(Dt 6,2-6; Sal 17; Hb 7,23-28; Mc 12,28b-34)
DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO
ESCUCHA, PARA TU BIEN
Este domingo, el sentido de las lecturas se auxilia del verbo “escuchar”. La escucha, en la espiritualidad bíblica, es relevante. Supone más que oír. Implica “examinar”, “considerar”, “discernir”, “comprender”, pero sobre todo, se trata de “obedecer”. Mientras no hay obediencia no hay escucha válida. La experiencia de Dios es auditiva. La fe entra por el oído. De ahí la insistencia en la escucha.
¿Pero cómo escuchar sin garantizar el silencio maduro? Las palabras sólo pueden ser fecundas cuando encuentran un terreno dispuesto a acogerlas y a dejarlas germinar. El silencio creyente es aquel que acoge la palabra autorizada para iluminar la vida, darle su sentido y dirección. El ruido, contrariamente, desperdicia toda enseñanza y derrocha toda sabiduría, sin sacarle sustento y provecho.
En este sentido, han de comprenderse las palabras de Moisés, en el Deuteronomio, cuando le dice al pueblo, “Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas”.
“Nuestro Dios”, hace alusión a una comunidad. Es un Padre común. Se trata de un solo Creador amando a cada una de sus criaturas y a todas a la vez. Al mismo tiempo, de muchos creados amando a un solo Creador. No se le manda al pueblo que ame a la misma altura del amor de Dios, porque no tiene cómo; sin embargo, se le pide que le corresponda con todo el corazón, con el único que carga; con toda el alma, dígase, con toda su respiración, con todo su aliento, con todo su existir, con todas sus fuerzas; estas son, sus potencias, pertenencias, posibilidades.
Moisés desea fervorosamente, que las palabras que le dirige al pueblo queden, por siempre, en su memoria. Impresiona la insistencia que él tiene, para que la gente acoja el propio bien que se le está ofreciendo, con el mandato de amar al Señor como Él se merece.
En el evangelio, cuando el escriba pregunta a Jesús, ¿cuál es el primer mandamiento de todos?, está situado en un contexto donde, a nivel religioso, se habían multiplicado bastante los mandamientos ofrecidos en la época de Moisés. Había necesidad, entonces, de situarse nuevamente, y de identificar lo esencial, porque la dispersión siempre está amenazando. En este sentido, la pregunta del escriba nos viene bien a todos. ¿Qué es lo primero para ti y para mí? Entrando en la escena de este diálogo, acojamos la respuesta que le da Jesús.
El Señor, recupera el mandamiento, dado desde antiguo, citando el “Shemá Israel”, para amar al Señor, nuestro Dios… como primacía. Jesús recuerda qué ha de ser lo primero y genuinamente válido. Luego, Él perfecciona el mandamiento, lo pule, añadiéndole un segundo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. ¿Qué te parece? De hecho, Jesús suma dos mandamientos en uno; da a entender que si no te amas, no podrás amar a nadie.
Sin embargo, en cuestión de amor, Jesús nos deja, a ti y a mí, en un segundo lugar. Tú no eres el centro, no eres el objeto principal de atención en tu propia existencia. Por eso, cuando este orden se altera, cuando no se vive en esta dinámica de lo esencial, que es amar a Dios primero, todo genera trastorno y confusión. No puede haber felicidad cuando uno se ama a sí mismo por encima de todo, o cuando ama a otra criatura a este mismo nivel. La felicidad sólo sería posible ordenando la vida como la organiza Jesús.
Preguntas que llevan al silencio: ¿En qué estás empleando todas tus fuerzas? ¿Quién está consumiendo tu más alto nivel de amor? ¿Tú sabes escuchar para tu propio bien? ¿Cómo estás organizando tu vida? ¿Qué es lo más importante, en este momento, para ti? ¿Necesitas configurar tu corazón? ¿Cómo dar gloria a Dios con todas tus pertenencias? ¿Tienes buena relación con Dios? ¿Cómo está la relación contigo mismo, con tu prójimo, con aquel que necesita de ti? ¿Por qué el amor implica sufrimiento y sacrificio?
Señor, como el salmista te digo: “Yo te amo, tú eres mi fortaleza”, pero quiero aprender a amarte más, y amarte bien. ¿Cómo podría amarte si tu amor no me sostiene primero? Libérame de mí, Señor, rompe las cadenas que me atan. Que pueda alabarte para sumergirme en ti. Amándote como a nada ni a nadie, deseo aprender de amor; traduciendo dicho fuego en servicio y entrega a los más necesitados.
MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS DE HOY: 3/11/24
