(1Jn 2,29_3,6; Sal 97; Jn 1,29-34).
El SANTÍSIMO NOMBRE DE JESÚS
Hoy celebramos la memoria del Santísimo Nombre de Jesús. “Jesús”, en la lengua hebrea se pronuncia “Jeshua”, y significa “Dios salva”. Este Nombre fue dado al Hijo de Dios al momento de la Anunciación. Quiere decir, que viene por querer y designio del mismo Dios. Ni María ni José lo inventaron; sencillamente, lo acogieron.
“Cristo” es, en este sentido, un título con el que se identifica a “Jesús”, y proviene de la traducción al griego de la palabra hebrea “Mesías”, que significa “Ungido” (Catecismo 184; 430; 727). Nos recuerda el papa Francisco que, de este Nombre nace nuestra identidad.
En la espiritualidad bíblica el “nombre” representa la persona; abre paso, marca ruta vocacional. Anuncia la misión. Es anticipo de lo que Dios espera. Por eso, no se entiende que los padres pongan nombres a los hijos e hijas sin antes haber orado para discernir la voluntad de Dios. Los nombres no son modas, menos capricho de cómo suena o combinaciones creativas, lejos del sentir del Señor.
En la tradición del Antiguo Testamento, el Nombre de Dios, no podía ser pronunciado. Porque pronunciar el nombre de alguien era darle presencia, era como tener trato íntimo con su persona. Donde aparecían las letras “Yahveh”, ellos leían “Señor”. De hecho, cuando buscas el origen del Nombre “Yahveh”, en el hebreo, no encuentras la raíz del mismo. Solo remite a que “Yahveh” significa “ser”. En este aspecto, cuando Dios revela su identidad a Moisés para que justifique su mensaje delante del faraón, este le dice: “Yo Soy el que Soy” (Ex 3,14).
Con la encarnación del Hijo de Dios, viene su Nombre, su proximidad, su cercanía con nuestra humanidad necesitada de salvación. El misterio que envuelve su Nombre es inmenso. Porque, al tiempo que lo podemos pronunciar, porque Él así nos lo ha permitido, y así lo ha querido, a su vez, imprime respeto y reverencia. Como acertadamente nos recuerda la carta a los Filipenses, “Ante el Nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra” (Fil 2,10-11).
En la primera carta de Juan, de las lecturas del día, se nos afirma que “todo el que permanece en el Señor no peca”. Por esto, tú y yo, que somos pecadores, estamos invitados a permanecer en el Señor con gran fervor, amor y humildad. Y una manera fecunda de hacerlo es pronunciando su Santísimo Nombre, ejercicio orante sostenido por muchos creyentes en la tradición de la Iglesia.
Pronunciar externa o internamente el Nombre “Jesús”, como si fuese una jaculatoria continua, atrae su presencia. Es desear la salvación misma. Es una muestra de amor; una disposición a la conversión. Nombrarlo es invocarlo. De esta manera Él encuentra espacio y asiento en el corazón. Tú corazón y el mío se transforman en casa de Jesús. Su Nombre corrige el pensamiento, las actitudes, las palabras, las acciones y, como dice el apóstol Juan, “todo el que tiene esperanza en Él se purifica a sí mismo, como Él es puro”. El Nombre de Jesús es una dulce oración.
En el evangelio del día, Juan el Bautista nos hace pensar en otro apelativo del mismo Nombre de Jesús, “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. En fe, cuando repetimos el Nombre de Jesús, y nos adentramos en su presencia, también se activa el don del temor de Dios, el que nos lleva, con valentía, a huir de las oportunidades de pecar.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Cuál es el nombre que más está presente en tu mente y en tu corazón? ¿Tú quieres que hagamos juntos, en este día, oración continua con el Nombre de Jesús? Debemos identificar cuáles nudos tenemos internamente, cuáles situaciones, cuáles tropiezos nos impiden avanzar en santidad, y luego pronunciaremos su Santísimo Nombre, ¿qué te parece? ¿Crees en la fuerza del Nombre de Jesús? ¿Tienes fe en que, pronunciar su Nombre, le hace nacer en ti? ¿Y si le pedimos a Jesús que Él también pronuncie nuestros nombres? ¿Sabías que tu nombre también es dulce para Él? ¿Y si nos alternamos, nosotros decimos su Nombre, y luego Él pronuncia el nuestro? ¿Al decir tu nombre, qué el Señor espera de ti?
Señor Jesús, de la misma manera que los confines de la tierra han contemplado tu victoria, yo también necesito contemplar la dulzura de tu Santísimo Nombre hecho presencia viva en mi corazón. Que ese Santo Nombre me habite y me haga testigo de tu Reino, en medio de tu pueblo doliente.
¡Seamos santos!
Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad
MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 3/1/25
