(1 Jn 2,12-17; Sal 95; Lc 2,36-40).
EL NIÑO
Y LA ADULTA MAYOR
Estamos en el día VI de la octava de Navidad. Lucas nos presenta el relato cuando el Niño Jesús fue llevado por sus padres al templo, donde una mujer, adulta mayor, tuvo la oportunidad de encontrarlo. Nuestra meditación gira en torno a recuperar el sentido de la edad avanzada, la hermosura que esta tiene, porque el Señor, sin importar los años ni las condiciones existenciales, se manifiesta y hace que todos y todas participemos del gran acontecimiento de la encarnación y de las maravillas de Dios en medio de su pueblo.
Esa mujer mayor de edad, se llamaba Ana. Era considerada una profetisa. La profetisa es una mujer dirigida por el Espíritu Santo, llena de Dios, que se torna su vocera, para transmitir a los demás las verdades que el Señor desea sean conocidas y asumidas. Por los detalles que se da sobre ella: hija de Fanuel, de la tribu de Aser, deducimos que era una persona conocida y, además, autorizada.
Ana había vivido, desde jovencita, siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro. Es un detalle interesante, “siete años casada”; hace pensar que en ese lapso de tiempo la vida matrimonial, en ella, fue plena, cerró su ciclo. En adelante, permaneció en un nuevo matrimonio, ahora espiritual, consagrada al Señor, el nuevo Esposo y compañero hasta la eternidad.
Impresiona la expresión: “no se apartaba del templo día y noche”; de hecho, podemos decir, fue mujer de dos santuarios: el del recinto, externo; y el otro interno, propio de quien vive experiencias místicas desde el corazón. La imaginamos, silente, recogida, de poco hablar, y con ojos contemplativos. Todo esto, como base para servir a Dios y a todos los peregrinos. Su vida de ayuno y oración, nos la muestran como una mujer transfigurada.
Verdaderamente, Ana es signo y modelo de esperanza para todas las personas mayores adultas. Observe que ya cuesta, al día de hoy, llamarle anciana, vieja, tercera edad, porque da la impresión de ser términos peyorativos. Contrariamente, “adulto mayor”, en el sentido del texto, trae la imagen de alguien que es rica en experiencia, y más aún, porque goza del buen discernimiento que Dios, mediante los años, le ha permitido tener.
En cada persona mayor de edad, que ha sabido mantenerse en el lugar y la actitud ciertas, nosotros tenemos una biblioteca de sabiduría. En ningún momento del relato se le describe lamentándose, porque ha vivido sola. No quedó estancada en su casa. Sencillamente se instaló allí donde pudo ser activa, en sus años, y según su capacidad, sirviendo, acogiendo, siendo la “hormiga” obediente del Señor en medio de todos los fieles.
A Ana, le llegó el premio y la recompensa. Toda su vida fue un recorrido para esa experiencia culminante. Se acercó en el momento preciso. Estaba allí. En el lugar y la hora ciertas. Nadie le contó. No lo soñó. Ella pudo ser testigo al encontrarse con el Niño Dios, María y José. En adelante, su profecía dio un salto. Ana experimentó el paso del Antiguo al Nuevo Testamento. Ese cambio de Testamentos lo vivió en su propio corazón. Amaneció en ella una nueva profecía, madurada, purificada. Con certeza compartiría el mismo sentir de Simeón: “puedes dejar a tu sierva morir en paz”.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Dónde está tu lugar? ¿De dónde no se apartan tus pensamientos? ¿Los años te pasan o tú vas pasando sabiamente por los años? ¿Qué estás sembrando ahora para cosechar mañana? ¿Las palabras que dices se siembran en la historia? ¿Cuándo tú hablas, esas palabras, sirven para algo, ayudan, iluminan? ¿Tú te jubilaste del trabajo? ¿Te podrías jubilar de la fe, de tu encuentro con el Señor? ¿Por qué la persona de esperanza siempre tiene un motivo para vivir, para ser feliz?
¿Estás amando, buscando la sabiduría? ¿Te dejas aconsejar por los adultos mayores que tienen lucidez? ¿Experimentas la gracia de Dios que te acompaña en cada momento? Tú, como Simeón y como Ana, ¿has aprovechado el tiempo, la vida, las oportunidades? ¿Te atreverías a decir al Señor: “el día que tú quieras, yo muero en paz”? ¿Tú llevas una vida reconciliada? ¿De qué tienes que liberarte para servir al Señor enteramente, sin apartarte de sus cosas, ni de día ni de noche? Como Jesús, ¿tú también vas creciendo en la fe, robusteciendo en la espiritualidad?
Señor: la esperanza es para todos. Con razón dice el salmista “Alégrese el cielo, goce la tierra”. Porque todos, Señor, se alegran en tu presencia. Tú renuevas nuestras vidas. A tu encuentro el alma se rejuvenece. No salen arrugas en el alma. Y si salen en el rostro, Señor, desde la fe, son evidencias hermosas, cuando se ha madurado la relación contigo. Que vivan los años curtidos contigo. Cada día, Señor, es una nueva oportunidad para amar y servir mejor, así como Ana, sin apartarse de ti, y hablando de ti a todos los que necesitan un nuevo amanecer.
MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS 30/12/24
