(Gal 4,22-24.26-27.31_5,1; Sal 112; Lc 11,29-32).
LA VERDADERA LIBERTAD
El apóstol Pablo, en la carta a los Gálatas, retoma la historia de Abrahán. Recuerda que tuvo dos hijos, uno de la esclava y otro de la libre. Esa esclava se llamaba Agar; y la libre, aunque Pablo no la menciona directamente, se llamaba Sara; siendo libre, era estéril, pero Dios le hizo ver el hijo de la promesa.
Esta referencia la trae el apóstol para que tú y yo meditemos qué significa la verdadera libertad. La genuina libertad no le llega a la persona por su propia gestión o influencia. Tú puedes ir y venir, opinar, tomar decisiones, hacer lo que quieras y considerar que disfrutas de libertad. Pero ¿cómo podría considerarse libre alguien que no es capaz de identificar las ataduras que tiene; porque quizás, a la altura del camino donde se encuentra, se ha acomodado a la esclavitud?
No es sencillo identificar los yugos, cuando somos como hijos e hijas de una sociedad, comparada a la madre esclava. Porque todo lo que ella enseña, viene filtrado por las cadenas que atan; mientras que los hijos, sin saberlo, se amarran felizmente, porque no conocen otra cosa. Al libertinaje le llaman libertad. No serías capaz de identificarte esclavo, sin alguien que desde fuera, llegue con una luz mayor, y te haga caer en la realidad.
Cristo es la persona, el Hijo de Dios, que nos hace recapacitar y situarnos en lo que significa la libertad. El apóstol afirma, que sólo se alcanza la verdadera libertad, si se acoge como don ofrecido por Cristo Jesús. La alianza sellada con su sangre, puede ser comparada con la madre libre. La libertad le ha costado un precio alto, sagrado. No regateó al pagarlo, por compasión al vernos esclavos y engañados. Cuando Jesús nos enseñó a llamar a Dios Padre, nos hizo herederos, herederas. Sin la libertad que nos da, no alcanzamos a ser obedientes ni a caminar en santidad.
Medita en las palabras de la Virgen María cuando dijo: “He aquí la esclava del Señor: hágase en mí, según su Palabra”. Ella es también la madre libre. Nos enseña, como a hijos, que la verdadera libertad comienza con reconocer quién es el Señor, tu Señor. Porque si hay un Señor, debe haber también quién le obedezca y se deje conducir. Tú eres libre cuando no te gobiernan las órdenes impuestas, camufladas, seductoras, que anestesian tu conciencia. Eres libre cuando quieres, en la voluntad propia, ser parecido a tu Señor, y das un paso más, hacerte una sola cosa con Él.
El salmo del día te ayuda a identificar una fuente de fortaleza para la libertad. Esta fuente es la alabanza. La actitud de bendecir el nombre del Señor por siempre, a cada instante, en toda ocasión, ya sea de gozo o de pesar, te hace libre. Porque cuando tú alabas, reconoces la autoridad del Señor, y te abrazas a Él. Quien alaba al Señor crece en libertad y dignidad.
El orante te invita a reconocer la grandeza del Señor, que se abaja para alcanzarte y rescatarte del polvo, del triste basurero donde uno, sin saber, pudiera instalarse. Quién no ha experimentado los olores de la oración y la santidad, pudiera hacer grandes inversiones por perfumes de marcas, pero que no marcan la ruta del cielo.
En el evangelio Jesús cuestiona la generación que no sabe interpretar los signos que llevan a la verdadera libertad, Jesús mismo. Él recuerda personajes que se pusieron en camino, que buscaron con inquietud ese algo más, por el cual estaban insatisfechos. Jesús te provoca, de esta manera, para que te espabiles, para que abras los ojos del alma y te pongas en camino. Si con Jonás, en Antiguo Testamento, toda una ciudad se convirtió, qué se espera, de esta generación de hoy, que ya no se alimenta de signos, sino del mismo Señor, de su Cuerpo y de su Sangre.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Te sientes ser una persona libre? ¿Cuál es la diferencia entre libertad y libertinaje? ¿Por qué la libertad, en Cristo, y la obediencia a Él, están unidas? ¿Por qué tú haces todo lo que haces, durante el día? ¿Qué te motiva a actuar? ¿Qué te pone triste? ¿Y por qué te pones triste? ¿Tu felicidad de qué depende? ¿Qué te está sobrando para ser libre? ¿Cuáles son los yugos que hay que cortar a la luz de la Palabra? ¿A quién estás obedeciendo? ¿Cuándo buscas dentro de ti, qué encuentras allí de esclavitud? ¿Dónde nacieron esos rasgos de esclavitudes? ¿Cuáles signos te manda el Señor para que alcances la verdadera libertad que Él te ofrece?
Señor: yo te bendigo y te alabo en este día. Te doy las gracias, porque llegaste a mi vida y me rescataste de mi ceguera. Bajaste a mi tierra y me elevaste hasta tu corazón. Que yo pueda, Señor, en tu gracia y en tu misericordia, mantenerme firme. Que no quiera, como dice el apóstol, volver de nuevo al yugo de la esclavitud. Como María, te digo hoy, sinceramente, también quiero ser la esclava del Señor, y que se haga en mí, conforme a su Palabra.
MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS DE HOY: 14/10/24
