(Mq 5,1-4ª; Sal 79; Hb 10,5-10; Lc 1,39-45)
VISITAS DE ESPERANZA
El Salmo 79 nos sitúa, este IV domingo de Adviento, en la reflexión creyente sobre “la visita”. El orante refleja el corazón ardiente del pueblo que anhela y suplica la llegada del Señor. Es consciente de la desolación, la ruina, la oscuridad que les embarga sin la presencia de quien cuida de ellos como un pastor. La confianza se deja sentir, por eso le reclama; le expresa que son la viña plantada por su mano. Le insiste: “ven a visitar tu viña”. Porque con esta llegada viene la vida, la restauración, la fuerza viva para invocar el nombre del Señor.
El pasaje del evangelio nos narra la visita de la Virgen María a su prima Isabel. Anteriormente, ya el ángel Gabriel la había visitado. Hay muchas visitas en el mundo bíblico, y todas las relacionadas con el Señor están marcadas por la alegría y la esperanza. María tiene antecedentes. Ha habido una experiencia fundamental.
Cuando Dios visita, marca, deja unos rasgos, un nuevo horizonte y proyecto de vida. El ángel entró en la presencia de María. Como resultado de dicho encuentro, podemos considerar, que Dios comenzó su visita oficial y formal a la humanidad mediante el acontecimiento de la encarnación. El vientre de María fue ese primer trocito de viña tocada por la bendición de Dios. A partir de aquí, entremos en la escuela de María para saber visitar a la manera de Dios.
“María se puso en camino”. Es lo primero. Nada nuevo puede nacer sin movimiento. Pero no partió de cualquier manera. Salió habitada por la presencia viva y humilde del Señor. María fue y el Señor le acompañó. Cada kilómetro hasta la casa de Isabel, en plena montaña, estuvo marcado por la contemplación de los misterios sagrados. Lo que María llevó, y a quien llevó, a casa de Isabel, no pudo improvisarse.
“Fue con prontitud, aprisa”. La visita del Señor dinamizó otras visitas. Hubo buen ánimo para compartir las proezas del Señor. Luego del encuentro con el ángel, María no se estancó para que la visiten a ella, siendo la escogida. Sino que fue ella quien se dispuso a servir. Podemos imaginar qué servicio tan sublime, donde ciertamente primaría esos diálogos místicos entre dos mujeres de tamaña fe.
Cuando María llegó, las cosas ni la casa quedaron igual. Con apenas su saludo entró la alegría. Una alegría compartida. Nació la fiesta. El pequeño Juan, el pequeño Jesús y ellas dos. Todo, no en la ciudad, sino en una pequeña aldea. Entre los más marginados de la época, mujeres, y niños todavía en el vientre de sus madres.
Se manifestó el Espíritu Santo en la casa de Isabel, primero en sus corazones. Hay visitas tan especiales que ponen a hablar al Espíritu Santo. Isabel se detuvo a contemplar lo que Dios había hecho en esa visita que recibiera. La declaró bendita, y también bendito el fruto de su vientre. “¿Quién soy yo?”, es la expresión dicha por una mujer que, a pesar de su edad, reconoce a la virgen madre del Señor superior a ella. La humildad de María enalteció la dignidad de Isabel. Pero la dicha del encuentro se centró en la fe de María, porque creyó en la promesa.
Como se anuncia en el profeta Miqueas, el nacimiento (visita) del Señor al mundo será desde una aldea de Judá. Dios siempre comienza por lo pequeño. Su proyecto crece cuando el instrumento se dispone, siguiendo la clave en la carta a los Hebreos, al modo de Jesús: “Aquí estoy yo para hacer tu voluntad”.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Qué tú aprendes de la visita de María? ¿Cuándo tú sales, con qué actitud lo haces? ¿Qué propósito tiene tu salida? ¿Qué llevas cuando vas, con quién andas? ¿Qué provoca tu presencia en el lugar donde te reciben? ¿Contigo llega la alegría? ¿Se puede decir que tu visita está marcada por la esperanza? ¿De qué conversas cuando visitas a alguien? ¿Qué conversaciones se entablan en tu casa? ¿La gente sabe medir las cosas que habla en tu casa? ¿Qué puedes decir de la visita del Señor a tu vida? ¿Cómo te estás preparando para recibir al Señor que llega? ¿Hay que hacer algunas restauraciones en tu corazón antes de su llegada?
Señor: en estas pocas horas que restan para esperar tu visita, que yo sepa acoger a todas las personas que llegan a mi casa. Y también quisiera visitar a quien más necesite de esperanza. Porque recibirte a ti, Señor, no se improvisa. Si no acojo a los demás, tampoco podré acogerte a ti. Que pueda llenarme de tu Espíritu Santo, para no llevar mi propia persona, sino tu mensaje de vida, mis manos disponibles para servir con alegría.
MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS IV DOMINGO DE ADVIENTO (22/12/24)
