(Fil 3,17_4,1; Sal 121; Lc 16,1-8)
RENDICIÓN DE CUENTAS
El evangelio de este día presenta la historia narrada por Jesús, sobre un hombre rico que tenía un administrador astuto. Aprovechemos este pasaje para hacer una relectura a partir de nuestra propia vida. Entra en la escena. Ese hombre rico es el Señor y tú eres el administrador o la administradora.
El hombre rico te ha dado la vida y con ella, todas tus facultades, tu libertad, tus talentos… Te dio la luz de la inteligencia, la conciencia, la memoria, el entendimiento y la voluntad. Antes de entregarte nada, se percató de que tuvieras las condiciones de hacerlo bien. Y además, el Señor te dio algo muy valioso, su confianza.
En el relato, alguien fue a contarle al hombre rico sobre las andanzas del administrador. Posteriormente, le dijeron: “Entrégame el balance de tu gestión”. Quedó despedido. Fue entonces cuando se preguntó: “¿qué voy a hacer?”. Comenzó a hacer cálculos astutos para garantizarse la vida fuera. La sabiduría que le había dado el Señor la convirtió en astucia. En vez de reflexionar comenzó a maquinar y, como resultado, terminó alterando recibos ajenos, antes de irse, a fin de encontrar seguridad en su futuro y respaldo en los amigos de la corrupción.
El apóstol Pablo ayuda a tomar conciencia de cuando nuestra gestión anda por mal camino. Él denuncia a los enemigos de la cruz, del sacrificio, de la entrega total por el Reino de Dios. La mala gestión está condicionada por los intereses terrenales, seducidos por los gustos y placeres desordenados; estos vicios llevan al destierro. Contrariamente, la buena administración, en el silencio y la aparente ausencia del hombre rico, tiene otro resultado final. De la misma manera que unos quedan despedidos, otros pasarán a ser, no empleados, sino ciudadanos del cielo, en la patria de los santos.
¿Qué tú vas a hacer en ese momento clave cuando te pidan la rendición de cuentas? Seamos honestos tú y yo. Adelantemonos. Tengamos prisa. Antes de que nos las exijan, tomémonos el pulso de nuestras andanzas, y evitemos así que nos cancelen y nos despidan del país de la vida. No por miedo a quedarnos inseguros, sino por la conciencia de amar y ser fiel a quien nos ha amado y confiado primero.
Respondamos, en el silencio de nuestra oración, estas preguntas: ¿qué le están contando al Señor sobre ti? La gente que está contigo, tus compañeros, tus familiares, los amigos, ¿qué comentan sobre tu persona?, ¿qué opinión tienen de tus actuaciones?; ¿cómo está resonando tu nombre?, ¿qué fama estás dejando por el camino?
La manera en que estás llevando la gestión de tu vida, ¿es para que te despidan, si se enteran, o es para darte el paso a la ciudadanía del cielo? ¿Tú haces cálculos, con malicia o reflexionas con sabiduría? ¿Qué pasa cuando uno calcula buscando ventajas para sí mismo? ¿Si algún día te ves sin prestigio, te daría vergüenza? ¿O eres consciente de que el mayor prestigio es todo lo bueno que los santos cuentan de ti al hombre rico?
¿Qué estás asegurando? ¿Tu futuro en esta patria terrenal o tu futuro en el cielo? ¿Cómo está tu honestidad con aquello que te han confiado? ¿Has alterado recibos ajenos alguna vez? ¿Y cómo queda tu conciencia luego de haberlos alterado? ¿Qué se gana y qué se pierde con este juego sucio? ¿Tú crees que el hombre rico felicitó al administrador astuto porque lo hizo bien? No. No lo felicitó por eso. Lo felicitó, pudiera ser, por la destreza con la que actuó para asegurarse a sí mismo. Pero observa el detalle: quien felicita es que ya está enterado de dichas andanzas. Ese administrador, con todo y felicitación, quedó despedido.
Señor, el salmista me inspira, en este día, a alegrarme en la comunidad que camina hacia tu casa. No quiero que me impidan entrar en ella. Con los santos y las santas, Señor, también quiero pisar y andar por tus atrios. Deleitarme con la santidad de tu casa. Deseo subir con mis hermanos y hermanas, para celebrar tu nombre. Si vivo en tu misericordia, no tengo que temer a los tribunales de justicia. Que en tu casa, Señor, como dice san Pablo, este cuerpo humilde, se transforme según el modelo de tu cuerpo glorioso.
Señor, me abrazo a tu infinita misericordia y sigo confiada, haciendo revisión continua de mi balance. No quiero alterar recibos. Prefiero quedarme en la luz, aunque sea menos astuta. Que tu mano me rescate de toda malicia y falsedad.
MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS DE HOY: 8/11/24
