(Tit 3,1-7; Sal 22; Lc 17,11-19)
EL SEÑOR ES MI PASTOR
Señor, tú has sido siempre mi pastor. Porque el pastor es aquel quien custodia la vida, la protege, y la conduce allí donde nada le falte. No te fueron ocultas ni mi hambre ni mi sed. No sabía que era hambre lo que tenía ni que era sed lo que deshidrataba mi existencia. Entonces, comenzaste tu jornada, y me fuiste conduciendo a las verdes praderas para nutrirme.
Esas verdes praderas, Señor, es tu Santa Eucaristía. Es tu cuerpo y es tu sangre. Ahí están esos pastos sagrados capaces de sustentar y robustecer el alma más pobre y enflaquecida. El agua de un bautismo renovado, fue para mí esa fuente de vida y de gracia; despertó en mi conciencia el sentido de pertenecerte. No ando, ahora, vagando sin rumbo, mendigando, como si no le interesara a nadie. Con el sello de tu propiedad, Señor, me siento segura.
Tu pedagogía, buen pastor, es extraordinaria. Respetaste mi ritmo y mi proceso. No te mostraste de golpe. Supiste alimentarme y revitalizarme en secreto. Tuviste paciencia. Cuando me viste con fuerzas, comenzaste a hablarme de tus cosas, de tus criterios. Con tu sustento, pude captar muchos de tus planteamientos. Y con las huellas de tus favores en mi memoria, era capaz de digerir tus enseñanzas.
Me hablaste de justicia, cuando primero, Señor, tú habías sido justo conmigo. Tus palabras me amansaron; no pudo ser de otra manera, por la experiencia de tu auxilio sobre mí, siendo yo misma la primera testigo. Me exigiste, sin palabras, que lo obrado conmigo, lo hiciera con los demás; pues al levantarme del polvo, aprendí cómo lo hiciste.
Llegó un momento, Señor, donde pude identificar tu nombre. “Mis logros” no fueron “suerte”, tampoco casualidad; era tu mano, tu presencia, tus bendiciones, tu abrazo tierno e inconfundible en mi propia vida. Toda la travesía no hubiese sido posible contando solo con mi torpeza e inexperiencia. Fue así que comencé a tenerte como referencia, y reconocí todo el bien que me has hecho. Sea bendito, por siempre, tu nombre glorioso, hacedor de maravillas.
Mi confianza en ti, Señor, tiene fundamento. Nunca me has quedado mal. Por eso, como el orante afirmo, que aunque tenga que pasar nuevamente por valles oscuros, nada temeré, porque tú vas conmigo. Tú estás en mí y yo en ti; ¿cómo podrían separarnos las tinieblas? Valle oscuro para mí fue no conocerte, no identificarte. Las tinieblas fueron mi ignorancia. Pero ahora, Señor, sabiendo yo que tu vara y tu cayado me defienden y me consuelan, nada temo, y nada me hace temblar.
En la intimidad de tu casa, Señor, preparas una mesa para mí, compartida con mis hermanos y hermanas. Son muchos los que pastoreas. Somos un pueblo, tu amado rebaño. No podría consolidar la unión de nuestras voluntades sin celebrar tus misterios en acción de gracias. Es necesario, detenerse, comulgar, robustecer la fe. El aroma de tu presencia, Señor, me unge desde la cabeza hasta los pies, y mi corazón rebosa. De ahí que los burlones y atacantes, aquellos que me vieron desnutrida, y se rieron sin hacer nada; ahora son testigos de la obra del Señor, y quedan sin habla.
Nadie que ha vivido una fecunda experiencia contigo, Señor, queda sin comprometerse con tu Reino. Por eso, como el orante, hago votos ante ti: que tu bondad y misericordia me acompañen siempre. Porque lo que tú hiciste conmigo, yo quiero hacerlo con los demás.
Preguntas que llevan al silencio: en este momento de mi vida ¿dónde está el pastor? ¿Está delante de mí, conduciéndome hacia los verdes pastos, hacia el alimento de gracia? ¿Está sacándome del valle oscuro? ¿Estoy experimentando la presencia del pastor a mi lado, más cerca que nunca? ¿Vivo una profunda intimidad con el Señor? ¿Cómo siento el consuelo de la vara y el cayado del pastor? ¿Tengo la dicha de sentarme en la mesa que Él ha preparado para mí? ¿El pastor, en este momento, está detrás de mí, custodiando mis pasos para que no tropiece? ¿Estoy rescatando, como el pastor, a quienes todavía permanecen en el valle oscuro?
Señor: tú has tenido compasión de mí, como la tuviste con esos leprosos mencionados en el evangelio. Que tu gracia y tu actuación en mi vida no pasen de largo. No quiero acercarme a ti con un interés concreto y luego marcharme con resultados temporales. Prefiero permanecer contigo y ganar, no sólo la sanidad del cuerpo, sino la del alma. Que por nuestra fe en ti, buen pastor, podamos alcanzar la salvación.
MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS DE HOY: 13/11/24
