MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS DE HOY: 4/11/24

(Fil 2,1-4; Sal 130; Lc 14,12-14)

ENCONTRAR LA PAZ

El Salmo 130 es una escuela de paz. Te enseña cómo encontrarla y cómo conservarla. La persona que en él ora, declara que su corazón no es ambicioso. Ahí tenemos la primera señal. Cuando la ambición habita dentro, los ruidos provocan ansiedad de día e insomnio de noche. Contrariamente, el alma que busca la paz, va despojándose de toda clase de ambiciones y deseos desordenados.

Si el corazón del creyente está en recogimiento, lo refleja en su mirada. Por eso dice el salmista, a su vez, que sus ojos no son altaneros, tampoco curiosos. No se desplazan ágilmente buscando conveniencias o favores; sencillamente, los ojos de quien conserva la paz se reposan allí donde algo o alguien le muestra a Dios. El orante sabe que Dios nunca mira para arriba, por eso, él conserva sus ojos a la altura de su propia pobreza, donde contempla la misericordia. La elevación de la mirada no es sobre los demás, sino para alcanzar e identificar el favor de Dios, abrazando su barro.  

El orante confiesa que no pretende grandezas que superen su capacidad. No está hablando de una actitud conformista, de quien no sueña y no busca crecer. Contrariamente; se trata de la verdad de alguien que se conoce, que no se compara con otros y tampoco compite. Para conservar la paz en el alma es preciso despojarse de lo irreal y abrazar, en la vida, lo genuinamente auténtico; es en la propia naturaleza donde el Espíritu mejor trabaja y transforma.

El salmista te invita a silenciar y a moderar tus deseos. Está diciendo que hagas silencio. El alboroto interior provoca nervios y agitaciones. Te indica que los pocos deseos que permanezcan en ti sean moderados. En otras palabras, se trata de desear sólo lo necesario para hacer la voluntad de Dios. Hacer su voluntad es el más santo de todos los deseos.

El salmo nos presenta una hermosa imagen, que ilustra el estado de paz. Es la de un niño, acabado de amamantar, en los brazos de su madre. Es el mejor espejo de un alma que está totalmente abandonada a los cuidados de Dios. Nada teme, está protegida. Nada espera y nada le falta. En total abandono, descansa. No se trata del descanso alienante o indiferente, de quien no se compromete ni se involucra con las controversias históricas. Es, sencillamente, la paz que porta quien sabe que los brazos de Dios Padre, comparado a una madre, nunca le abandonan.

En el evangelio, el Señor Jesús nos da cátedra de cómo encontrar la paz. Dice que cuando des una comida o una cena no invites a quienes puedan, luego, corresponderte. Porque quedarás pago. Contrariamente, que tus invitados sean tan pobres que no tengan cómo retribuir. Esto, porque el mismo Señor asume la cuenta de quienes comen, en tu mesa, en su nombre. La paz del corazón nace cuando el invitado central a vivir en tu corazón es el propio Jesús. Siendo Él mismo la paga, el don y la gracia, ya no hay que mendigar ganancias fuera, cuando el tesoro lo llevas dentro.

En la carta de Pablo a los Filipenses también adquirimos luces para encontrar la paz del alma. El apóstol nos habla de mantenerse unánimes, en un mismo amor y un mismo sentir. Aquí surge la pureza de intención. Con el presupuesto del amor no se hace nada por rivalidad ni ostentación. De la fuente del amor y la unidad, surge la humildad, compañera de camino. La humildad trae el silencio necesario para reconocer a los demás como superiores. El apóstol es firme cuando dice: “no se encierren en sus intereses”. Buscarse a sí mismo es la mejor manera de renunciar a la paz.

Preguntas que llevan al silencio: ¿Sientes paz en ti? ¿Cuál es la diferencia entre estar en paz y estar tranquilo? ¿Qué te roba la paz? ¿Por qué te la dejas quitar? ¿Por qué los problemas, los afanes, no diluyen la paz cuando esta es verdadera? ¿Tú, alguna vez, has obrado por rivalidad? ¿En alguna ocasión te has sorprendido haciendo algunas cosas para ostentar y lucir? ¿Tu mente y tu corazón se han encerrado en tus intereses personales? ¿Tú tienes en cuenta los intereses de los demás para tomar decisiones? ¿Tienes delicadeza con los sueños de los demás; los respetas? ¿Puedes decir, como el salmista, que tu corazón no es ambicioso? ¿Tú sabes moderar y educar tus deseos?

Señor: en ti encuentro mi paz, porque tú llevas su rostro. Si no te pierdo, tampoco perderé la paz. Entonces, Señor, enséñame a permanecer contigo. Hagamos las cosas juntos y asumamos, buen Jesús, el martirio de esta amistad con alegría. María, Reina de la paz, ruega por nosotros y por la paz del mundo entero.

Publicado por PASTORAL DIGITAL PSAC

La Pastoral Digital PSAC es una acción programada y orgánica de nuestra parroquia De los Santos Ángeles Custodios, que tiene como finalidad contribuir a su misión evangelizadora a través de los medios digitales.

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