(1Jn 4,11-18; Sal 71; Mc 6,45-52).
CUANDO LLEGA LA NOCHE
El evangelio del día habla de los discípulos navegando, con miedo, ante el viento contrario. El relato parte del pasaje anterior, donde ellos tuvieron la experiencia de la multiplicación de los panes. Este detalle nos hace meditar que, el seguimiento y la opción por Jesús, es un proceso de maduración. Los signos que vieron los discípulos fortalecieron su fe, pero no fue suficiente para anclarse y permanecer firmes cuando les llegara la noche.
Un elemento importante es cuando Jesús, mientras los discípulos embarcaban, estaba despidiendo a la gente y, luego, se retiró al monte a orar. Es como si nos estuviera diciendo a nosotros el secreto de atravesar la noche. Porque la perseverancia en la oración, ilumina los kilómetros de oscuridad. El monte, que representa ese espacio de intimidad con Dios, alimenta el amor y la obediencia, la confianza y la seguridad. La oración hace que el alma eche raíces y la fe se sostenga en los momentos sin colores ni paisajes.
A los discípulos les llegó la noche. Muchas horas pasaron sin Jesús. No lo veían a Él. Veían y se impresionaron con la fuerza del viento contrario. Remando afanosamente, perdieron la memoria de Jesús. Con el movimiento de la barca se fue el sabor de los panes, del compartir, de las enseñanzas, todo se hundió.
La noche favoreció la desesperación; puso en evidencia la poca fe. Cuando la fe está débil puede ser comparada a una linterna cuyas baterías se van debilitando y no consiguen iluminar. No dan para más. Las tinieblas la consumen hasta que, finalmente, languidece. En este sentido, los discípulos no percibían la presencia discreta del Señor. Con la noche, les llegó el miedo.
En este aspecto, son oportunas las palabras del apóstol Juan cuando dice: “No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor… quien teme no ha llegado a la plenitud del amor”.
A la plenitud del amor había llegado Jesús. Por eso, de forma paciente, se acercó a la barca. El amor verdadero conserva la memoria, no se desentiende, siempre está cerca. Los discípulos, nerviosos, en cambio, no atinaron a reconocerlo. Los sobresaltos crecieron al momento de confundirlo con un fantasma. Pero un fantasma no dirige tales palabras: “Ánimo, soy yo, no tengan miedo”.
A esta altura del texto nace el deseo de detenerse y meditar la siguiente imagen. La de Jesús entrando en la barca con ellos. Este versículo es un monte de oración. Y nace una oración, aunque rompa la secuencia narrativa. Oramos tú y yo, juntos:
“Señor, cuando la noche se acerca, cuando me viene encima la oscuridad, no te alejes de mí. Comprende, amado Jesús, que es pobre mi fe. Entra conmigo, y quédate, hasta que madure mi amor un poco más. No quiero estar viendo fantasmas cuando es tu presencia que va junto a mí. Una vez más, Señor, gracias porque has conservado la memoria y, aunque he retirado, en momentos, los ojos de ti, tú no los retiras de mí. Me custodias, Señor, en toda la travesía de mi existencia”.
Una vez, con Jesús en la barca, los discípulos fueron testigos de cómo el viento se calmó. Siguieron en el mar, pero de una forma diferente. Cuando vas con Jesús todo cambia.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Dónde está tu monte para orar? ¿Tú sabes retirarte con Dios? ¿Cómo está la memoria de Jesús en tu vida? ¿Cuáles convencimientos están afianzados en ti? ¿Cómo la experiencia con el Señor te sostiene en los momentos difíciles? ¿A qué dirección estás remando? ¿Qué actitud tomas cuando llegan los vientos contrarios? ¿Tú tienes situaciones que te causan miedo? ¿Cuál es la causa de tus miedos; les puede poner nombres? ¿Qué te enseña el pasaje de este día para sanar el miedo? ¿Por qué, con el acontecimiento de la Resurrección del Señor, todo el miedo de los discípulos quedó superado? ¿Cómo recibes, hoy, las palabras de Jesús: “Ánimo, soy yo, no tengas miedo”? ¿Qué le respondes al Señor?
Nuevamente seguimos orando: Señor, tú sabes que soy torpe para entender. Pero aquí me tienes, abandonada a tu misericordia, a tu santa paciencia. Poco a poco, tu presencia afianza mi convencimiento, tu luz ilumina mi oscuridad; la fuerza del Espíritu Santo robustece mis flaquezas. Señor, gracias por comprenderme, pero más bien, gracias por subirte en la barca conmigo. Qué diferente es remar sabiendo que tú estás ahí. Contigo, nada me falta. Tú me conduces a la plenitud del amor.
¡Seamos santos!
Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad
