(Is 40,25-31; Sal 102; Mt 11,28-30).
RENUEVA TUS FUERZAS
El Adviento es el tiempo para renovar tus fuerzas. El profeta Isaías te dice cómo hacerlo. Las palabras que dirige al pueblo de Israel también son para ti. Observa dónde están tus ojos, dónde buscas apoyarte para resistir. Si estás buscando soporte fuera de Dios, entonces acoge el consejo del profeta: levanta los ojos y contempla. Aquel que es Creador de todo cuanto existe en el cielo y en la tierra, te conoce, y hasta te llama por tu nombre, porque le perteneces. Quizás andas buscando errante lo que tu Padre Dios te ofrece en gracia y gratuidad.
Dios creador no se cansa ni se fatiga. Antes de crear amó; y luego de haber creado sigue amando y providenciando sin cesar. Ya lo dijo el orante, que Dios es como un guardián que no duerme ni reposa, porque no permite que resbalen los pies de aquellos que ama y que se confían a sus cuidados. Dios no conoce el cansancio. Por eso, cuando lo buscas y cuando te abandonas a Él, renueva tus fuerzas, por el auxilio de su Espíritu Santo. Dime dónde vas a cargar las pilas del alma y te diré qué tanto permaneces.
Para comprender la manera en cómo buscar esta fuerza divina, sería bueno que te interesaras por leer la vida de los santos y las santas. Hay muchas películas de santos disponibles en internet. Te motivan para amar más a Dios, y te dicen cómo hacerlo. Cada uno te aporta un nuevo elemento para perfeccionar la imagen de Dios, y al mismo tiempo, te impulsan a buscar en tu propio pozo la santidad. Si te haces amigo o amiga de los santos, te enseñarán el secreto para echar alas como las águilas y emprender el mejor de todos los vuelos.
El Salmo del día te da otro secreto para renovar tus fuerzas: bendecir siempre. El salmista se aconseja a sí mismo: “bendice, alma mía, al Señor”. Para que la acción espiritual sea posible, es necesario tener memoria. Porque el orante prosigue diciéndose a sí mismo, que no olvide los beneficios recibidos del Señor. Cuando tú atraviesas dificultades, y miras atrás, para descubrir la presencia de Dios en tu vida, recobras la confianza y la esperanza, porque Él siempre ha sido fiel.
El salmista también te enseña a recuperar fuerzas acogiendo en tu vida el perdón de Dios. Quien no vive el perdón se debilita. El orante afirma que Dios “perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades”. Esto recuerda la frase de una santa, doctora de la Iglesia, llamada Hildegarda, que dice: “Cuando el alma se cura, el cuerpo le cae atrás”. De la misma manera que niños recién nacidos, debilitados, son asistidos desde una incubadora, así el alma que desea fortalecerse ha de anidarse en la misericordia de Dios.
En el evangelio se nos manifiesta el rostro del descanso, Jesús. Él sabe descansar sin dejar de darse por entero. Por eso dice: “vengan a mí todos los que están cansados y agobiados”. El alivio del Señor es real y eficaz. Tú lo puedes realizar haciendo visitas al Santísimo. Haciendo paradas antes Él. Y, sobre todo, dejando que Él se quede contigo, en el corazón. Cuando tú comulgas y honras la presencia de Jesús, haciendo el bien siempre y evitando el mal, no desperdicias tus fuerzas; contrariamente, se mantienen vigorosas. El cansancio alegre, por el ejercicio de la caridad, lejos de agotar, renueva el vigor y llena de alegría la entrega.
El Señor dice: carguen con mi yugo. Esto es, deshacerse de las cruces que no tienen sentido ni razón de ser; que no aportan ni suman al Reino. En cambio, la fatiga por la causa de Jesús es llevadera, porque Él mismo la asume dentro de ti. Nada más reconfortante que saberse en el camino, paso a paso, con el Señor. Estando con Él aprendes a vivir en mansedumbre y humildad.
Cuando hay ira, rebeldía, y orgullo, las fuerzas se consumen al instante. El desgaste toma el control y no deja frutos. En cambio, la docilidad, la obediencia al Señor y a la voz de la comunidad donde Él se expresa, llena de consuelo el alma. Cuando pareciera llegar el fin, brota la nueva vida, como milagro patente hecho por el Señor.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Dónde buscas tu descanso? ¿Tú has buscado descanso en personas y en lugares que te cansan? ¿En este momento, cómo están tus fuerzas? ¿Te vas dando por entero o por la mitad? ¿Estás regateando la entrega? ¿Las personas, con las que compartes, te inspiran a vivir plenamente tu vocación o te desaniman, te desenfocan? ¿Se estarán desperdiciando tus fuerzas? ¿La fuerza que te da el Señor, en qué la emplea? ¿Cómo experimentas en tu vida el alivio de Dios? ¿Tu presencia, como testigo de Dios, lleva consuelo a los demás?
Señor: que siempre me apoye en ti. Que aprenda a desconfiar en mis pobres fuerzas. Que tú seas la ruta de mi alivio y mi descanso. Renueva mis fuerzas para volar hasta ti y servir, con amor, a los más necesitados.
MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS DE HOY: 11/12/24
