MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS DE HOY: 22/11/24

(Ap 10,8-11; Sal 118; Lc 19,45-48)

LA COMIDA DE MI CASA

En la lectura del Apocalipsis, Juan escucha la voz del cielo invitándole a coger el librito abierto y a comerlo. Ese librito es la Palabra escrita del Señor. La acción me recuerda la “comida” de mi casa; esta es la Palabra, abierta para ser escuchada. La manera en que la Palabra del Señor entra en la propia sangre y se mezcla con ella, no encuentra otra imagen más oportuna para ser comparada a no ser, alimento.

El Señor ofrece su alimento en abundancia. Su Palabra es clara y comprensible para quien se deja conducir por la voz del cielo y por los ángeles autorizados de la tierra. Él la ha preparado a fuego lento, del Espíritu Santo. Como Juan, tú y yo busquemos ser obedientes y hacer caso a ese mandato trascendente para sustentarnos de eternidad. Muchas comidas ofrece el mercado. El Señor, en cambio, se da a sí mismo como alimento, porque Él es Palabra, al mismo tiempo convertida en cuerpo y pan.

A lo largo de los años, se espera que el paladar del alma se vaya compenetrando, cada vez más, con la comida de su propia casa hasta que, en adelante, ya no pueda vivir sin ella. La meta es interiorizar, primero a base de disciplina, como quien come a la fuerza, buscando hacer estómago. Se trata de perseverar determinadamente, comiendo lo mismo, hasta gustar el deleite, que sólo puede venir de los manjares del cielo.

Como experto en cocina santa, el Espíritu Santo, primero seduce el alma a base de sabores dulces y agradables. Quizás, como Juan, tú y yo hemos reconocido esta experiencia, al disfrutar el banquete servido, que es el evangelio vivo de Jesús. Pero llega un momento decisivo. Digiriendo la Palabra en el corazón, ella comienza, poco a poco, a causar efecto. De ahí que corrige, educa, consuela, capacita, y busca, con firmeza, salir de la casa, para también ser servida en los corazones más necesitados. El compromiso con la Palabra comienza a resultar amargo.

La amargura de la Palabra también se experimenta, en ese momento donde se toma conciencia de que hay que suspender comidas y refrigerios que, junto a la Palabra, hace mala digestión, provoca náuseas y hasta intoxica la existencia. La imagen que presenta el evangelio del día, de Jesús entrando en el templo, y echando los vendedores, nos puede ilustrar lo que acontece ante una buena digestión de la Palabra.

Con la Palabra, Jesús mismo entra en el santuario de tu casa interior. Resulta amarga la experiencia de cómo Él tira todas las “mesas” que, con tanta precisión, se fueron preparando; pero cuyos alimentos, lejos de hacer bien, envenenan. Sólo están ahí, distrayendo, llenando el espacio, sin dar oportunidad a lo bueno y saludable al espíritu.

Jesús, con el látigo de su Palabra, echa no sólo las mesas llenas de inmundicias dentro de nuestra casa, sino a todos los cocineros y los sirvientes que la pusieron ahí; haciendo del banquete del Padre, un ayuno perpetuo para el alma, con el fin de llevarla, de la agonía a la muerte.

Preguntas que llevan al silencio: ¿Qué tú estás comiendo? ¿Qué estás leyendo? ¿Qué estás escuchando? ¿De qué conversas? ¿Con qué estás nutriendo tu corazón, tu mente, tu memoria? ¿Estás escuchando, en tu interior, esa voz que te dice: ven y come la Palabra? ¿Por qué puedes decir que la Palabra, en ti, sabe dulce? ¿En qué momento específico de tu vida te comienza a saber amarga? ¿Tú aceptas los dos sabores de la Palabra o sólo quisiera quedarte con uno? ¿Qué pasaría si no asumes el sabor amargo? ¿Qué te lleva a perseverar a pesar de la amargura?

Señor, como el salmista te digo que tu promesa me sabe dulce al paladar. Cada mañana abro la boca esperando tus manjares. Me despierto con hambre, Señor, te grito, te busco; tú me respondes y me alimentas. Mi paladar se ha ido haciendo a tu sazón. Ahora ya, sin darme cuenta, espero el amargo en mi boca. Pero qué dicha tan grande, Señor, el saber qué tipo de amargura se sirve en los platos de tu casa, que es mi casa. Es una amargura necesaria para que tu alimento alcance a los que están desnutridos y los fortalezca.

Santa Cecilia, patrona de los músicos, intercede para que, en el mundo entero, escuchemos la melodía de la paz y la justicia, mientras todos, como hermanos universales, disfrutemos en comunión, los manjares de la Palabra.

Publicado por PASTORAL DIGITAL PSAC

La Pastoral Digital PSAC es una acción programada y orgánica de nuestra parroquia De los Santos Ángeles Custodios, que tiene como finalidad contribuir a su misión evangelizadora a través de los medios digitales.

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