(1Jn 1,1-4; Sal 96; Jn 20,2-8).
JUAN, APÓSTOL CONTEMPLATIVO
Hoy, el III día de la octava de Navidad, también celebramos la fiesta de san Juan, apóstol y evangelista. Impresiona acercarse al evangelio, de manera orante, para conocer la personalidad de cada uno de los Doce discípulos de Jesús. Formaron una comunidad, pero todos eran auténticos, únicos, con una vocación/pasión común, Jesús de Nazaret. Entre estos seguidores íntimos del Señor, Juan tuvo rasgos que le distinguieron; destacamos la dimensión contemplativa.
La vida contemplativa sólo puede nacer desde la experiencia del amor del Señor. Juan es identificado como “el discípulo que Jesús más amaba” (Jn 13,23). Este amor quedó demostrado, no sólo desde el momento de su elección como discípulo, sino en las numerosas ocasiones que, junto a Santiago y Pedro, fue escogido para vivir experiencias especiales, dentro de la comunidad. Y el momento predilecto donde recibió el don extraordinario de acompañar a la Virgen María. El amor hacia este apóstol no se esconde entre las líneas que narran la convivencia interna de los Doce y Jesús. De hecho, parece ser que todos lo sabían y lo aceptaban con normalidad.
En la primera lectura de hoy, justamente tomada de la primera de sus cartas, se destaca el uso de los sentidos: “vista”, “oído”, “tacto”. Queda evidente cuando habla de: “lo que hemos oído”, “lo que hemos visto”, “lo que contemplamos y palparon nuestras manos”… todo esto, refiriéndose a la Palabra hecha carne, Jesús mismo. La experiencia con el Señor, descrita por un hombre contemplativo, es fantástica. Involucra todo su ser, su existencia, su respiración, su gusto y olfato. La experiencia ha sido con raíces profundas por haberse hundido en el misterio, como fuente de donde bebió y fue bebido.
La vida de Juan, en las manos de Jesús, se fue configurando. Porque la contemplación convierte y transforma. Si bien es identificado, al igual que su hermano Santiago, por el carácter enérgico, como «hijo del trueno» (Mc 3,17), también será ese hombre tierno, cercano, capaz de recostarse sobre el pecho de Jesús y compartir allí sus inquietudes (Jn 21,20). A Juan no le describieron el olor del Señor, él lo experimentó.
Los ojos de Juan contemplaron lo que pocos contemplaron, la transfiguración del Señor. Fue la gracia de probar un bocado de gloria, por adelantado (Lc 9,28). La vida contemplativa de Juan se extendió a los escenarios de dolor vividos por Jesús y por toda la comunidad. Contempló los misterios de dolor estando presente en la agonía del Señor en Getsemaní (Mc 14,33), y sobre todo, que el momento de la cruz. Fue el único de los discípulos que estuvo presente en el acontecimiento de la crucifixión (Jn 19, 26-27).
Esto tiene una gran enseñanza. La vida contemplativa, la vida de oración, la estrecha intimidad con el Señor basada en lazos fuertes de amor, te permite permanecer en pie en la noche desolada, en la oscuridad, en las tinieblas, en el aprieto de la crisis, en la tormenta. El que persevera en el Señor sale victorioso. Fue a la cruz con las manos vacías y regresó abrazando a la Madre del Señor. Ella fue la escuela donde él afianzó su vocación contemplativa.
Todas esas experiencias fundadas en el corazón, asentadas en su memoria, lo hicieron ver, pensar, sentir, marcado por el misterio que lo llenaba. De ahí su actitud de creer, tan pronto María Magdalena anunció la resurrección del Señor. Juan corrió con toda la pasión del mundo, acompañando de Pedro, a quien tenía un respeto admirable y una delicadeza sostenida por la prudencia, porque aún siendo el más rápido, no se adelantó, como lo describe el evangelio del día. De este evangelio, destaca el papa Francisco, que para entrar en el misterio, como lo hizo Juan, hay que inclinarse, abajarse, y sólo así se podrá ser testigo.
La tradición asegura que Juan pasó con la Virgen María el resto de su vida. Esta información es coherente, porque él, además de apóstol, es evangelista. Pudo escribir y conservar la memoria viva de nuestro Señor Jesucristo. A él le atribuye el “cuarto evangelio”, o sea, el evangelio según san Juan. Al mismo tiempo, se le considera autor de las tres cartas apostólicas, así como del Apocalipsis.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Cuál es tu experiencia con Jesús; cómo la describes? ¿Quién te habló de Jesús? ¿Qué te cautivó de Él? ¿Te fuiste con Él? ¿Te quedaste para siempre con Jesús? ¿Qué encontraste en el Señor que el mundo no te dio? ¿Tú sabes tomar tiempo para recostarte sobre el pecho de Jesús? ¿Y allí, sobre su pecho, le compartes tus inquietudes? ¿Tú pudieras describir el fuego del amor que sientes por Jesús? ¿Tú respetas, admiras, a las otras personas que también aman al Señor? ¿Te has ido transformando, modelando el carácter en la compañía del Señor? ¿Cómo estás amando a los demás; cómo le transmites tu experiencia para que sigan a Jesús y lo experimenten a Él? ¿Te quieres inscribir, como Juan, en la escuela de María?
Santiago, apóstol y evangelista, ruega para que sepamos contemplar, en el misterio de la Navidad, al Niño Dios que se ha quedado con nosotros.
MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 27/12/24
