(Fil 2,12-18; Sal 26; Lc 14,25-53)
LUMBRERAS DEL MUNDO
Hoy, san Pablo recuerda a los cristianos que están llamados a ser lumbreras del mundo, y el conjunto de las lecturas nos dicen cómo tú y yo podríamos serlo.
Tú eres lumbrera cuando tienes una razón válida para vivir. En medio de la pérdida de sentido de la vida, donde amenaza la dispersión, una triste rutina, una fe vacilante…, al situarte con firmeza, con horizonte y claridad hacia la meta; aunque no lo pretendas, te haces luz. Una mirada acogedora, una sonrisa sincera…, lleva consigo fuerza evangelizadora. La luz puede encenderse con los fósforos de las pequeñas virtudes.
La luz no nace de ti. El salmista, desde la fe, afirma que el Señor es su luz y su salvación. Tú eres lumbrera en la medida en que te mantienes unido a la luz, que es Cristo. Él es la razón de vivir y también la meta. Quien te da la luz espera que tu vida conduzca a los demás hacia Él. El fin de la luz no es brillar, sino iluminar, aunque incomode a quienes están habituados a permanecer en la penumbra.
Siendo Cristo la luz en ti, no hay nada que temer. Nada hace temblar. En la claridad hay transparencia, abandono y confianza. Las tinieblas no discuten con la luz; como no la pueden vencer, se marchan. La mejor de las defensas, para el orante, es permanecer en la claridad de Cristo.
La vida de oración te permite la luminosidad necesaria para saber qué buscas. Por eso, el creyente, pide, con sinceridad, permanecer en el Señor por siempre, para gustar de su dulzura y contemplar su presencia. Donde hay luz interior, hay precisión para caminar hacia el país de la vida, y defender la vida, sin caer en los enredos del mundo oscuro.
El evangelio invita, a su vez, a pedir luz al Espíritu Santo, para tomar conciencia de qué significa seguir a Cristo. Mucha gente lo acompañaba por el camino, pocos le seguían. Por esto, Él se detuvo y les dijo: “Si alguno se viene conmigo”, esto es, “si alguno pretende unirse a mí”, que primero considere lo que implica dicha decisión.
Para que la luz de Cristo recobre su fuerza en ti, es necesario, ordenar el corazón, reubicar los amores en el lugar correspondiente, liberarte de los apegos. El Señor pide el corazón por entero. El corazón es el lugar más elevado y central para ponerlo a Él. No resplandece Cristo desde un rincón, en un segundo plano. El lugar de Cristo en ti, ni tú mismo podrías ocuparlo.
Cuando pretendes abarcar muchas cosas, al mismo tiempo, no tienes el control para asumir la única cruz válida y verdadera. Tú eres luz, cuando vas detrás de Cristo, llevando tu peso, aprendiendo de Él, haciéndolo como Él lo hace. Ilumina tu vida, como una vela, cuando tu cruz nace por la misma cruz de Cristo. Compartes, así sus sentimientos y sus sufrimientos. Padecer con el Señor es ser luz. El sufrimiento por el Señor es como una cera que se derrite, pero, al mismo tiempo, robustece la fe.
El Señor pone dos ejemplos de personas que se detienen, previamente, a echar cálculos: aquel que va a construir y aquel que va para la batalla. De la misma manera, tú y yo, estamos siendo interpelados para tomarnos el pulso. Consideremos si estamos dispuestos a invertir todo para llevar a buen término, por la gracia, la vida en Cristo.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Tú puedes decir que has encontrado el sentido de tu vida, la razón de vivir? ¿Te sientes existencialmente satisfecho? ¿La gente te ha preguntado cómo haces para ser feliz? ¿Tú buscas al Señor con profundidad? ¿Has permitido que el Señor ocupe en ti el lugar más importante? ¿Cómo está tu fe? ¿Cómo estás iluminando a los que están cerca de ti? ¿Qué cálculos estás haciendo en este momento de tu vida? ¿Qué renuncias todavía tienes pendiente para seguir verdaderamente al Señor? ¿Por qué estarías entreteniendo las decisiones que tienes que tomar; para cuándo las estás dejando?
Señor: gracias por ser mi luz, mi camino de salvación. Que mi vida, aunque pobre y pequeña, pueda ser luz encendida con tu fuego. Dame, Señor, una llama firme, capaz de resistir las ráfagas de viento. Me abrazo a tu infinita misericordia, porque mucha gente espera descubrir la razón de su existencia. Lo dejo todo, Señor, dame el valor de los creyentes para tomar tu cruz y seguirte, desde el lugar donde pueda aprender, detrás. Espero en ti, Señor, con fe y ánimo; con firmeza, me confío en ti.
MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS DE HOY: 6/11/24
