(Pr 3,27-34; Sal 14; Lc 8,16-18).
CON LA LUZ ENCENDIDA
Señor, cada día deseas abastecer mi lámpara con la luz de tu evangelio. Tú traes chorro de luz divina a mi conciencia para que no camine en la oscuridad. La luz es tuya, Señor, y no mía. La das gratuitamente, porque amas y te compadeces. Un rayito de tu gracia es un farol para el sendero. La vida no es igual cuando eres tú quien la iluminas, porque hasta el pensamiento cambia. Cambia la manera de actuar, de interpretar los acontecimientos, y el modo de convivir con los otros.
De nada sirve, Señor, que tú enciendas mi lámpara, mi fe, mi conciencia, y que yo la tape con una vasija o la ponga debajo de la cama, como dice el evangelio de hoy. Tú esperas, Señor, que con tu luz, mi vida se haga luz. En la medida en que te acercas, la noche se escapa en silencio, sin hacer ruido. Es duro cuando las tinieblas no te dejan avanzar, porque no sabes discernir bien hacia dónde encaminar los pasos.
Eso quiero ser, en tus manos, Señor, una vela encendida y sabiamente situada para evitar tropezones y fuertes dolores de cabeza. Vivir en tu luz es vivir en transparencia. En la transparencia de tu evangelio, no hay por qué cuidarse uno mismo, no hay que dedicar tiempo a tapar lo que está mal. No hay sobresaltos ni precauciones, porque contigo, Señor, todo es claro; claras son las palabras, claros son los pensamientos y los planteamientos, claras son las intenciones, las acciones, la mirada y la sonrisa.
“No hay nada oculto que no llegue a descubrirse; nada secreto que no llegue a saberse o hacerse público”. Necesito, Señor, avanzar hacia la verdad, cada vez con mayor consistencia. Que viva en lo oculto como si estuviera en público, en su sana dimensión. Y que en público no pretenda ser de otra manera, que cuando estoy en soledad. Aquí, está mi vida, Señor, quiere ser como esa pieza de ropa, lista para vestir, tanto al revés como al derecho, porque en ambos lados, sea, en tu gracia, la misma cosa. No hay ningún rincón del alma que no sea alcanzado por tu luz.
La sabiduría, expresada en la lectura de Proverbios, me dice, Señor, cuando soy luz: soy luz cuando hago un favor, a quien lo pide, si está en mis manos hacerlo. Cuando no hago demorar la caridad, para el día siguiente, haciendo que el otro mendigue la migaja de pan que puedo ofrecer. Soy luz, Señor, en tu luz, cuando evito los pleitos, cuando mi boca no arma contienda, ni mi proceder es por envidia o rivalidad. Soy luz, siendo consciente de que todo lo bueno viene de ti, y me queda la humildad.
El salmo, a su vez, también me dice cuando soy luz: cuando intento hacer de tu casa mi casa. Vivir en la luz y vivir en tu casa, Señor, es la misma cosa. Soy luz cuando procedo con honradez y no dejo que mi palabra se deteriore con la mentira o la difamación.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Me molesta la luz? ¿Necesito emplear mucho tiempo para tapar las cosas que no quiero que se vean? ¿Cómo me pongo cuando alguien agarra mi celular sin permiso? ¿Me preocupo si se me olvida el celular en algún lugar? ¿Uso clave en la computadora, una clave que sólo sé yo? ¿Por qué tanto candados en la vida? ¿Esos encierros, qué hacen en mí, cómo interfieren? ¿Las cosas que veo, las que escucho, se pueden ver y escuchar en público? ¿Puedo mirar a los ojos en paz, cuando converso?
Las luces que el Señor me regala, en su misericordia, ¿dónde las empleo y dónde las coloco? ¿Comparto los conocimientos, los saberes y los talentos? ¿Guío a los demás para que salgan a la luz? ¿Qué le dice a mi vida la palabra: “transparencia”? ¿Quiero ser luz para iluminar o para brillar?
Señor: aquí estoy, quiero peregrinar hacia tu luz, porque nunca es suficiente. Deseo que tu evangelio sea la casa donde yo habite. Que me adapte alegremente a la claridad de tus enseñanzas. No quiero ser transparente, Señor, por esfuerzo, sino porque la transparencia sea natural en mí, porque lo haya aprendido de ti, y me identifique con esta gracia. Cuanto más transparente sea, Señor, más creíbles serán las palabras que tú me inspires para llevar claridad a las conciencias. Que no sea yo, Señor, quien reste credibilidad al mensaje. Dame la sensatez para llevar tu claridad a todos los rincones oscuros, principalmente a los míos, porque si no veo ¿cómo me atrevería a conducir por el camino? Señor, enciende mi luz.
MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS DE HOY: 23/9/24
