(Is 7,10-14; Sal 23; Lc 1,26-38).
PIDE UNA SEÑAL
En la primera lectura del profeta Isaías, el Señor dijo al rey Acaz que pidiera una señal. Se trataba de una señal que demostrara que no estaba solo, que Dios no lo había abandonado. No habría por qué temer a los poderosos enemigos que se acercaban; que venían con violencia humana. Sin embargo, el rey se negó, no quiso pedirla. Intervino el profeta y aseguró que, en todo caso, el Señor mandará una señal por su cuenta.
Dios mandó la señal: -La joven está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa “Dios con nosotros”. Observa los rasgos de la señal enviada por el Señor. Cuando empieza la frase, se utiliza un artículo definido, singular, femenino “la”. “La joven mujer”; en algunas versiones se traduce por “la virgen”. Quiere decir que, a quien se refiere, está presente en la comunidad. Aunque todos la miran, se hace necesario que el profeta, visionario del Señor, haga que la recuperen con nuevos ojos.
La señal que Dios manda de su presencia, no viene con grandiosidad, sino con humildad y sencillez. En medio de los signos de los opresores que provocan guerra y destrucción, Dios se hace presente en la ternura, en la fragilidad, en el misterio pequeñito gestado en el vientre de una joven. La señal de Dios tiene que ver con esperanza y presencia discreta; ella es paz y confianza, porque la vida no se detiene y tiene quien la custodie.
En adelante, en cada joven mujer gestante, se iría sosteniendo la promesa del Emmanuel, la presencia de Dios con nosotros. Esa promesa se ve realizada en el evangelio. Donde el ángel Gabriel le dice a la joven María: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”… “No temas… porque has encontrado gracia ante Dios”. Ella fue la escogida, entre todas, para dar a luz al Emmanuel, que es el mismo Jesús, Dios salvador en medio de su pueblo.
En este tiempo, a las puertas de la Navidad, tú también puedes ir contemplando las señales de la presencia de Dios. Esta presencia parece hundirse y ahogarse en medio de los problemas, las dificultades y las agitaciones. Sin embargo, mediante el recogimiento interior y el silencio orante, sin dejar de caminar, puedes ir escudriñando su presencia.
No hay aventura de amor más perfecta que cuando el alma se dispone a buscar a Dios, sabiéndolo Él. Hay que pedir asistencia al Espíritu Santo, para que quite de nuestras pupilas el polvo que empaña la visión. El Espíritu ha de remover el corazón endurecido, para sensibilizarlo y disponerlo. Las señales, para ser captadas, requieren apertura interior y acogida.
Por eso, en estos días próximos, si no lo has hecho, aproxímate al Sacramento de la Confesión. Porque el pecado es como un manto oscuro que no permite contemplar los signos de Dios. La Confesión es como bañarse por dentro; echar agua de gracia para quitar la mugre que se pega al corazón. Realmente es necesario limpiar la cuna donde vendrá el Niño Dios.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Dónde ves a Dios? ¿Qué te dice una mirada transparente? ¿De qué te habla una sonrisa sincera? ¿Qué te provocan las manos puras? ¿Qué te expresa un brazo limpio? ¿Cuándo una mano se extiende y te ofrece con gratitud, qué sucede? ¿Te sientas a la mesa y encuentras la comida hecha? ¿Abres el closet y está tu ropa lavada y planchada? ¿Alguien te mandó saludo? ¿Preguntaron por ti? ¿Te guardaron un asiento? ¿La solemnidad de la naturaleza, de la creación, a quién te remite?
¿Te abrieron una puerta, te dieron una oportunidad? ¿Te hicieron sonreír en medio de tus preocupaciones? ¿Alguien limpió tu nombre sin que tú lo supieras? ¿Recibiste el perdón? ¿Disfrutas la vida en comunidad? ¿Alguien llegó en el momento oportuno? ¿Te dio la mano quien menos esperaba? ¿Las señales de Dios, se te han vuelto rutinarias, no las descubres, o te dejas sorprender por Él? ¿Tu vida, tu testimonio, se ha convertido en señal de que Dios está con nosotros?
Señor: el salmista me recuerda que ya vienes como Rey de la gloria. Un Rey humilde, que se regocija en hacer de mi corazón su palacio. Que pueda adornar, Señor, tu palacio, con señales de tu presencia. Que de este pobre corazón broten luces de esperanza para la humanidad doliente. Gracias, Señor, por tu presencia discreta y silente. Gracias, porque te has querido quedar con nosotros.
MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 20/12/24
