(1Cor 15,1-11; Sal 117; Lc 7,36-50).
POR TU GRACIA SOY LO QUE SOY
Señor, como san Pablo te digo: “Por tu gracia soy lo que soy”. Es lo que queda decir, luego de mirar atrás. Me has rescatado, Señor, y me has dejado la memoria. Mi memoria y mi conciencia son amigas y se ayudan mutuamente. Ellas conservan tu intervención en mi vida. Tú llegaste, Señor, con tu luz a mi noche. Quitaste las barreras que me impedían conocerte, y las sigues quitando, porque eres verdad infinita. Hiciste una inversión de misericordia en mi existencia y lucho para aprovecharla.
Hoy te pido, Señor, inspirada en el apóstol, que tú gracia no sea estéril en mí. Que el Espíritu Santo no quede frustrado, porque yo sea un alma haragana que no responda a tu querer. Quiero ofrecer mi vida, en un amor renovado cada día, para proclamarte. Ayúdame a conservar el evangelio vivo en mi corazón. Que él sea fuego, que arda sin consumirse. Que arda tu evangelio en mis tuétanos y en mis entrañas, y que queme allí toda mediocridad, la que no le deje expandirse como es debido.
Por tu gracia, Señor, soy lo que soy. Sin la fuerza de tu amor, como esa mujer del evangelio, no hubiese sido capaz de entrar, allí donde estabas tú. Tu presencia me dio valentía para vencer las miradas. No me intimidaron los ojos acusadores, que creían saber mi verdad. Sino que caminé guiada y sostenida por tu misericordia. Nunca antes había experimentado tanta fortaleza, como aquella que me diste, para ungirte con el mejor de los perfumes.
Aquí, amado Jesús, vengo con el frasco de mi perfume. Mi perfume, Señor, es mi oración. Con ella me echo a tus pies. Postrada, te abrazo y te beso. Y lo más grandioso de esta experiencia, es que no me corriges. Permaneces en silencio dándome la oportunidad de amar, porque el amarte me purifica, me sana y me libera.
Tú sabes, Señor, el bien que me haces cuando me das libertad para amar. Te agrada este aroma, porque brota de un corazón agradecido. Gratitud es lo que queda luego de haber experimentado el perdón de todos mis pecados y la oportunidad de un nuevo comienzo, en tu infinito amor. No hubiese sabido de amor si tú no me hubieses amado primero. Por tu gracia, Señor, soy lo que soy.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Cómo conservo el evangelio en mi corazón? ¿Cómo se manifiesta en mis obras que el evangelio arde vivo dentro de mí? ¿Cuáles aguaceros intenta apagar el fuego que el Señor ha encendido en mí? ¿Qué situaciones, actitudes, malogran o echan a perder, la inversión de la gracia en mi persona? ¿Puedo decir, como el apóstol, que la gracia del Señor no ha sido estéril en mi vida? ¿Puedo, mediante un ejercicio de memoria, identificar un antes y un después del Señor entrar en mi vida? ¿Qué ha hecho la gracia en mí? ¿Sé lo que soy?
¿Para quién estoy guardando mi perfume? ¿Para quién reservo mi amor y mi sonrisa? ¿En cuáles pies me estoy echando? ¿Me siento libre para amar, amar sin complejos ni ataduras? ¿Dejo al Señor esperando por mi amor? ¿Por qué el perdón del Señor me defiende y me libra de la vergüenza? ¿Qué significa para mí amar mucho, porque mucho me han perdonado?
Señor, como el salmista, te doy gracias porque eres bueno, porque es eterna tu misericordia. Los días que me quedan de este peregrinar, quiero vivir para contar tus maravillas. No me callaré, Señor, y tú lo sabes. Porque hay muchos perfumes todavía engavetados, reservados no se sabe para qué; y esos perfumes tienen el mejor de los destinos, tus pies, Señor, trono del perfecto amor.
MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS DE HOY: 19/9/24
