(Ecl 1,2-11; Sal 89; Lc 9,7-9).
VANIDAD DE VANIDADES
“Vanidad de vanidades, todo es vanidad”. Estas son las palabras del sabio quien, luego de un largo recorrido en la vida, después de haber observado todas las actividades, los afanes, las luchas del ser humano bajo el sol, concluye diciendo, desalentado: ¿qué se ha sacado con tanta fatiga? Esa pregunta, justamente, es la que tú y yo debemos hacernos en este día.
¿De qué ha servido laborar de domingo a domingo? ¿Qué te han dejado los tres trabajos paralelos? ¿De qué te ha servido suspender el descanso necesario? Si no pudiste sentarte, respirar, tomar un café caliente, despacio; ni comer un helado al lado de una persona amiga, saborearlo. La sabiduría llama a encontrar sentido a los cansancios y fundamento al descanso en el Señor. Porque si al final del camino, los empeños no aumentaron la fe en Dios, de nada sirvieron.
El salmo, también está impregnado de palabras sabias. Recuerda que el ser humano es tierra y aliento; o sea, su barro está en manos de Dios. Si el Señor retira su soplo, ya no existe. Por eso, en este momento de la historia, en este contexto donde se realizan planes de guerras, surge la pregunta: ¿quién eres tú, hombre; quién eres tú, mujer? Eres, sencillamente, como una hierba, que florece y se renueva por la mañana, y por la tarde la siegan y se seca. Procura, que cuando te llegue el atardecer, te encuentren sembrando paz y no contiendas.
La sabiduría llama a reflexionar sobre este misterio de la existencia. Sabia es la persona consciente de que sus años son transitorios, y a partir de ahí adquiere un corazón sensato. Sabe invertir su pensamiento, sus palabras, sus acciones, su tiempo, los talentos que Dios le ha dado. La ignorancia no le arrastra, de manera que sabe estar viviendo por misericordia.
El evangelio nos presenta al gran Herodes; el rey. Nos muestra el estado de su conciencia, por decisiones frutos de vanidad. Con su autoridad real mandó a matar a Juan. Sin embargo, no pudo aniquilar su voz sembrada en la historia. Ni pudo silenciar las voces exigentes del remordimiento. Quien manda a matar renuncia a su paz y muere sin morir. La vida se le vuelve una agonía constante. Y eso quedó del rey, un agonizante perturbado, que no supo qué pensar cuando escuchó hablar de Jesús; lo comparó con Juan. Al que asesinó se le aparecía por todos lados. Los ladridos de la conciencia no le dejaron descanso.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Qué lugar ocupa la vanidad en tu vida? ¿Cuáles signos de vanidades pueden estar presentes en ti? ¿Cómo tú desenmascaras la vanidad? ¿Por qué la vanidad es una manera de esclavitud? ¿Tú sabías que meditando y optando siempre por lo eterno, por lo que no pasa, tú puedes ir ejercitando una vida sin vanidad? ¿Las actividades que realizas cada día aumentan un poco más tu fe? ¿Tus labores llevan vida y esperanza a los demás?
¿Tú eres consciente que eres como una hierba, que en la mañana está verdosa y en la tarde se seca? ¿Con la vida que llevas, cómo te llegará el atardecer? ¿Con qué te presentarás ante el Señor en el atardecer de la vida? ¿Cómo estás invirtiendo tu tiempo? ¿Para quién o para qué te afanas? ¿Sabías que tu vida es un proyecto de santidad hecho por Dios? ¿Tú encontraste tu centro? ¿Tú habías pensado que en este momento de tu vida estás vivo por misericordia? ¿Tú comprendes que la misericordia es esa gracia de Dios, que te da la oportunidad de enmendar y vivir bien, como a Él le agrada?
Señor: que despierte tu luz sobre la humanidad en este momento de la historia, en estos tiempos difíciles, donde se hace tan necesaria la fe y el refugio en ti. Danos, amado Jesús, la gracia de ser gente sencilla, como tú. Tú, que viviste sin vanidad, que seas espejo para todos nosotros, esta humanidad doliente, porque ella misma se hiere y se lastima, junto a toda la creación.
Quita, Señor, ese corazón de piedra que se ha ido formando, en las hermosas criaturas que tu Padre creó. Que si el Padre nos creó, Señor, seas tú quien nos crie en la mansedumbre y la paz. Pon, Señor, en el centro del hombre y de la mujer, un corazón de carne, un corazón orante, un corazón creyente; un corazón semejante al tuyo, humilde, sin vanidad, sin pretensiones, recipiente de amor.
María, Reina de la paz, ruega por nosotros y por la paz del mundo entero.
MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS DE HOY: 26/9/24
