(Ap 14,14-19; Sal 95; Lc 21,5-11).
LLAMADO A LA CONVERSIÓN
Las lecturas del día, ya finalizando el tiempo ordinario, nos continúan hablando del juicio final. El salmo nos repite: “El Señor llega a regir la tierra”, esto es, a instaurar su orden, con sus criterios, y su santa voluntad. Este refrán, que pudiera parecer una profecía distante de tu vida y la mía, nos puede inspirar a realizar pasos firmes para una verdadera conversión.
Mientras estamos peregrinando por esta tierra, permite que el Señor llegue a tu vida. Esta venida, si para el cielo y la tierra es motivo de alegría, también para nosotros ha de serlo. Porque con Él viene la justicia y la fidelidad. Lo que el Señor trae a plenitud son indicadores para que tú y yo, aquí, comencemos a vivirlo y que en su llegada, nos identifique como pertenencia suya.
La imagen de juicio final que trae el Apocalipsis, con la presencia de Cristo, acompañado de ángeles, y los instrumentos para segar a la mies de la tierra que está más que madura; también podemos aplicarla a nuestra vida cotidiana. Desde ya podemos tomar, con la fuerza del Espíritu Santo, la podadera de la Palabra, y comenzar la siega.
En nuestro corazón está esa tierra, que cada día el Señor llega a visitar. Cuando tú caminas en tu interior, a la luz del Espíritu Santo, puedes identificar los frutos sanos y maduros, esto son, las virtudes, las obras buenas… Pero también, reconoces en ti, todos aquellos desperdicios, que solo sirven para cortar y tirar al fuego.
Tú puedes ir adelantando, desde ya, el final de toda mediocridad en tu vida; y no conformarte con este, a nivel personal, sino favorecer, el final de todo aquello que retiene el camino de santidad de los demás.
En el evangelio, se comenta que algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos. Igual, nosotros podemos quedarnos deslumbrados en la apariencia, sin detenernos a profundizar en lo que es la verdadera belleza perpetua, y procurarla.
Ante las más variadas distracciones, que pudiéramos tener, el Señor nos recuerda, como les dijo a los embelesados en el santuario, “que llegará un día que no quedará piedra sobre piedra, porque todo será destruido”.
Con el comentario de Jesús, llega la pregunta: “¿cuándo sucederá eso? ¿Cuándo será el momento en que no quede piedra sobre piedra?”. Como se ha dicho en otros pasajes, nadie sabe sobre el dato, a no ser, exclusivamente el Padre Dios. Sin embargo, tú y yo, sí podemos determinar, el momento en que iniciaremos el proceso para una sana y determinada conversión.
De la misma manera en que se ofrecen señales para identificar la llegada del final de los tiempos, así puedes identificar, en tu vida, cuándo has iniciado el camino de conversión. La imagen del combate se destaca. Porque arman guerra en ti, entre el pasado, y la nueva vida que el Señor te muestra a la luz de su Palabra. Se presenta, en este momento, la presencia de ángeles del Señor, que son los amigos y los buenos hermanos, que colaboran y auxilian al Espíritu Santo, para que la nueva vida surja para gloria de Dios.
Preguntas que llevan al silencio: ¿En este momento de tu vida, qué belleza estás ponderando? ¿Te atraen las bellezas externas? ¿O te inspiras en la belleza del alma? ¿Qué haces para embellecer tu corazón y que este atraiga, cada vez más, la presencia del Espíritu Santo? ¿Tú has tomado conciencia de que este peregrinar es pasajero? ¿No tienes en cuenta, en tus planes, el sentido de caducidad de esta vida? ¿Estás haciendo inversiones para la otra vida? ¿En qué se refleja en ti la dimensión trascendente de la existencia? ¿Cuáles son los ángeles que Dios te manda para hacerte despertar? ¿Qué necesitas podar en ti, desde ahora, para poner fin a toda mediocridad? ¿Cuáles combates estás entablando dentro de ti? ¿Cuáles señales de esperanza te aportan las lecturas de hoy?
Señor, quiero que llegues a mi vida, que llegues también a toda la humanidad y a toda la creación. Que podamos, con la asistencia del Espíritu, poder ir dando pasos de santidad y justicia. En el sentir del Salmo, tú afianzas el orbe, y por eso no se mueve. Así, Señor, necesito que tú afiances mi fe y mi confianza en ti. Porque no tengo edificaciones humanas donde apoyarme, sólo te tengo como refugio seguro. Tú eres la eternidad que nunca será destruida. Tú eres la plena verdad. Tu Palabra no engaña. No quiero ir corriendo para ningún lado. En ti, Señor, encontré mi casa, en esta vida, y más allá.
MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS DE HOY: 26/11/24
