(Tit 2,1-8.11-14; Sal 36; Lc 17,7-10).
CRIADO SIN IMPORTANCIA
El Señor, en el pasaje de este día, trae el ejemplo de alguien que tiene un criado y que trabaja, al mismo tiempo, como labrador o como pastor. Ese alguien, con un criado, es el Señor. Y el criado, la criada, somos tú y yo.
Acoge el relato para ti; tú que sirves a Dios con integridad. Él te ha llamado, te ha escogido, y tú le correspondiste, te ha permitido vivir en su casa. Estás ahí. Tienes acceso a todo lo que está en la residencia, pero nada es tuyo. Eres, sencillamente, un criado. Se espera de ti, la obediencia y la fidelidad. Te has ganado la confianza de tu Señor; siempre estás atento a sus pedidos. Tu palabra se limita a decir: – sí, Señor.
El campo no está descuidado. Han crecido los frutos. Tus manos han sido endurecidas de tanta faena, las enfermedades y limitaciones aumentaron, pero te mantienes como si estuvieras en tus años más fecundos. La gente pasa y comenta, admira el progreso de las obras… y al regreso a casa…
En casa te espera, no el deleite de los frutos pastorales, no tienes tiempo de celebrar, de ducharte y de dormir. Aguardan por ti personas y muchas cosas a resolver y a ejecutar. El ego se apaga con más servicios humildes. Al intento de subirte, el Señor te da un tremendo bajón. Te pone el delantal; llega la luz a tu conciencia, no eres dueño, eres sencillamente un criado insignificante.
¿Por qué no tienes importancia? Porque no tienes ni casa, ni campo. Todo le pertenece al Señor. Incluso, esos dones que dices tener con tanta propiedad, nada es tuyo, ni tu preparación ni tu gestión, ni tus habilidades ni tú elocuencia. El Señor, en su misericordia, te los ha permitido tener para que tengas las condiciones necesarias para servirle.
Si alguna importancia tienes es porque el Señor se fijó en ti, te llamó y te permitió servirle. Fue de Él la iniciativa. Hasta el deseo de hacer las cosas bien hechas vienen por auxilio del Espíritu Santo. Por eso, recuerda; pide la gracia, como yo la estoy pidiendo, de no esperar nada a cambio. Porque donde hay servicio interesado permanente, también habrá frustración permanente.
Cuando estés seco, como una caña cuyo sumo ha sido extraído, no esperes que te lo agradezcan. Desapégate de cualquier actitud que busque reconocimiento. El Señor te quiere seco de pretensiones. Que tus manos se abran solamente para recibir otro paño y seguir la limpieza profunda, mientras puedas hacerlo. Esperar reconocimiento y vivir en agonía son acciones paralelas.
Como si fuera poco, mira todo lo que dice san Pablo a Tito para que transmita a la comunidad cristiana, empezando por los mayores de edad. No basta sólo con hacer las cosas bien. Todas las obras han de estar respaldadas por el testimonio. De nada sirve demostrar grandes hallazgos, cuando la vida desacredita el evangelio.
El Señor te quiere en la santidad de aquel criado que trabaja esperadamente aunque no le paguen. Porque la paga, como se ha dicho, es que ya te tuvieron en cuenta. Pero hay un detalle hermoso, que seguro te alegrará el alma y te inspirará a seguir adelante, muriendo a ti mismo: cuando estés seco de pretensiones, sirviendo con honestidad espiritual, el Señor, que no ha retirado su mirada de ti un solo segundo, en el atardecer de tu vida, “Él mismo recogerá su túnica, te hará sentarte a la mesa y te servirá” (Cf. Lc 12,37).
Preguntas que llevan al silencio: ¿Te has sorprendido alguna vez esperando a que te agradezcan tus sacrificios? ¿Te has frustrado en alguna ocasión porque no te han tenido en cuenta? ¿Qué estás esperando en este momento? ¿Por qué, quien espera en el Señor, nunca queda defraudado? ¿Tú estás haciendo lo que debes hacer? ¿Tú sabías que el mayor reconocimiento, el más alto, pertenece a aquella persona que ha hecho todo bien para el Señor? ¿Tú sabías que ese reconocimiento se titula: “pobre siervo”? ¿A qué cargo estás aspirando, cuál podría tener más dignidad que este? ¿A cuáles pretensiones necesitas morir; las puedes nombrar?
Señor: como el salmista te digo, “confío en ti”. Tú eres la delicia de mi alma. Que no me llegue el atardecer echando cálculos ni esperando paga, sino amando y sirviendo desinteresadamente. Tú aseguras mis andanzas. Cuando me asalta la frescura de salir de mi lugar, tu gracia me asiste, y nuevamente me pongo el delantal. En ti, Señor, encontré mi casa. Tu mirada hacia mí es mi mayor recompensa.
MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS DE HOY: 12/11/24
