(Ml 3,1-4.23-24; Sal 24; Lc 1,57-66).
¡ALCEN LA CABEZA!
El Salmo del día, oportunamente, comienza diciéndonos, a la entrada de la Navidad, “Levántense, alcen la cabeza: se acerca su liberación”. El orante sabe que quien tiene los ojos volcados para sí se pierde lo bueno que el Señor trae en su venida. Es necesaria la intuición del Espíritu Santo provocando el interior, para dejar atrás lo insignificante y dejarse sorprender por Dios.
Alza la cabeza, si todavía no lo has hecho. Sólo así, como el salmista, podrás asimilar las enseñanzas para recibir al Salvador con dignidad. El traje de mayor dignidad para recibirle es la humildad, acompañada con las sandalias de la rectitud y el cinturón de la bondad. Sin olvidar el bolso de la misericordia, porque el traje es de gala. Alza la cabeza para conferir cómo estás vestido y hacer los arreglos de lugar, porque la hora está encima.
Eleva la mirada. El profeta Malaquías te sugiere cómo hacerlo. Revisando tus relaciones interpersonales, tu convivencia. Pasa inventario sobre tus pendientes; si te pones al día, podrás mantenerte en pie ante la presencia del Señor, porque el remordimiento es ruido que impide la contemplación. Mira a tu alrededor e identifica con quién tienes que hacer las paces, desde la conversión del corazón. Alzar la cabeza es necesario, porque nadie vino a este mundo para estar aislado o ensimismado. Somos personas de relacionamiento; de esto nos habla sin hablar el Niño Dios.
En el evangelio, Isabel nos enseña a subir la cabeza. Ella no se encerró en su pobre esterilidad. Ante su imposible, confió en Dios, quien hace posible todas las cosas buenas. Mantuvo su cabeza en alto cuando no se dejó influenciar para poner otro nombre a su hijo, y conservarle el que había sido escogido para él.
Los vecinos y parientes de Isabel también levantaron la cabeza y descubrieron al Señor actuando en la historia, en los santos de la puerta de al lado. Cuando se preguntaron sobre el pequeño: “¿Qué va a ser este niño?”, dejaban evidente el asombro ante lo contemplado. Son actitudes básicas que nos entrenan en estas horas que nos restan para pulir la postura interior.
Como los vecinos de Isabel, tú también alzarás la cabeza saliendo al encuentro de los demás, reconociendo en ellos la misericordia de Dios, y felicitándoles. El acontecimiento de la Navidad nos empuja a dejar detrás las envidias y los celos, porque el Señor es bueno con todos.
¿Y qué decir de Zacarías? Él también sacó los ojos de sí. Quien no creyó fue, durante el proceso de gestación del niño en el seno de Isabel, madurando su fe. Cuando él, estando mudo, escribió en una tablilla “Juan es su nombre”, mostró el salto de su dudar a su creer. La obediencia a la voluntad de Dios te endereza la cabeza y suelta la boca.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Cómo está tu cabeza? ¿Volcada para dónde? ¿Dónde se posa tu mirada? ¿Estás centrando tu vida en tu propia persona? ¿Qué provoca en ti la expresión: “ya se acerca la liberación”? ¿Por qué, sacar los ojos de sí es el comienzo de la liberación? ¿Cómo identificas que das vuelta en torno a tu propia persona? ¿Cuáles trampas pudieran sostenerte con la mirada anclada al suelo? ¿Cómo identificar los signos de la venida del Señor si no se recogen “las cortinas” que te impiden contemplarlo?
¿Tú sabes peregrinar, con la mirada, hacia los demás y reconocer en ellos la misericordia de Dios? ¿Tú sabes felicitar a quien recibió la bendición especial del Señor? ¿A quién tienes que felicitar si no lo has hecho? ¿Cuándo se soltará tu boca y, como Zacarías, comenzarás a bendecir al Señor? ¿Te has preguntado cómo vas a celebrar la Navidad? ¿Tú has hecho propósito de ser fiel a las celebraciones litúrgicas para vivir estas fiestas? ¿Quién te está instruyendo? ¿Qué consejos estás asumiendo? ¿Te has preguntado cómo favorecer que tu comunidad cristiana levante cabeza y viva plenamente el sentido de la Navidad?
Señor: que el alzar de mi cabeza, traiga consigo el movimiento de mi corazón y mi pensamiento. Que en estas horas que faltan para la llegada de la Navidad, pueda experimentar el giro de la mirada y me disponga a la sana convivencia familiar y comunitaria. La fiesta comienza desde los preparativos. Señor, que no me pierda nada. Como el salmista te digo: instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador.
MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS 23/12/24
