(1Cor 12,31_13,13; Sal 32; Lc 7,31-35).
CUANDO YO ERA NIÑO
Pablo nos expresa hoy: “Cuando yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño. Cuando me hice un hombre acabé con las cosas de niño”. Meditando en el trecho de esta carta a los Corintios uno se pregunta: ¿qué serían esas cosas de niño? Observando los verbos que forman la frase se encuentra la respuesta. Cuando era niño él primero “hablaba”, luego le guiaban los “sentimientos”, y por último “pensaba”. Pero llegó un momento que dejó atrás esas cosas y comenzó a vivir como un hombre. Se hizo hombre, maduró en la fe.
Cuando tú eres niño o niña en la fe, te llaman la atención los dones extraordinarios. Comienzas a pedir dones sin saber lo que haces. Intentas aconsejar a Dios, como si Él no supiera lo que tiene que darte, y lo que te conviene. Cuando tienes una espiritualidad infantil, en el sentido de inmadurez, no intuyes que, aunque hables en lengua, aunque profetices y tengas fe, aunque reparta tus pertenencias y aunque te quemes vivo, si no te mueve el amor de nada sirve, todo es desperdicio y pérdida de tiempo.
Nos enseña el apóstol que las acciones de los adultos en la fe, han de estar movidas y sostenidas por la pura y recta intención, el amor. Si no hay amor, dolor del dolor de Dios, entonces todo es teatro, pantalla pasajera y transitoria. ¿Qué te está moviendo por dentro? Es una pregunta fundamental para saber si te has hecho un hombre o una mujer, o si aún te sigues conduciendo por caprichos infantiles.
¿Cómo tú puedes saber si te mueve el amor? Pablo te da elementos para un serio examen de conciencia: mira cómo está tu paciencia, tu afabilidad. Considera si te llega o no la envidia a tu corazón. Observa si te estás poniendo engreído por cualquier cosa. Cuando eres mal educado es porque te falta el amor. En cambio, si eres desprendido y servicial, es porque el amor está fluyendo.
¿Te estás irritando? Te falta amor. Si estás archivando en tu memoria las faltas cometidas contra ti es porque el amor se va secando. Si te ríes con el mal de los demás, no hay amor. Pero si tú te alegras en la verdad, sabes disculpar, confiar en los demás, esperar y soportar pacientemente, entonces te estás adentrando al misterio y a la estabilidad que sólo puede dar el amor, porque este nunca pasará.
El evangelio, también nos evidencia, cuáles son los rasgos de alguien que se ha hecho un hombre o una mujer en la fe. El Señor se pregunta: “¿A quién se parecen los hombres de esta generación?” Él los compara a niños sentados en la plaza, que gritan a otros: “Tocamos la flauta y no bailan, cantamos lamentaciones y no lloran”. La generación que no sabe descifrar los signos de los tiempos, las señales de Dios, es una generación inmadura.
Cuando eres inmaduro en las cosas de la fe, no sabes discernir, no puedes descifrar lo que el Señor te comunica. Sencillamente, confundes y malinterpretas las acciones. Como esos que a Juan el Bautista le criticaban porque no comía, y a Jesús, contrariamente, porque era comilón. Cuando tú siempre encuentras motivos para criticar, es porque no has quemado etapas que debieron quedarse atrás.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Tú te has hecho un hombre? ¿Consideras que ya eres una mujer? ¿Qué cosas de niño o de niña sigues arrastrando? ¿Tú, como un niño, hablas primero y piensas después? ¿Estás pensando como un adulto? ¿Te has preguntado si has quemado las etapas de la vida? ¿Te la estás saltando? ¿Estás retrasado en el proceso de madurez humana y espiritual? ¿Te has sorprendido pidiendo dones extraordinarios? Rebusca dentro de ti, y pregúntate: ¿por qué nacen en ti esas pretensiones? ¿Cuándo fue la última vez que le diste consejos al Señor? Dios habla contigo, ¿tú le escuchas, y le respondes como un adulto o le regateas como un niño o una niña que todavía no sabe lo que busca ni lo que quiere? ¿Has asumido tu compromiso de fe como un hombre, como una mujer de verdad? ¿Cómo estás amando?
Señor, tú me has dado la fe; es lo que me hace confiar en ti. Es mi primer escalón para unirme a tu voluntad. Sin ella me invade la ceguera y me pierdo. Me has regalado, Señor, el don de la esperanza. Es la virtud que me hace esperar en tu misericordia. Sin ella no podría avanzar ni saber el horizonte. Mi esperanza tiene pie, y peregrina conmigo. Sin embargo, “fe” y “esperanza”, son las hermanas menores de la “caridad”, que es el mismo amor. Yo te suplico, Señor, enséñame amar; porque tú sabes de amor. Y yo apenas soy aprendiz, aprendiz imperfecta. Sin tu gracia, nada soy.
MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS DE HOY: 18/9/24
