(Ef 3,2-12; Is 12,1-2; Lc 12,39-48).
ADMINISTRADOR CON CORAZÓN DE CRIADO.
El evangelio de este día es una parábola de Jesús a sus discípulos. Nos alerta para estar preparados, porque no sabemos ni el día ni la hora en que el Señor nos pida cuenta de su encargo. La enseñanza describe las posturas distintas que pudiera tener el administrador que, al marcharse el amo, le dejen al frente de su servidumbre. Meditemos tú y yo, qué tipo de criado o criada somos.
Observa que la servidumbre, que dejan a su cargo, no pertenece al administrador, sino al Señor. Lo primero que sale a relucir es el sentido de la desapropiación profunda. El administrador trabaja para alguien. No está en su propia empresa. Por eso le llaman, al mismo tiempo, “criado”. Es interesante estos dos conceptos, que aparecen casi seguidos. Porque si “administrador”, parece ser un puesto destacado, al mismo tiempo, el Señor le hace saber que es un sencillo “criado”.
A un administrador, con corazón de criado, el Señor le asigna dos atributos. El primero, “fiel”; es decir, que no defrauda la confianza depositada en sus manos. Porque es constante en sus tareas. No se deja condicionar por los embates, sino que persevera en la verdad de su compromiso. No necesita supervisión. Se esmera en hacer las cosas bien por honestidad y respeto, por amor y gratitud con el amo. La lealtad es su descanso y su recreo. El segundo atributo que le asigna es: administrador “solícito”, quiere decir, servicial y diligente. No se parquea porque aparezcan obstáculos para realizar su deber. Gestiona hábilmente para garantizar que se realicen los intereses del Señor. No sabe de pereza ni desánimos.
Este administrador, con corazón de criado, será promovido por el Señor, y lo pondrán al frente de todos sus bienes. Pero este servidor fiel, no estaba buscando tal promoción. Sencillamente estaba centrado en que la servidumbre no pasara hambre, dándole la comida a tiempo. Porque cómo podrá avanzar y responder una comunidad hambrienta, sin fe, sin esperanza. Si falta alimento, la anemia espiritual crece hasta llevar las almas a la agonía. La buena alimentación no se improvisa. Tú no puedes, a última hora, pretender dar todo el sustento, que debió ser digerido en los momentos puntuales. En este sentido, el administrador, con corazón de criado, no se puede improvisar.
El Señor, en la parábola, también describe la postura de un administrador, sin conciencia de ser criado. Es aquel que se dice a sí mismo: – “Mi amo tarda en llegar”. Se lo dice con malicia. Tiene todo a su favor. El tiempo, el cargo, la servidumbre, los bienes. La primera acción que realiza es maltratar a la gente, especialmente a los jóvenes. Come, bebe, se emborracha. Lo que debe repartir a los demás, lo aprovecha solo. Ese pobre criado no tenía mirada de futuro. Se desenfocó de su realidad y de su condición. No sabía que con su actitud estaba tejiendo el azote con el cual le darían la pena correspondiente. Al administrador fiel le dieron más cargos, y al infiel, azotes.
La parábola deja claro que cuanto más conocimiento uno tenga, de lo que al Señor le gusta, y no lo hace, tantos más azotes tendrá. ¿Y qué tipo de azote será ese? No hay un azote mayor que ser despedido de la presencia del Señor. El azote más grande es la vergüenza de no haber hecho lo que se esperaba. Es haber perdido la oportunidad de agradar al Señor. El azote es contemplar la santidad del Señor y repetirse interiormente: ¿Qué hice?
En la primera lectura, carta de Pablo a los Efesios, descubrimos en el apóstol, ese administrador, con corazón de criado, porque no reservó para sí el misterio que le fue revelado, sino que lo dio a conocer. Supo sacar provecho de la gracia que recibiera, como don, para evangelizar a los gentiles.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Cómo tú y yo podemos examinar nuestras conciencias a la luz de estas enseñanzas? ¿Tú eres una persona que sabes situarte, que sabes el lugar que te corresponde? ¿Sabes que nos debemos a alguien que viene, que nos reclamará? ¿Te da igual que venga o que tarde? ¿Cómo actúas cuando el amo está lejos? ¿Cómo harías crecer, de repente, las flores del jardín? ¿Cómo echar toda el agua, un día antes de que llegue el dueño de la casa, para que todo esté frondoso? ¿Tú tienes disciplina en tu servicio? ¿Das a comer fuera de hora? ¿Cuándo llega la pereza, qué haces? ¿Tú vences la pereza con la solicitud, la diligencia?
Señor: como el salmista, me dispongo a sacar agua, con gozo, de las fuentes de la salvación. Porque esta agua, que es tu gracia, renovará mis fuerzas para gastarme en tu servicio. No quiero azotes; prefiero, Señor, ganar una sonrisa tuya. Deseo ayudarte en tu aparente ausencia. Necesito cuidar tus intereses, y defenderlos con mi vida. Que sea esto, Señor, mi aspiración profunda. Enséñame amar a tu servidumbre, sin dejar de ser y sentirme como lo que soy, una criada que medita de noche las instrucciones de su amo, buscando la mejor manera de realizarlas durante el día.
MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS DE HOY: 23/10/24
