MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 15/1/24
(Hb 2,14-18; Sal 104; Mc 1,29-39).
PROCESO DE SANACIÓN
El pasaje de este día nos presenta a Jesús entrando en casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama, con fiebre. La manera de Jesús llegar a ella, nos invita a ti y a mí a vivir este proceso, para que sea Él quien nos cure de todas las dolencias, las físicas y las espirituales. Permitamos al Señor hacer dicho procedimiento, y que nos rescate de cualquier postración:
Primer proceso de sanación: “Jesús se acercó”. De lejos, no puede haber sanación en el Señor. El texto muestra cómo el Señor entró en la casa. Permite, entonces, que el Señor entre en tu vida, en tu interior. No escondas nada de Él. Jesús no se quedó en la sala, como una visita distante e indiferente. El Señor pudo introducirse en el aposento, donde sólo llegaba quien tiene intimidad. Si tú recibes al Señor en la periferia de tu vida, de tu existencia, Él poco podrá hacer por ti. Es necesario, entonces, que abras las cortinas, que quites la resistencia, la indiferencia, y que le permitas entrar.
El segundo proceso de sanación: “La cogió de la mano”. No basta con acercarse, es necesario experimentar al Señor. Él es quien tuvo la iniciativa de seguir estrechando distancias. La enferma no le detuvo, le permitió más contacto. Las manos sanadoras de Jesús también te alcanzan a ti. Ellas son bálsamo, consuelo. Transmiten fortaleza y vitalidad. Este contacto estrecho recuerda la santa comunión. Cuando comulgas, entras en intimidad profunda con Jesús resucitado. Jesús te toca el corazón, con su presencia, en la Eucaristía. Él calienta el alma y la sana.
El tercer proceso: “La levantó”. No bastó con acercarse, con darle la mano, fue necesario levantar a la doliente. La fuerza recobrada puso fin a la parálisis, a la inmovilidad. Cuando tu vida no tiene sentido, cuando no descubres el porqué de la existencia, entonces es el momento de permitirle al Señor que te levante. Él te levanta de “la cama” de tus temores, de tus múltiples miedos y ansiedades, de tus vacíos, de tus tristezas y depresión. El Señor sabe todas las personas que esperan por ti. Quizás, en la cama, no te das cuenta, pero Él tiene una mirada amplia y sabe perfectamente que te desperdicias en un rincón, sin poner tus dones al servicio de los más necesitados.
El cuarto proceso: “Se puso a servirles”. ¿Para qué sería la vida si no es para entregarla para el bien de los demás? ¿Para qué sería la vida sino es para colaborar con Jesús en la tarea del Reino? La suegra se puso a servir. No tuvo que ir muy lejos, sino ahí mismo, en su espacio, entre la gente, los que estaban dentro, y los que se aproximaban de fuera, atraídos por el Señor. La sanación no es completa hasta que no se refleja en la vida la donación gratuita en nombre de la gratitud. Porque cuando alguien es consciente de lo que el Señor ha hecho en su vida, sólo resta imitarlo a Él, y hacer lo mismo con otras personas.
Ante lo sucedido, el Señor no se detuvo. Sencillamente, se retiró a hacer oración. Los frutos pastorales no se contemplan más de lo necesario, porque hacen ruidos. Sencillamente, se ofrecen, se agradecen, y se sigue el camino, sabiendo que todo es para gloria y honra de Dios. Aunque mucha gente lo estaba buscando, Jesús sabía que el Padre lo estaba esperando. No se detuvo. Luego de haber sembrado la semilla de la fe, del Reino, entonces advirtió que debía proseguir para otras aldeas. Con certeza, habría muchos aposentos más a los cuales penetrar para rescatar corazones postrados, necesitados de sanar todo tipo de parálisis.
Preguntas que llevan al silencio: ¿Cuál es tu proceso con Jesús? ¿Dónde recibes al Señor en el escenario de tu vida? ¿Le dejas en los márgenes de tu casa? ¿Lo recibes como visita distante? ¿Le dejas que se introduzca a tu aposento? ¿Cómo le invitarías al Señor para que vaya a tu intimidad, a los rincones más ocultos de tu ser, de tu corazón? ¿Permites que el Señor se acerque o le pones barreras con tus actitudes?
¿Cómo sientes la presencia del Señor? ¿Cómo lo experimentas? ¿De dónde Él te está levantando? ¿Cuáles situaciones te tienen en postración? ¿Qué sucede a tu alrededor mientras estás con parálisis? ¿Cómo experimentas el empuje de Jesús al darte la mano y levantarte? ¿Tú haces memoria del antes y el después de Jesús haber pasado por tu vida?
Señor: ven al aposento de mi alma. Aquí estoy, acércate, dame tu mano y levántame. Yo quiero servirte sin “fiebres” que me distraigan. Gracias, Señor, porque tomas, no sólo la confianza, sino la iniciativa. Gracias, porque no pasaste de largo; con tu presencia llegó la salud para mi existencia. Aquí me tienes, Señor, en pie, para servirte en mis hermanos y hermanas, por siempre.
¡Seamos santos!
Hna. Ángela Cabrera
Discípula Misionera por la Santidad
