(Ecl 24,1-2.8-12; Sal 147; Ef 1,3-6.15-18; Jn 1,1-18).
LA PALABRA SE HIZO OBEDIENCIA
En este II Domingo, después de Navidad, la liturgia nos sigue metiendo de lleno en la contemplación del misterio de la encarnación, como repetimos en la antífona del Salmo 147: “La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”. Este mensaje, tan claro y reiterado en las fiestas navideñas, se puede complementar con el sentido de que “la Palabra se hizo obediencia”, “carne obediente” o “encarnación en obediencia”… ¿En qué sentido y por qué?:
La Palabra encarnada se hizo obediencia porque, al venir al mundo y asumir la condición de fragilidad humana, lo hizo obedeciendo al Padre, cumpliendo su voluntad, realizando los designios de la Trinidad. Por eso, carne y obediencia se unen en un mismo misterio.
El plan de la Santísima Trinidad era uno y único: que el Hijo viniera a nuestro mundo, encarnándose, sin dejar su divinidad pero sin fingir la humanidad. Este extraordinario proyecto brotó en el seno misericordioso del Padre, respaldado por el Hijo, con la participación inseparable del Espíritu Santo.
La voluntad del Padre, en el Hijo, por el Espíritu, no se detuvo en la encarnación en forma de obediencia. Todos nosotros, como bien lo afirma hoy san Pablo en su Carta a los Efesios, estamos llamados a ser hijos en el Hijo, santos en el Primogénito, “bendecidos en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales”. Y, de nuevo, resuena en la carta paulina la unión entre encarnación y obediencia: “El Padre nos ha destinado a ser sus hijos, en el Hijo Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad”.
Como afirma la primera lectura de hoy, del Eclesiástico, esa carne en obediencia era la sabiduría misma que se venía revelando desde siglos atrás. La Sabiduría de Dios plantó su tienda en este mundo, gracias al fiat de la Virgen Madre, quien lo acogió en su seno. Por eso podemos cantar, con gozo, “que la sabiduría de Dios habitó en su pueblo escogido”.
La Palabra, hecha carne en obediencia, pagó un alto precio: el de la cruz. Porque la Palabra se hizo sangre y agua redentoras. Por la encarnación obediente, Dios se hizo ser humano, para que el ser humano se hiciera divino. Por la redención obediente fuimos comprados a precio de sangre. Desde entonces, en la Palabra encarnada, podemos vencer todas las tentaciones y al maligno, y renacer a una vida sin fin.
La Palabra obediente se hace también pan de Eucaristía. Al comulgar el Cuerpo y la Sangre del Hijo, nos convertimos en cuerpo y sangre del mismo Jesucristo. Con una triple exigencia: por un lado, hacer siempre la voluntad del Padre, en obediencia fiel y coherente; por otro lado, encarnarse en nuestra realidad cotidiana; y, finalmente, servir en santidad y justicia, en la presencia del Señor, a ejemplo de María.
Como afirman los versículos finales del evangelio de hoy, tomados de san Juan: “A Dios nadie lo ha visto jamás. Jesucristo, el Unigénito, que estaba en el seno del Padre, es quien nos lo ha dado a conocer”.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Eres capaz de arrodillarte ante el misterio de la encarnación del Hijo y, simplemente, contemplar y agradecer?… ¿Has meditado lo que significa que en Jesucristo van unidas encarnación y obediencia?… ¿Estás dispuesto a pagar, tú también el alto precio de la obediencia, viviendo en fidelidad y coherencia?… ¿Darás gracias sinceras a Dios Padre por haberte hecho hijo e hija en el Hijo de Dios?… ¿Sabrás valorar e imitar el rol de María, la Virgen, en el misterio de la encarnación y de la redención?… ¿A qué te compromete la Eucaristía de este domingo, en la que el Hijo encarnado y obediente, se hace tu pan y tu alimento para la vida?…
Señor Jesús, Palabra encarnada y obediente, nuestro redentor y alimento eucarístico: Cuántas gracias tenemos que darte en este día, y en ese tiempo navideño, de tantos y tan inmerecidos dones divinos. Sólo te pedimos entrar en el mismo corazón de María, tu Madre, para sentir, como ella, tu latido de Amor en nuestros corazones; y, así, con verdadera humildad, poder decirte: “Te amo”. “Tu eres mi más preciado tesoro”… “Quiero acogerte en mi pobre corazón”. También deseo recibirte en el pan de la Eucaristía. Ayúdame, aunque no lo merezca y, con la gracia del Espíritu, obedeceré al designio del Padre, hasta mi muerte. Modélame como criatura de barro, siempre en manos del Padre. Una criatura tuya, llamada a ser buen hijo, buena hija, en tu Hijo; a vivir en santidad para tu Gloria. Amén.
¡Seamos santos!
Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad
MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: II DOMINGO DESPUÉS DE NAVIDAD 5/1/25
