(1Cor 11,17-26; Sal 39; Lc 7,1-10).
«NO SOY DIGNO DE QUE ENTRES EN MI CASA”
Pablo, en la primera lectura de hoy, enfrenta uno de los problemas centrales de los cristianos de Corintios. En la época, las celebraciones de la cena del Señor o de la Eucaristía eran realizadas en casas. Solían ser casas amplias, de personas pudientes. Los más pobres eran los últimos en llegar, porque asumían largas jornadas de trabajo. Los primeros presentes, antes de empezar la celebración, comían suficiente, sin considerar a los más retrasados.
De manera que, en la comunidad de Corintios, se formaron dos bandos o partidos, y justamente esto es lo que el apóstol denunció. Les advirtió que dichas reuniones les hacían más daño que provecho. Porque recibían al Señor estando divididos, sin comunión, sin caridad, sin fraternidad. En la espiritualidad del apóstol, se requiere la mayor dignidad posible para acercarse a la santa comunión; no se desvincula la vida de la fe. Es incomprensible la división, cuando va a ser comulgado un solo cuerpo, santo e indiviso.
La comunidad de Corintios, por ella misma, no se percató del daño que se hacía, ni de la condición interior, del corazón, en la que comulgaba. Sin embargo, en el evangelio, se nos presenta una realidad diferente, mediante el centurión romano. Un extranjero reconoció quién era Jesús. Con tan sólo haber escuchado hablar de Él, creyó. Por eso, mandó ancianos judíos a solicitarle la intervención para curar a uno de sus criados. No abogó por un familiar, sino por un criado, lo que vislumbra su fineza humana.
Jesús no estaba lejos de la casa del centurión, cuando este lo alcanzó a ver. Hizo el segundo envío. Esta vez, mandó a unos amigos a darle un nuevo mensaje: “Señor, no te molestes, no soy digno de que entres en mi casa… Dilo de palabra, y mi criado quedará sano”. Estas palabras resonaron tan profundamente en la historia, que se han sembrado, para siempre, en la santa Eucaristía.
La declaración: “No soy digno…”, nos remite a un estado consciente. Son palabras que alumbran el interior, para percatarse de la realidad profunda del corazón. Es un examen de conciencia. Un poner nombre a la propia mediocridad, a la vulnerabilidad y a la miseria. Nace de una necesidad de bañarse, de limpiarse, purgarse y purificarse, por saber quién viene a visitar.
“No soy digno de que entres en mi casa”… en la casa del propio corazón, donde Jesús está dispuesto a entrar. Va, como en el caso del centurión, con determinación y autoridad. Sabiendo que hay un enfermo que aguarda, con esperanza, para ser curado. Ese enfermo, eres tú y soy yo. Nos postra el pecado, cuando lo consentimos y nos adaptamos a él. Pero, cuando tomamos conciencia de que, quien quiere entrar, es Jesús, el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, entonces pedimos prestadas esas palabras del centurión: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Qué hay que barrer en ti para recibir al Señor con la mayor dignidad posible? ¿A ti te duele recibir al Señor sin estar preparado? ¿Tú miras la casa ajena, para saber cómo recibe al Señor, o te ocupas en limpiar la tuya para que no te sorprenda desprevenido? ¿Tú estás forjando unidad o división en tu comunidad, en tu familia? ¿Cómo te puedes dar cuenta si tú mismo tienes el corazón dividido? ¿Te da lo mismo si ves a Jesús llegando a tu casa? ¿Qué tú estás aprendiendo de ese centurión? ¿Con qué fe tú recibes la palabra de Dios? ¿Tú has sentido la sanación, la liberación, cada vez que comulgas? ¿Cómo queda tu casa cuando el Señor la visita?
Señor: dilo de palabra y mi alma quedará liberada y sana; sólo así podré decirte como el salmista: “aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”. Entra, buen Jesús, no mires mi pobreza, sino tu inmensa misericordia. No tengo dignidad, pero te tengo a ti. Es con la confianza puesta en ti que te recibo. Te recibo bajo este techo quebrado y agujereado, que espera ser reconstruido con tu presencia. Te alcanzo a ver, Señor, viniendo con determinación. Y yo me digo: “ánimo, alma mía, que el Señor viene a visitarte”. Que cuando Él entre, la luz de mi fe, le despierte una sonrisa. El cuerpo y la sangre de Cristo guarden mi alma para la vida eterna.
MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS DE HOY: 16/9/24
