(Ef 2,12-22; Sal 84; Lc 12,35-38)
SERVICIO, ORACIÓN Y ESPERA
El evangelio de hoy nos invita a escuchar las enseñanzas de Jesús, de la misma manera que lo hicieron sus discípulos, para llevarla a la vida. Nos pide tener “ceñida la cintura” y “encendida la lámpara”; dos imágenes ricas en significados, y desde éstas iniciamos nuestra meditación:
Ceñida la cintura. El Señor nos pide estar con la cintura ceñida. Nos trae la imagen de la prontitud, de estar disponibles, atentos. Listos para ponernos a servir. Es una actitud del corazón. También, en nuestra cultura, trae al imaginario un delantal, que representa a quien sirve con dedicación y esmero. Ponerse un delantal habla de la actitud de quien está dispuesto a trabajar.
Todo comienza con la disponibilidad interna, el buen ánimo, el agrado y el gusto por la faena; siempre con el sentido de lo que se busca, y del por qué se afana. En el pasaje queda claro que el propósito de la jornada es “aguardar” la llegada del Señor. Al no precisarse el momento de su venida, se pide estar “ceñidos”; no por temor de que encuentre siervos acomodados, sino por la delicadeza de que Él, al llegar, encuentre todo lo mejor posible. Quien tiene ceñida la cintura no es dueño de casa, sino servidor, disponible, preparado.
Encendidas las lámparas. Tener las lámparas encendidas evoca la realidad de quien, sirviendo, le llegó la noche; faltan muchas cosas por adelantar, pasó el día, y se auxilia con esta luz para continuar la jornada. La persona no se rinde ante el sueño. La perspectiva de que Él pueda llegar le mantiene espabilado.
Las lámparas funcionan con su aceite. Este aceite es la oración. La oración abastece la lámpara para que nunca se apague el sentido de la espera. Es la luz del discernimiento para no confundir la voz de quien llame; e identificar previamente a quién se le abre la puerta.
Dichosos somos nosotros si, al regresar el Señor, nos encuentra sirviendo, amando, orando y esperando. La dicha consiste en que Él, a su regreso, al constatar tamaña fidelidad, se dispone a colocarse el ceñidor, a sentar a su siervo en la mesa y servirle Él mismo.
Hoy, día de san Juan Pablo II, tenemos en él, el espejo de ese servidor fiel, a quien le llegó el atardecer trabajando por la unidad de toda la Iglesia; en la misma sintonía que Pablo, en la carta a los Efesios nos habla: quebrando muros divisorios para darle paso a la integración, de todos los creyentes, al edificio santo, donde Cristo es la piedra angular. Promovió para todo el mundo la ciudadanía de los santos. Su pontificado se destacó por el impulso de la santidad para todas las naciones. Siempre distinguió, para todas las culturas, ejemplos de santidad.
El salmo del día refleja la espiritualidad vivida por san Juan Pablo II, peregrino de la paz. El papa viajero. Como dice el orante, anunciando la paz de Dios a todos los pueblos. Haciendo, con su vida y magisterio, que sea posible el encuentro entre la justicia y la paz.
Algunas preguntas que llevan al silencio: ¿Cómo está mi actitud de servicio? ¿Cómo está la lámpara de mi oración? ¿Cómo me encontrará el Señor en el atardecer de mi vida? ¿Estoy trabajando por la unidad de mi familia, de mi comunidad, de la Iglesia? ¿Cómo voy siendo signo de paz, con mis palabras, con mis actitudes, con mis acciones? ¿Rezo por la paz del mundo? ¿A qué ciudadanía estoy aspirando?
Hacemos oración con uno de los pensamientos de san Juan Pablo II: “La Iglesia, más que de reformadores, tiene necesidad de santos, porque los santos son los más auténticos y más fecundos reformadores”.
MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS DE HOY: 22/10/24
