(Is 11,1-10; Sal 71; Lc 10,21-24).
GENTE SENCILLA
Señor, en este tiempo de Adviento, te pido y te suplico, enséñame a ser persona sencilla, como tú. Ya el profeta Isaías lo viene anunciando, nos va presentando el modo de Dios. Del viejo tronco haces brotar un renuevo, tierno, pequeño, frágil. Tú eres, Señor, ese renuevo, marcado por la humildad y la ternura. No te presentaste a nuestra historia de manera espectacular, invasiva. Fuiste naciendo, primero en el seno de la Virgen María, donde empezó tu vida oculta, silente, en la prudencia divina, hasta alcanzar, Señor, la altura que el Padre soñó para ti.
En lo sencillo y pequeño, en quien no busca pretensiones, Dios se manifiesta. Por eso dice el profeta, que en ese retoño se posará el Espíritu Santo. Y es que quien cae en vanidad, Señor, se aleja de su propio ser, de su propia identidad. Por eso, en lo superfluo, donde domina la apariencia, la sentencia de oídas, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, no puede operar ni hacer su tarea. En cambio, cuando la sencillez va marcando el ritmo, somos testigos del “lobo” y el “cordero” en vida fraterna. Cuando tú llegas, Señor, todo se transforma.
Hasta el salmo nos habla hoy de un rey sencillo, quien supo gobernar a los humildes con rectitud. Aquel que dirigió sin ruidos interiores, centrado en llevar justicia a los pobres, se le desea, de corazón, que su nombre no sea borrado, sino que prevalezca, por haber aprovechado su posición para hacer mucho bien, llevando alegría y esperanza, siendo bendición de Dios para su pueblo. Al sencillo, que no se sube a sí mismo, sino que hace subir a todos por igual, sin invadir el espacio de Dios; a ese, el Padre le comparte su fama y su eternidad.
En el evangelio te presentas, Señor Jesús, lleno de júbilo y alegría, la que sólo puede venir del Espíritu Santo. De esta Santa Presencia en ti nace una oración de acción de gracias. Agradeces al Padre, el que se haya ocultado para quienes consideran tener las llaves del saber y del conocimiento; sin embargo, decide manifestarse para todos quienes han abrazado la sencillez de vida. Así le ha parecido bien al Padre y así ejecuta sus designios.
Todo te lo entregó el Padre, Señor Jesús. Tienes el pleno conocimiento, sin embargo, no hiciste ni haces alarde de tu categoría divina, sino que te despojaste de tu rango, y abrazaste la obediencia. En la obediencia tenemos, según tu ejemplo, una escuela de vida sencilla. Porque la sencillez es criterio, a tu santo juicio, para compartir la ruta que lleva a la salvación. No se comprenden tus enseñanzas sin humildad.
Qué ganaría, Señor, con conquistas terrenas, si me pierdo de los tesoros del cielo que revelas cada día a la gente sencilla. Alguien dijo: “Es sencillo ser feliz, lo difícil es ser sencillo”. Pero esta dificultad, se puede ir resolviendo poco a poco; en la medida en que me vaya apoyando en tu santo evangelio para, en el silencio del alma, conocerte a profundidad. En tu evangelio tengo, Señor, una escuela perfecta de sencillez; en la misma está la maestra por excelencia, la Virgen María, vacía de sí misma, y llena de gracia.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Te consideras una persona sencilla? ¿En qué momento se lastima la sencillez en ti? ¿Dónde aprendiste a complicar las cosas? ¿En ocasiones, las cosas que pueden ser sencillas, las has complicado? ¿Qué se queda contigo cuando complicas todo? ¿Por qué, la sencillez del evangelio no admite flojera ni mediocridad?
¿Para qué sirve la vanidad, qué se gana con ella? ¿Te perderías de los tesoros del cielo si te están diciendo que un criterio para acceder a ellos es ser sencillo de corazón? ¿Qué descubren tus ojos en el día a día? ¿Tú puedes leer los mensajes que el Señor te manda; los sabes interpretar? ¿Tú te sientes incluido en la comunidad a la que el Señor le dice: dichosos los que ven lo que ustedes ven?
Señor: toda la naturaleza que has creado es escuela de sencillez. Dame la libertad de las aves, la melodía de los ríos; los colores del amanecer. Quisiera, Señor, la ternura de las flores, la luz de las estrellas, la espontaneidad de las olas en el mar. Dame, amado Jesús, el calor del fuego, el frío de las aguas, la quietud de la piedra, la flexibilidad de la hierba que se deja mover… dame todo aquello que ya me ofreces, pero que quizás no he sabido acoger, para descubrir, día a día, la riqueza que revelas a la gente sencilla. Yo, Señor, no me lo quiero perder. Aquí estoy, hazme de nuevo, a tu modo, a tu manera.
MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS DE HOY: 3/12/24
