(Ef 2,1-10; Sal 99; Lc 12,13-21).
VIVIR, EN EL SEÑOR, SIN ALMACÉN
Señor, hoy reviso mi conciencia a la luz de tu Palabra. En ella nos narran cómo, uno, del público, intervino para hacerte una súplica. No te pidió, como aquel discípulo, que les enseñes a orar, o que le hables de vida eterna. No te suplicó por liberación, ni por recuperar la luz de los ojos o la audición. No te rogó ni por su sanación ni por la de otra persona. Tan sólo te demandó, que su hermano repartiera con él la herencia.
Entonces, Señor, tú le respondiste: ¿Quién me ha nombrado juez o árbitro entre ustedes? Y advertiste a todos: “Guárdense de toda clase de codicia”. La súplica que te dirigimos, Señor, te muestra lo que llevamos en el interior. Tú instruyes y educas para que el único corazón que cargamos, no se convierta en almacén; un almacén saturado, apretado, sin espacio, siempre en proceso de reforma y expansión para cosas que no llevan tus huellas.
Hazme comprender, Señor, que mi vida no está garantizada por el tamaño de la bodega que construya ni por lo que conserve en ella. Mi futuro no está asegurado por cuánto me afane o cuánto tenga, de cuántas conquistas realice, o de qué tan alto pueda subir y seguir subiendo en este mundo inferior, donde las “herencias” y las “cosechas” acaparan. Por eso, Señor, soy yo quien te suplica: líbrame de toda clase de codicia. Porque también hay codicias de saberes, de fama, de metas caducas, de realización personal, y hasta de dones espirituales…
Tú, Señor, en tu infinita sabiduría, nos narras una parábola, una historia llena de luz, para que la verdad trascendente y eterna, que somos tardos en comprender sin tu gracia, podamos asimilarla con mayor facilidad y tomemos las decisiones adecuadas. Nos hablas de ese “hombre rico” que empezó a echar cálculos, porque no tenía dónde almacenar la cosecha, por la cual tanto trabajó. Los cálculos que estaba haciendo no traspasaban el cerco de su propia imaginación. Calculó en la pequeña parcela de su mente, sin tener en cuenta la voluntad del Señor de la vida.
Nos explicas, Señor, que ese hombre, de “grandes almacenes”, se dijo a sí mismo: “túmbate, come, bebe y date buena vida”. Todo su esfuerzo estaba al servicio de su propio cuerpo y lo que él consideraba bienestar. No se daba cuenta que lo estaba instruyendo la necedad, alejándose así de la sabiduría.
En esta imagen me detengo, para considerar, en este momento de mi vida, qué cálculos estoy haciendo. Señor, con tu luz, desenmascara mis aspiraciones, mis ambiciones, corrige mis deseos si estos no te honran. Ante tu presencia me dispongo a derribar cualquier “granero” que haya podido soñar o construir, no para hacer otro grande, sino para aprender, en tu gracia, a no acumular, pero también a no derrochar sin ti.
Las palabras que Dios le dijo al hombre de los grandes almacenes, las acojo para mí. Tú, Señor, me dices: “Esta noche te voy a exigir la vida”. “Esta noche”, no significa necesariamente, al final de este mismo día, sino que se trata de una advertencia. En cualquier momento, tú vienes a buscar aquello que te pertenece, mi vida es tuya, no mía. No puedo guardar para mí lo que te pertenece. Mi vida sólo sirve para tu Reino. Fuera de ahí, se pierde. No importa la seguridad de los almacenes, tú entras sin llaves, y me recuperas de mis falsas protecciones.
Por eso el orante del salmo me hace repetir: “El Señor nos hizo y somos suyos”. Tú no me quieres, como el hombre de la parábola, acumulando, dispersándome en construcciones para el mundo bajo, sino que me deseas ver como el salmista, sirviéndote en libertad y con alegría. Que cuando vean mi vida, Señor, sepan, para tu honra y para tu gloria, que soy tuya y que en ti está mi dueño. Soy yo quien se encuentra, Señor, en el almacén de tu infinita misericordia. Y de ahí, no pienso escaparme. No quiero mis pobres y limitados cálculos.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Cuáles son mis cálculos, en este momento? ¿Qué estoy almacenando en mi corazón? ¿Para qué y para quién almaceno? ¿Mis cálculos solo alcanzan el tamaño de mi imaginación? ¿Construyo sabiendo que mi vida pertenece al Señor? ¿Estoy consciente que en cualquier momento Él me exige lo que me dio, la vida? ¿Puedo vivir el día como si esta misma noche el Señor desearía el encuentro decisivo conmigo?
Señor: como nos narra el apóstol, deseo experimentar la muerte, antes de morir. Un muerto no busca nada, no reclama, no exige, no fabrica, porque en dicho estado ha venido a enterarse de que el único almacén que ha valido la pena construir es aquel abastecido de oración, de santidad y justicia. Por eso, Señor, deseo esta santa sepultura para vivir en ti. Guarda mi vida de toda codicia. Tú me hiciste, Señor, y te pertenezco. Soy yo quien desea existir, por siempre, en el almacén abierto de tu misericordia.
MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS DE HOY: 21/10/24
