contemplativo que busca dar a conocer la verdad. Quiere decir, que la tarea de la predicación no es sólo responsabilidad del Espíritu Santo. Hay que sentarse a estudiar seriamente por respeto a Dios, respeto a la Iglesia y respeto al mismo predicador. No prepararse para la predicación, en el pensamiento del papa Francisco es ser deshonesto y charlatán.
El evangelio asegura que un discípulo no es más que su maestro. Usted nunca podrá considerar que sabe más que quien lo ha enseñado. Porque entonces lo que ha aprendido será soberbia. Si llegas a ser un día como el maestro, es porque él se ha vaciado de sí mismo para que tú crezcas, y en este sentido, siempre estarás endeudado. La humildad es el primer escalón para todo aquel que quiera predicar en santidad.
Sigue el Señor inspirándonos, al decir: “¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?”. Dentro del contexto reflexivo en torno a la predicación, puede considerarse que un predicador, una predicadora, que no tenga vida interior poco tendrá que decir. Porque sólo las palabras que arden por dentro, como afirma santo Tomás de Aquino, pueden hacer arder los corazones de los que escuchan. Tú no puedes guiar por un camino que no has hecho o que no conoces primero.
“Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano”. El ejercicio de la predicación implica un antecedente, el proceso de conversión. La predicación no nace cuando se toma el micrófono. Ella nace en la vida cotidiana, en la disposición de cambiar para ser cada día mejor instrumento del Señor.
Preguntas que llevan al silencio: ¿De dónde nacen las palabras que utilizas para hablar de Dios? ¿Ellas nacen solo de una lectura, o nacen de lo que está escrito en el corazón? ¿El nombre de Dios, qué provoca en tu interior? ¿Con qué responsabilidad asumes el anunciar su Nombre? ¿Qué dirá Dios de la manera en que tú hablas de Él? ¿Le has preguntado al Señor: te agrada la manera en cómo hablo de ti? ¿Por qué dice Santo Tomás de Aquino “Es mejor iluminar que brillar”?
Señor, como el salmista, quiero encontrar en ti mi morada perpetua. Habitar en tu casa todos los días de mi vida, es mi anhelo y mi alegría. Si no vivo en ti, Señor, todas mis palabras estarán vacías, sin fuerza, sin dirección. Pero si me mantengo en tu presencia seré fiel en tu servicio. No quiero que me descalifiques. Eres mi premio y mi contento. Si hasta la golondrina encontró nido en tu santuario; no seré yo quien ande distraída y perdida. Quiero habitar en el palacio de tu misericordia, Señor mío y Rey mío. Tú eres mi sol y mi escudo, no me niegas tu favor.
MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS DE HOY: 13/9/24
