(1Jn 2,22-28; Sal 97; Jn 1,19-28).
“¿TÚ QUIÉN ERES?”
El evangelio de este día nos trae un mensaje en torno a la identidad. A partir de la figura de Juan el Bautista, podemos reflexionar y considerar qué tanto sabemos quiénes somos y cómo esto incide en nuestras vidas. Es una meditación importante, justo a comienzo de año, donde nos podemos trazar nuevos desafíos.
Una delegación de sacerdotes y levitas fue enviada a Juan para averiguar su identidad. Le cuestionaron: – “¿Tú quién eres?”. Él, rápidamente respondió: – “no soy el Mesías”. Ellos insistieron dos veces más: comparándolo con Elías o el Profeta. Pero Juan sabía quién no era él. Negaba las falsas atribuciones de personalidad.
Cuando tú tienes claro quién eres, delimitas tu personalidad. No te haces copia de otros. Eres auténtico. No vacilas al responder. Los bombardeos que vienen de fuera, como los vividos por Juan, no te condicionan. La identidad da firmeza y postura. La conciencia te hace un cerco y sólo eres lo que debes ser. Ahí está la fuerza. Por eso, ante la desesperación de los delegados, a quienes les urgía llevar una respuesta sobre la identidad de Juan, nació en ellos una nueva cuestión, y se la preguntaron: – “¿Qué dices de ti mismo?”.
Cuando alguien busca saber quién es, en ocasiones se apoya en lo que dicen los otros. Esto es señal de que falta raíz. Porque al cavar hondo, descubres verdades más profundas. “¿Qué dices de ti mismo?”. No se trata de lo que los otros inventan, porque al final, no dan con nada. Sino lo que tú dices. Pero sin apoyarte en ti mismo, como veremos más adelante.
Cuando Juan se sumerge en su ser, se describe a sí mismo como “la voz que grita en el desierto: allanen el camino del Señor”. En esta sabia respuesta tenemos una gran verdad. Que la identidad de Juan no le viene dada ni por los de fuera, ni por él mismo, sino por la verdad que Dios había soñado para Él.
El hombre y la mujer de oración saben definirse, buceando en Dios, encontrando respuesta en su Palabra. Dios forja la identidad del creyente. Y quien tiene fe se sabe pertenencia del Señor. La identidad y el sentido de pertenencia van unidos. Al definirse como “la voz”, él se reconoce mensajero, vocero de Aquel quien le ha confiado la Palabra. Es una voz que grita. No es una voz tenue, apagada. Ella va con la fuerza y la firmeza del Espíritu Santo. La persona que tiene clara su identidad no vacila al hablar. La identidad es la raíz que lo sostiene y lo afianza. No se separa la identidad de la misión. Si se floja la identidad se debilita la misión.
Sigue la confrontación de los contrarios a Juan: “¿por qué bautizas si tú no eres el Mesías?”. Quien tiene identidad sabe el sentido de las cosas que hace, y por qué las realiza. Juan sabe cuál es su rol y su papel, y cuál es la identidad del Mesías. Aquí tenemos una escuela de prudencia y sabiduría. Quien sabe quién es no invade los espacios, sabe delimitar su lugar y respetar; no entra donde no le corresponde; tampoco lo desea ni lo envidia. La identidad y la pureza de intención son compañeras de camino.
Es hermoso saber quién uno es, y desde allí disponerse a ser lo que debe ser. Por eso Juan, a la otra orilla del Jordán, bautizaba con agua. A él le tocó el agua, no el bautizar con fuego. Pero bendita agua que limpiaba para que el fuego que se aproximaba pudiera arder intensamente. La identidad te libra de pretensiones. Te sitúa; te da la paz necesaria para obedecer y vivir en plenitud tu servicio.
Preguntas que llevan al silencio: ¿cuál es la causa y la consecuencia de tener una pobre identidad? ¿Dónde está la fuerza de voluntad para conservar la identidad? ¿Cómo puede alguien ser feliz caminando, al mismo tiempo, hacia direcciones diferentes? ¿Cuáles tentaciones sociales debilitan la personalidad? ¿Cómo podrías alimentar la identidad si esta está mezclada? ¿Qué cosas hay que podar en ti para que la identidad cobre consistencia? ¿Qué precio paga el evangelio cuando un cristiano no tiene una identidad clara? ¿Qué precio paga la persona creyente cuando se conforma con una débil identidad?
Hoy la Iglesia celebra la memoria de San Basilio Magno (330-379) y San Gregorio Nacianceno (330-389), obispos y doctores quienes, en el comienzo del cristianismo, predicaron, enseñaron y fundamentaron la fe con acierto y fervor. Que ellos intercedan por cada uno de nosotros para, como nos recuerda la primera carta de Juan, podamos siempre confesar la verdad, la que hemos recibido, y la verdad que somos. Que en este nuevo año, toda mentira, desaparezca, y podamos contemplar la victoria de nuestro Señor.
¡Seamos santos!
Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad
MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 2/1/25
