(Ap 3,1-6.14-22; Sal 14; Lc 19,1-10).
AL VENCEDOR
Hoy, el salmo del día nos hace meditar un estribillo: “Al que salga vencedor lo sentaré en mi trono, junto a mí”. Entonces, llega a mi mente, la imagen del necesario combate para alcanzar tal recompensa. La guerra es compleja, el enemigo, robusto. Pero el Señor no nos deja desarmados. Nos describe las fuerzas contrarias y también nos enseña la manera de salir victoriosos y victoriosas.
Como a quien está al frente de la Iglesia de Sardes, el Señor nos manda a decir a nosotros, que hemos asumido sus cosas: que conoce nuestras obras. Pero dichas obras, si en vez de dar honra y gloria al nombre de Dios, promueven nuestro propio nombre, estamos perdidos. Nos podríamos considerar vivos, pero sin darnos cuenta, nos convertimos en peregrinos de la muerte.
El Señor nos pide estar en vela, ser cristianos orantes. Sólo la oración podría encender el fuego del amor primero que amenaza con apagarse. Abrazar fuerte la oración es la clave. Aunque no tengamos ganas de orar, la oración es necesaria; permite discernir qué impide que nuestras obras no alcancen la perfección que el Señor exige. Las muchas obras son una trampa, cuando nos escondemos detrás de ellas, para hacer pantalla, que oculte la propia vergüenza. Las obras son perfectas cuando el corazón busca la perfección.
El Señor insiste en que recordemos cómo fue ese primer encuentro con Él. Esa chispa de amor que nos inspiró a seguirle. Se trata de revisar dónde lo hemos dejado a Él y recuperarlo; arrepintiéndonos sinceramente de nuestro desenfoque. Se nos da la referencia de quienes han sido fieles testigos de Cristo para que, junto a ellos, también podamos, algún día, colocarnos el vestido blanco de los vencedores y las vencedoras.
El mensaje destinado a quien está al frente de la Iglesia de Laodicea, permite discernir cómo está nuestra relación con el Señor: ¿fría, tibia o caliente? “Fría”, sería, de total indiferencia. “Tibia”, evoca a una relación que avanza arrastrando los pies, midiéndose la entrega, haciendo lo necesario para que la comunidad, aunque esté agonizando, no llegue a morir. El Señor no la tolera, prefiere vomitarla. Todo indica que las seguridades, fuera del Señor, llevan a tal estado de desgracia. Contrariamente, la relación con el Señor es “caliente”, cuando se le permite ocupar el centro y llenar el corazón. Todo fluye, la alegría, el servicio, la creatividad, la fidelidad, y el martirio sin refunfuños.
El Señor ofrece el remedio para sanar la tibieza. Aconseja comprar oro para Él. Puede interpretarse, no al pie de la letra, sino a reconocer que Él es el rey, y no uno mismo. Se trata de sacar los ojos de sí, y contemplarlo a Él. Sugiere comprarse un vestido blanco; esto es, en vez de vestirse de vanidades, abrazar la vida de gracia y santidad. Recomienda usar colirio, para poder ver bien; este colirio es la fe.
El amor del Señor hacia nosotros es exigente. Porque ama corrige. A quien no le gusta la corrección está destinado a morir pequeño y mediocre. El Señor nos dice, que seamos fervorosos y que vivamos en conversión permanente.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Cómo está tu relación con el Señor: fría, tibia o caliente? ¿Qué te reclama el Señor a ti? ¿Qué está valorando de tu vida? ¿Con el camino que llevas, qué vestido estás diseñando para ponerte: el vestido de la vanidad o el traje de la santidad? ¿O tu vestido tiene encajes de vanidad y encajes de santidad, está todo mezclado? ¿Dónde buscas el colirio de la fe? ¿Qué provoca en ti la palabra “arrepentimiento”? ¿Cómo te manejas ante las correcciones? ¿Qué consejos te das a ti mismo? ¿Qué aconsejas a tus amigos para que puedan, juntos, tener una fuerte relación con el Señor y con toda la comunidad cristiana?
Señor: yo, como Zaqueo, en el evangelio, también quiero bajar del árbol de mis pretensiones. Escucho tu voz que me llama: bájate enseguida. Desde las alturas no podríamos entablar ese diálogo íntimo en el interior de mi casa. Gracias, Señor, por tocar a las puertas de mi corazón. Gracias, porque la asistencia del Espíritu me ha permitido abrirte, para que entres y cenemos juntos.
Con mi sí, a tu visita, Señor, llegó la salvación y la transformación. No es lo mismo volver a salir revestida de tu gracia, con el propósito, como Zaqueo, de reparar todo el mal hecho, y de hacer mucho bien a mis hermanos y hermanas. En ti, Señor amado, todos somos vencedores.
MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS DE HOY: 19/11/24
