(Is 25,6-10ª; Sal 22; Mt 15,29-37).
EL MONTE DEL SEÑOR
Señor, yo quiero subir, con tu pueblo, al monte. Ese monte santo que desde antiguo vislumbra Isaías, donde prometiste manjares y bebidas. Allí, en tu presencia y a tus cuidados, necesitamos ese alimento sólido para fortalecer nuestra fe y nuestra voluntad. Aquí estamos, esperando en ti, Señor, porque una vez que sepamos a qué saben tus delicias, nunca más estaremos tentados de gustar otras comidas.
Bendito monte, que eleva nuestra mirada y pensamiento, que nos impulsa a caminar y a avanzar. Allí, Señor, conforme a la profecía, el velo que nos cubre se caerá, como caerá el velo de todo el pueblo. Nos cubre el pecado, Señor, nuestras faltas no nos dejan contemplarte. Pero no está en tus planes la ceguera permanente. Hay un proyecto de reconciliación perfecta. Esperamos ese día, donde los beneficios del cielo sean palpables en nuestra conciencia y no estemos distraídos con falsas ilusiones.
Hay lágrimas, Señor, que esperan ser enjugadas en ese monte santo. Por eso, todo sufriente camina hacia él con esperanza. Tu mano nos levanta a todos de la vergüenza, nos rescata y nos salva.
El Salmo 22 nos recuerda tu imagen como pastor. Y es que al monte no se sube solo. Necesitamos tu gracia, tu compañía, tu guía, conduciéndonos allí donde la vida es posible. Tu vara y tu cayado, Señor, nos defienden por el camino y marcan el ritmo para avanzar. Subimos al monte para ser, primero revitalizados y luego instruidos. Hay lugares, donde, por más que se intente, no se retiene nada. Pero allí, tú hablas de santidad y justicia, luego de habernos hecho experimentar tu misericordia sobre nuestras vidas.
No sólo nos conduces al monte, Señor, sino que nos preparas la mesa. Si tú eres anfitrión nosotros somos los alegres peregrinos que se hospedan en tu tienda. La tienda está allí donde nos podemos encontrar.
Vamos al monte, Señor, porque te haces camino, nos das el acceso, nos amplías las posibilidades. Si antiguamente se hablaba de monte, de santuario, hecho con manos humanas, ahora, desde la fe, tú eres ese monte viviente. A ti vamos con nuestras parálisis, ceguera, sordera y mudez, como nos hace meditar el evangelio de hoy.
Las maravillas de este encuentro es que no bajamos igual. En tu misericordia, Señor, se sumergen nuestras enfermedades. Nos permites recuperar el habla, el movimiento, escuchar y caminar. Nos restauras por fuera y nos alimentas por dentro. Te preocupas por nutrirnos, de tal manera que no desmayemos por el camino.
No te condiciona, Señor, el despoblado de nuestra existencia. Ante toda desesperanza estás tú y garantizas el sentido de la vida. Con tu bendición, nuestro pobre y escaso pan, se multiplica y comemos hasta saciarnos. Esa plenitud incomparable, es tu santa Eucaristía, con ella, nos adelantas el cielo. Hoy, Señor, se nos renueva la profecía. Porque estamos en el Adviento vivo, operante, y nos preparamos para experimentar tu venida, tu llegada. Tú eres el monte, y peregrinamos a tu encuentro.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Dónde está tu monte y tu montaña? ¿Cuándo y dónde te encuentras con el Señor? ¿Con qué realidad subes hasta su encuentro? ¿Cómo experimentas los cuidados del Señor mientras vas de camino? ¿Cuáles son las parálisis que podrías presentar al Señor para ser curadas en su monte? ¿Qué hace el Señor por ti? ¿Cómo pagas al Señor todo el bien que hace por ti? ¿Cómo te alimenta el Señor, cómo asimilas los nutrientes de sus manjares? ¿Andas buscando otras comidas, o ya encontraste el deleite de tu alma? ¿Cuáles manjares deleitan el paladar de tu alma? ¿Te preocupas y te ocupas de que los hambrientos no desmayen por el camino? ¿Cómo bajas del monte; cómo traduces, en servicio y entrega, tu vida de oración?
Señor, yo quiero ponerme en camino. Tú que llegas y yo que avanzo hacia tu encuentro. Deseo esta actitud de adviento para mí. Aleja, Señor, toda distracción, toda dispersión que me lleve a desenfocarme de esta peregrinación espiritual. Tengo conciencia de cómo voy, y deseo, sinceramente, dejarme sorprender por tu gracia, porque sé, Señor, que luego de haberme encontrado contigo, las cosas no quedarán igual. Tu bondad y tu misericordia me acompañarán todos los días de mi vida.
MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS DE HOY: 4/12/24
