CICLO C
(1/12/24)
(Jr 33,14-16; Sal 24; 1Ts 3,12_4,2; Lc 21, 25-28.32-36).
ADVIENTO
Este domingo comenzamos un nuevo tiempo litúrgico, el Adviento; palabra procedente del latín “adventus”, que significa “venida”. ¿De qué venida se trata? La llegada del Señor a nuestra historia, a nuestro mundo, a nuestras vidas. Por eso, tanto la liturgia como el conjunto de las lecturas, tienen un fuerte sentido de esperanza y alegría.
La primera lectura del profeta Jeremías es una profecía. Anuncia la primera venida del Señor; la que se va pregonando desde el Antiguo Testamento. Es una llamada de alerta a mirar más allá de las distracciones cotidianas. El profeta tiene visión de futuro y la da a conocer. Contempla el porvenir. Es un vocero de Dios. Es su puente. Hace un llamado a despertar, porque la fuerza de Dios hará brotar un “vástago”, un “retoño”… nuevo, auténtico, legítimo, para hacer justicia y traer la salvación. En este sentido, el Adviento, es tiempo de celebrar esa primera venida, porque la profecía se cumplió y el Señor Jesús se encarnó en nuestra historia.
En la segunda lectura, Pablo a los Tesalonicenses, les exhorta a fortalecerse internamente, mientras llega Jesús. Pero, ahora se refiere el apóstol, no a la primera venida histórica, sino a la segunda venida, la definitiva, en un futuro impredecible, del cual no se sabe ni el día ni la hora. La importancia de esta enseñanza apostólica es que mientras esperamos, nos conduzca el amor y el servicio.
Entre la primera venida del Señor (pasado), y la segunda del (futuro); tenemos una tercera venida (presente). Es la llegada de Jesús sacramentado. En cada Eucaristía, nosotros vivimos esta visita real a cada corazón. En este sentido, la venida del Señor no es aérea, es concreta, viva, eficaz, transformante. Cuando el Señor llega las cosas no quedan igual. Todas las lecturas apuntan a estar vigilantes, porque el Señor tiene muchas y variadas maneras de llegar; también viene en los hermanos que se nos presentan en el camino.
Es comprensible, en este marco de reflexión, el evangelio escogido para este primer domingo de adviento. Porque, si la profecía anunció la primera venida de Jesús; el evangelista Lucas, vislumbra la segunda.
A ti y a mí, en el evangelio, se nos invita a “levantar la cabeza”; esto es, a tener ánimo y esperanza. Uno tiene que zapatearse de los peregrinos de la tristeza. Desprenderse de los desánimos, de las quejas y los sufrimientos baratos. Porque la dejadez, la pereza, nos pueden extraviar y distraer, y perdernos de eso bueno y genuino que nos están anunciando. Cada uno podrá decidir qué actitud tomar ante la Palabra que se nos da, sin broma, aguardando, de nosotros, toma de decisiones.
El Señor nos advierte, “no se les embote la mente con el vicio”. Donde llega el vicio se nubla la mirada. El vicio no te deja claridad para identificar el horizonte. Te pone anestesia en la conciencia. Te bloquea el discernimiento y debilita la voluntad. Por tanto, adviento es “despertar” y “vigilar”, para que no se nos eche encima la visita y nos agarre desprevenidos.
La mejor actitud de esperar es la oración permanente. Donde hay oración permanente hay, a su vez, servicio y alegría permanentes. Porque la oración es para la vida del creyente, despertador. Aprende del salmista cuando dice: “A ti, Señor, levanto mi alma”. Levantar el alma es corresponder al Señor que vive desde la eternidad. Él es la referencia, el centro, el maestro; quien enseña el camino que lleva al país de la vida, por sendas de misericordia y lealtad.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Qué tú estás esperando? ¿A quién esperas? ¿Te gustaría hacer un proyecto de camino espiritual para el Adviento? ¿Desearías detenerte para identificar las pautas de cómo prepararte para recibir al Señor? ¿Cuáles son los personajes del Adviento? ¿Qué aprendes de María, José, Juan Bautista, con relación a la preparación de la venida del Señor? ¿Cómo te visita el Señor cada día? ¿Tu vida refleja la visita de Jesús a los demás?
Señor: hoy levanto la cabeza, y también el corazón. En ti mi espera tiene sentido y alegría. Ella me habla de esperanza. Que tu Palabra sea, cada día, podadera, que vaya abriendo espacio para recibirte en el corazón. Te ofrezco mi vida para que sea mensajera, que vaya anunciando a los demás que ya está cerca la liberación.
MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS I DOMINGO DE ADVIENTO
