(Gal 2,1-2.7-14; Sal 116; Lc 11,1-4).
ENSÉÑANOS A ORAR
El evangelio de este día comienza diciendo: “Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: -Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos”. En la descripción, no se destaca el lugar donde oraba, sino su oración. Ahora, te invito a que entres dentro de esta escena.
Eres tú quien, a la distancia, como uno de esos discípulos, con toda prudencia, observas a Jesús orando. No lo interrumpes, no haces ruido. Te maravillas con su recogimiento, con su postura, con su respeto. Hasta vislumbras el semblante de Jesús, propio de las personas cuando se sumergen en Dios y hablan con Él. De Moisés se decía que su rostro se volvía radiante, por haber conversado con el Señor (Cf. Ex 34,29).
Tú estás testimoniando, como ese discípulo, la oración de Jesús. Lo ves por fuera, pero no te imaginas lo que pasa dentro de Él. Contemplando al Señor, te sientes aprendiz. Jesús centrado en el Padre y tú centrado en Jesús. Al verlo, te brotan las ganas de aprender. Quieres hacerlo como Él. Pero no sabes. Estás inquieto. El deseo de unidad con Dios se enciende. Es el santo deseo. Jesús te provoca el fuego de la santidad sólo con el testimonio.
Con paciencia e inquietud, el discípulo esperó a que el Señor terminara su oración. La humildad y el respeto tomaron delantera e introdujeron las palabras que también tú, hoy, le puedes dirigir a Él: “Señor, enséñanos a orar”. En la petición, se realza la delicadeza. Le llama, “Señor”, y lo es. Lo reconoce. Pide, no sólo por él, sino por toda la comunidad de hermanos que lo está contemplando en oración. La luz del cielo le alcanzó al discípulo para identificar qué pedir, y lo hizo bien. Pidió que les enseñen a orar.
Jesús, quien muchas veces predicó sin hablar, no demoró en acoger tan fecunda petición. El Señor, como Maestro, comenzó inmediatamente a revelar en público lo que vivía dentro, mientras oraba. Cuando Jesús enseñó a orar volcó su interior hacia fuera. Él, como a esos discípulos, te pone una síntesis de toda su vida, de su relación con Dios y con los demás, en tus manos. El Señor, te muestra, con su enseñanza, cómo se une de manera inseparable la vida y la oración.
La guía de oración que Jesús enseña es la siguiente: cuando ores, comienza diciendo “Padre”. Pero, no sólo lo digas. Experiméntalo. Entra en esa atmósfera de profunda confianza y amor. Necesitas saber a quién te diriges, quién te escucha y te responde. Luego de esta puerta de entrada, que te permite introducirte en la casa, en las entrañas del Padre común; Jesús te dice cuáles han de ser tus deseos más profundos, los mismos que Él ha tenido.
Desea que el Nombre de Dios sea santificado, y santifícalo. Dios es santo. Nos quiere santos. El Señor te vuelca a lo primordial. Te arranca de lo superfluo y del individualismo. Te presenta lo eterno. Te provoca desear la voluntad de Dios y su Reino. La oración enseñada por Jesús ordena tu interior; pone criterios en el corazón. Reubica todo en el lugar correspondiente. Te hace pensar, decidir y actuar conforme a lo que Él espera de ti. La oración, primero te enciende la luz de la conciencia, y luego el cuerpo la sigue; ella corrige, forma, y hace nacer de nuevo.
Como el Señor no se desentiende de las vulnerabilidades humanas, de nuestras necesidades, experimentadas por Él, también te introduce a la actitud de abandono y de confianza. Porque el Dios Padre también es providente. Los frutos de tu trabajo no llegan sólo por tu talento, sino porque a tu sacrificio le antecede el don. Por eso, la oración que Jesús enseña dice: danos nuestro pan de cada día. Lleva impresa la austeridad, el desprendimiento y la vida solidaria entre los más pobres.
El Señor presenta la necesidad de pan a la altura de la necesidad de perdón. Quien no perdona no puede esperar misericordia. Como todo proyecto santo es perseguido, Él también te enseña a pedir protección divina para no caer en tentaciones y ser librado del mal.
Preguntas que llevan al silencio: ¿cómo está tu oración? ¿La oración del Padre nuestro ha ordenado tu vida? ¿Tú vas siguiendo el orden, el itinerario que ella propone? ¿Cuáles son tus deseos? ¿Estás buscando santidad de vida? ¿Qué reino sueñas, por qué reino trabajas? ¿Eres desprendido en nombre de la solidaridad? ¿Cómo consumes el perdón de Dios? ¿Tú sabes perdonar? ¿Si deseas la vida en Dios, has renunciado al mal?
Señor: la oración me une más a ti y me capacita, para, en comunión apostólica anunciar y trabajar por tu Reino. Por eso, quiero hacer mío, en tu gracia, el mandato del salmo “Vayan por todo el mundo y proclamen el Evangelio”.
MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS DE HOY: 9/10/24
